Enobarbo: Nerón, arte y poder

por Laura Gómez

Enobarbo es una obra que Alejandro Acobino escribió allá por 2001 y hoy arriba al Teatro Nacional Cervantes bajo dirección de Osqui Guzmán, junto a un destacado elenco que incluye a Pablo Fusco, Leticia González de Lellis, Manuel Fanego, Pablo Seijo, Fernando Migueles y Javier Lorenzo. La pieza aborda con buenas dosis de humor los modos de instrumentalización del arte y la cultura por parte de los dispositivos de poder. Puede verse de jueves a domingos a las 21 hs. en el TNC (Libertad 815).


Enobarbo es una maquinaria dramática que pone en escena los profundos lazos entre arte y poder a través de un lenguaje hiperbólico, artificios corporales y buenas dosis de humor. Resulta innegable el peso que históricamente ha tenido el campo de la cultura para todos aquellos que desde los resortes del poder pretendieron imponer un régimen, una cosmovisión, un sistema de creencias, una imagen de mundo. Y parece ser que Alejandro Acobino no pasó por alto este asunto. Para construir su relato, el dramaturgo eligió enfocarse en la época del Imperio Romano durante el gobierno de Nerón (Lucio Domicio Enobarbo).

El texto es sumamente poderoso en sí mismo, porque logra condensar un cúmulo de metáforas e ideas-fuerza que no sólo atraviesan la cuarta pared sino siglos de historia universal para interpelar al público en tiempo presente. ¿Qué ocurre cuando el emperador no es precisamente “lo que se espera” de un gobernante? ¿Qué sucede cuando el esclavo desafía su propio destino y se fabrica un lugar en la historia? ¿Qué ocurre cuando el sabio y la elite a la que pertenece quedan en off side? Acobino brinda respuestas interesantes desde la dramaturgia, y Guzmán logra traducirlas en una puesta muy ingeniosa.

Enobarbo, además, se sustenta en un elenco talentoso: Leticia González de Lellis compone a una Agripina malévola, que manipula a su hijo (Nerón) a través de una relación peligrosamente edípica; y también interpreta a Popea aunque en un tono diametralmente opuesto, que por momentos la emparenta a una estrella del mundo revisteril. Pablo Seijo modela a un Séneca recatado y adusto que va perdiendo los estribos cuando Nerón escapa del control de las élites tradicionales. Manuel Fanego compone con mucha gracia a Sphorus, un niño-ninfa asexuado y picaresco que revolotea entre todos los personajes, sometiéndose a quien sea necesario según las circunstancias. Javier Lorenzo y Fernando Migueles están a la altura con sus respectivos personajes, Petronio y Burrus.


Pero hay que destacar el trabajo de Osqui Guzmán y Pablo Fusco, una dupla con gran magnetismo. Guzmán interpreta a Atticus, el esclavo devenido ministro de cultura (papel que Acobino había pensado inicialmente para el actor/director), y Fusco le brinda su cuerpo a Nerón, gran emperador y amante del teatro. Lo de Fusco es ciertamente explosivo, y al salir de la sala cuesta imaginar a otro intérprete en su lugar; logra un cóctel maravilloso en donde se podrían reconocer gestos de aquel emperador encarnado por Joaquin Phoenix en Gladiador o ciertas inflexiones en el registro de Alejandro Urdapilleta. Buena parte del éxito reside en las permanentes sorpresas que se le ofrecen al espectador durante los 90 minutos que dura la función. Guzmán pone el acento sobre los distintos usos del lenguaje y propone desde la dirección de actores un estilo exacerbado, grotesco, deliberadamente artificial, donde la hipérbole y lo corporal se convierten en recursos estratégicos a la hora de desatar la carcajada (seguida de una inmediata reflexión: ¿de qué nos reímos?). Es para celebrar que el Cervantes ofrezca en su cartelera una propuesta de comedia por fuera de los tonos ya recorridos.


Enobarbo habla del pasado pero nos reconduce permanentemente al tiempo presente, y de alguna manera recupera debates recientes sobre los denominados “populismos” y el rol que la cultura adquiere bajo esas formas de construcción política. Nerón es emperador y debe responder a los mandatos de la sangre, pero lo que en verdad corre por sus venas es teatro, declamaciones, poesías. Sobre esa paradoja se sustentan todos los resortes dramáticos, y Guzmán logra traducirlos con astucia en escenas tan chistosas como sugerentes. El emperador, el artista, el esclavo, el intelectual. ¿Qué ocurre cuando las barajas se mezclan y las fronteras entre esos roles se vuelven difusas? Enobarbo nos permite hacer una lectura sobre el lazo íntimo entre cultura/poder, arte/gobierno, justo allí donde los elementos pierden toda su inocencia y pueden convertirse en herramientas para la construcción o en armas para la destrucción.


FICHA TÉCNICA
Con Manuel Fanego, Pablo Fusco, Leticia González de Lellis, Osqui Guzmán, Javier Lorenzo, Fernando Migueles, Pablo Seijo 
Producción Lucero Margulis, Leandro Fernández
Asistencia de dirección Juan Doumecq, Matías López Stordeur
Música original Tomás Rodríguez
Vestuario Gabriela Aurora Fernández
Escenografía Mariana Tirantte
Dirección Osqui Guzmán

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