Una noche de amor: una oda a los estereotipos

por Laura Gómez

Sebastián Wainraich debuta como actor y guionista; Hernán Guerschuny regresa como director. Carla Peterson, Rafael Spregelburd y María Carámbula conforman un elenco que acompaña correctamente una película que amaga con cierto “tono Woody Allen” y se queda empantanada en los estereotipos.

Una noche de amor es el estreno argentino de esta semana, e incluye el debut de Sebastián Wainraich como actor y guionista. El célebre conductor de radio encara esta aventura cinematográfica compartiendo el rol protagónico con Carla Peterson y escribiendo el guión junto a Hernán Guerschuny, quien también ha quedado a cargo de la dirección. En 2014, Guerschuny sorprendió con su ópera prima El crítico, aquel film tan celebrado por muchos de los exponentes del gremio en cuestión y tan bien logrado a nivel interpretativo por Rafael Spregelburd. En esa oportunidad, el actor supo componer con precisión aquel personaje que hacía equilibrio sobre una delgada cuerda floja, y oscilaba peligrosamente entre el cinismo, la amargura y una fatal cursilería. En la nueva película de Guerschuny, Spregelburd también tiene una pequeña participación que le basta para lucirse desplegando todas sus dotes actorales.

La trama es más bien simplona: Leonel (Sebastián Wainraich) y Paola (Carla Peterson). Él guionista; ella psicóloga. Una pareja de porteños, clase media alta, treintañeros, casados, con dos hijos pequeños y una madre/suegra bastante compinche. Una pareja, pero –al fin y al cabo– dos personas. Durante el fin de semana, ellos intentan abstraerse de los pormenores de la vida cotidiana en una cena con una pareja de amigos (Flor y Mati, los dos personajes que cargan con toda la tensión dramática inicial pero que, acertadamente, nunca aparecen en escena y sólo se oyen sus voces por teléfono). Cuando Leonel y Paola ya están cambiados, perfumados y de punta en blanco para salir, una llamada de último momento los sorprende con la peor noticia: Flor le confiesa a Paola que han decidido separarse esa misma noche, por lo tanto, la cena queda cancelada.

¿Qué hacer?, se preguntan. Tras aquél intento fallido por conseguir alguna distracción de sus labores junto a estos amigos, finalmente optan por salir los dos –después de mucho tiempo– solos. Dejan a los chicos con la macanuda Bobe (Soledad Silveyra), sacan el auto de la cochera y se encaminan directo al restaurante paquetísimo donde sus amigos han hecho reservas “para cuatro” (y ahora sólo quedan dos). Pero los que quedan en pie no tardan en advertir las múltiples diferencias (en su carácter, en los modos de pensar, actuar y sentir, en las formas de encarar la vida y en su relación con los demás). Esas diferencias son las que hoy los unen en una extraña complementariedad, pero también podrían ser aquellas que eventualmente impongan una distancia entre ellos.

Él: guionista de cine, inmerso en sus propios mundos creativos, estancado en el plano de la imaginación y el “podría ser”. Ella: psicóloga especializada en terapia de parejas, focalizada en los problemas ajenos, receptiva a ese dolor y parada en el lugar de la acción para revertirlo. Ambos conciben la vida desde ángulos diferentes (y, en algún caso, opuestos), se conducen hacia los otros de maneras muy distintas y se indignan por cosas que el otro ni siquiera percibe en su radar emocional. Es entonces cuando comienzan a emerger las discrepancias, los roces, los celos, las mezquindades, los temores. En este contexto, las minucias cotidianas se tornan dramas existenciales: la charla insulsa, el silencio, la carencia de todo tema de conversación, el inevitable aburrimiento, la divergencia en los planes futuros y, tal como repiten una y otra vez estos personajes: “los años, el desgaste, la rutina”.

Así, esta “noche de amor” le servirá a la pareja para rastrear sus puntos débiles y hacer catarsis, para canalizar todas sus objeciones frente al otro y decir todo aquello que prefieren callar en el transcurso de la semana (por olvido, por falta de tiempo, por distracción o simple estrategia en pos de una buena convivencia). Pero la gente suele decir que “hay que sacarlo todo”, y en este caso parece ser lo más conveniente.

La película, en líneas generales, es floja, y ni siquiera puede compararse con la ópera prima de Guerschuny. Los personajes parecen no estar del todo definidos y se enroscan demasiado en nudos dramáticos que no conducen a ninguna parte o que sencillamente nos llevan a los lugares más comunes; se trata de personajes que no terminan de delinearse y, por eso mismo, caen en sus propias redes y contradicciones. Los estereotipos y los clichés del mundillo urbano de clase media alta inundan una trama lineal y, por momentos, sosa. Las actuaciones son más bien desparejas: en su debut actoral Wainraich no parece estar muy bien plantado, y en la mayoría de las escenas se interpreta a sí mismo discretamente o cumpliendo estrictamente con lo pautado; sólo eso. A Peterson se la ve mucho más sólida en el rol de Paula, aunque por la estructura y la dinámica del guión depende demasiado de las devoluciones de su compañero.

Las apariciones de Rafael Spregelburd y María Carámbula como el engreído publicista Tincho Martínez Bol y su novia Mariana, resultan ser lo más destacado de esta película. Aquí  no sólo se lucen ellos en su calidad actoral, sino que también plantean un divertido 12784426_10153304870510877_985689441_ncontrapunto con la pareja protagónica. Tincho y Mariana son de su misma generación pero, sin embargo, aparentan ser más jóvenes y frescos; se trata de una pareja exitosa, canchera, despreocupada, conformada por dos seres banales y adictos a la fama, que no tienen muchos reparos en la idea de “familia” y prefieren divertirse hasta altas horas de la noche fura de casa; junto a ellos, Leonel y Paola se sienten unos verdaderos fracasados.

Una mínima objeción

En ciertas escenas, este film presenta algunas cuestiones bastantes objetables desde la caracterización de sus personajes. Como ya se ha dicho, se echa mano abusivamente de las figuras estereotipadas, y se condensan mundos complejos en un par de pinceladas que no logran capturar su profundidad. Esto puede verse claramente en las escenas donde los protagonistas interactúan con un “trapito” o con el empleado de un estacionamiento, y también en aquella donde Mariana (María Carámbula) les recomienda una y otra vez contratar a una “chica con cama adentro”, preferentemente de la provincia, para que se ocupe de todas las tareas hogareñas y así poder tener una vida como Dios manda. Estas caracterizaciones reflejan –quizás con toda intencionalidad– las usuales contradicciones que alojan estas clases medias altas porteñas, muchas veces repletas de hipocresía. Por un lado, sus miembros se jactan de ser progres (Paola, por ejemplo, acusa tiernamente a su esposo de ser un “enano trotskista”) y, por otro, conservan los prejuicios más reaccionarios frente a un “trapito”. Quizás hubo aquí una intención original de indagar en esas contradicciones, pero como no se llega a profundizar en ellas con ningún rigor social, dramático o humorístico, queda como un mero dato de color y, por ende, como un detalle digno de alguna objeción.

Con algunas secuencias muy bien logradas por la mano de Guerschuny y ciertos destellos humorísticos en el guión, esta comedia no tiene muchos más elementos para destacar. Por momentos, se amaga con un par de “woodyalleneadas”, con cierto estilo cínico y amargo que podría haberse explotado tanto mejor, pero… ciertamente nos deja con las ganas.

FICHA TÉCNICA
Título original: Una noche de amor
País: Argentina
Año: 2015
Dirección: Hernán Guerschuny
Guión: Sebastián Wainraich (con la colaboración de H. Guerschuny)
Elenco: Sebastián Wainraich, Carla Peterson, Rafael Spregelburd, María Carámbula, Soledad Silveyra, Justina Bustos

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