El carnaval como propuesta

por Giuliana Sordo

El brillo ideal del atardecer. Ese momento en el que el sol comienza a ponerse con un color más anaranjado y la temperatura perfecta empieza a olvidar el calor. Los niños en medio de la calle bailan al ritmo de la prueba de sonido de una banda que más tarde dará el show. La música del encuentro empieza a mostrarse con una mezcla de alborotada alegría. Los puestos que venden comida y la típica espuma comienzan a montarse. Los banderines que cruzan toda la calle dan el matiz necesario para la ocasión. El carnaval llegó, tardíamente, al barrio porteño de Villa Ortúzar.

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El sábado 7 de marzo a las 18:00 hs. la avenida Triunvirato al 2900 ya estaba cortada para festejar el último encuentro callejero de carnaval en el barrio hasta el próximo año. Sí, la calle estaba cortada, una vez más. En el último febrero se repitió algo común a todos los años, las quejas de vecinos por las diferentes murgas que cortan varias calles de la Ciudad de Buenos Aires, ocasionando -según ellos- ruido, suciedad y diferentes molestias en la circulación.

Las personas utilizan el derecho de moverse libremente por sus calles, por el barrio que conocen, por su ciudad. Porque siempre es necesario tener pequeñas cuotas de libertad frente a tanta estructura –las calles asumen ser sólo para los autos y las veredas para las personas. Las sonrisas de los que saltan en medio de la calle pueden ser una muestra de ese albedrío.

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Si bien el carnaval ha cambiado mucho a lo largo de los años, nunca dejó de ser una forma de salir a la calle, de relacionarse con los otros de igual a igual, de asumir el derecho de moverse en una ciudad que pertenece a sus habitantes. Habiendo sido prohibido durante los años de la dictadura, evitando esa alegría barrial y también colectiva de disfrutar la vereda, el baile y los otros, el mismo se ha ido potenciando en los últimos años aumentando la cantidad de corsos oficializados que existen en la ciudad, con muchas más personas que se suman en un lugar donde no piden saber más que el nombre para poder participar.

Los bombos desde siempre no son agradables para la vista de muchos ciudadanos, no dejarán una buena imagen sobre la distinguida Buenos Aires, serán reconocidos como símbolos del caos, de la muchedumbre, de lo no correcto, o de anda a saber qué. Esa necesidad de movernos al ritmo de su sonido constante, estridente y monótono. Pero parecería ser que el pensamiento común asume que el bailar en medio de la calle tendría que ser ilegal.

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Como siempre, no es menor el rol que juegan los medios de comunicación a la hora de “contar” una noticia. Éstos en vez de fomentar asistir a los carnavales, mencionar la importancia de revalorizarlo o simplemente comentarlo como un momento de encuentro colectivo, buscan todo lo contrario: desmovilización, fragmentación y rechazo. Sin reflexionar e intentar comprenderlo como un espacio de inclusión, de solidaridad, o de simple alegría, muchos medios lo construyen tan sólo como un problema de tránsito -aunque sea en los fines de semana-, un capricho egoísta que debería terminar o, en todo caso, agruparse en algún corsódromo imaginario en el cuál no se corte ni una sola calle más.

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Distintos vecinos bajan de sus casas, arrojan la bolsa de basura a los contenedores negros de residuos y hacen chistes con otros compañeros de cuadra sobre por qué la jornada tenía que ser sobre la vereda de su casa -el pensamiento egoísta siempre domina, sobre todo en la gran ciudad. Sin embargo, se encuentran, conversan, ríen y hasta se quedan sentados tranquilos en el afuera -¿el uso de lo público como forma de prevención contra la inseguridad?- observando lo que sucede en ese espacio usurpado a la normalidad.

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¿Por qué cuesta tanto aceptarlo? ¿Por qué no se puede participar? ¿Por qué no disfrutar de un festejo que se pretende igualitario y promete recuperarse como fiesta popular? Quizás si se defendieran y apoyaran más a las personas que a los autos, por ejemplo, se podría lograr una mejor organización de los cortes, evitando así los enojos de los vecinos. La utilización del espacio público no es algo menor a la hora de repensar la ciudad en la que se pretende vivir. Al sumarse a la marea de quejas por el ruido, los autos, la suciedad y otras tantas que no dejan de tener el mérito de ser válidas -pero como en todo, las quejas no construyen nada- se insertan en discursos que quizás no son los propios. Es decir, aquellos que defienden una ciudad llena de rejas.

La música resuena, el sonido de los bombos reaparece de a poco, la noche empieza a notarse. La alegría en la cara de aquellos pequeños saltadores de una murga de Chacarita, o de algún otro barrio cercano, me simboliza una suerte de metáfora contra las injusticias, contra la falta de libertad, contra un espacio del cual parecieran querer demostrarnos que no somos dueños. Quizás si empezáramos a buscar comprender esa expresión de felicidad y observar las miradas en los ojos de los demás, todo cambie. ¿No podemos simplemente intentar verlo?

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Fotos: Nayko Fotos
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