Los Juegos del Hambre: ¿Revolución o rendición?

por Laura Gómez

La primera pregunta que nos viene a la cabeza después de haber visto la penúltima entrega de la trilogía creada por Suzanne Collins, Los Juegos del Hambre: Sinsajo – Parte I, es: ¿de dónde proviene el fervor por este tipo de relatos? Y es que tanto la película dirigida por Francis Lawrence como los libros escritos por Collins, se encuadran en un género que ha causado furor en lo últimos años, sobre todo entre el público adolescente: las distopías de ciencia ficción. Si consideramos que algunas de las obras literarias más memorables de todos los tiempos podrían ubicarse perfectamente en este género (recordemos 1984 de Orwell, La naranja mecánica de Burgess o Fahrenheit 451 de Bradbury), tendríamos que ir al cine en busca de algo verdaderamente majestuoso. Sin embargo, esta película no cumple las expectativas.



Primero destaquemos lo destacable: la historia no es mala. Para quien se haya perdido las anteriores ediciones, refrescamos: los Juegos del Hambre se trata de un espectáculo televisado en vivo y en directo las 24 horas del día en el país llamado Panem (antiguo Estados Unidos), donde cada uno de los 12 distritos que lo componen se ven obligados a ofrecer dos “tributos” humanos (un joven y una joven de entre 12 y 18 años), que deberán representar a su distrito enfrentándose a muerte en las arenas del Capitolio (una suerte de espacio virtual o estudio de TV muy equipado donde todo es posible). Así, el último sobreviviente es nombrado ganador. En la primera edición sucede –como era de esperar– algo excepcional: por primera vez en la historia de Panem, dos representantes se alzan con la victoria (Katniss Everdeen y Peeta Mellark del Distrito 12). En la segunda edición, el presidente Snow decide cambiar las reglas de los Juegos frente al rumor de una posible rebelión contra el Capitolio, y estos jóvenes son enviados nuevamente a la arena junto con algunos Vencedores de los juegos anteriores.

En esta tercera entrega, el rol protagónico ha quedado una vez más en manos de la joven Jennifer Lawrence, quien a lo largo de esta trilogía se ha consolidado en su actuación, moldeando una Katniss Everdeen con tono propio. Pero lo más atinado de esta saga ha sido sin lugar a dudas la inclusión de un “reparto adulto” con destacadas figuras: Donald Sutherland como el maquiavélico Presidente Snow, Elizabeth Banks como Effie, Stanley Tucci como el conductor del show Caesar Flickerman, Philip Seymour Hoffman como Plutarch, Julianne Moore como Alma Coin y el gran Woody Harrelson en la piel de un exquisito personaje: Haymitch, veterano vencedor y con debilidad por la botella. Harrelson es el autor de la única carcajada en 125 minutos (algo excesivos) de película.

Por otra parte, tenemos excelentes efectos visuales y una gran banda sonora que incluye una canción muy pegadiza con ecos del mejor blues de los años ’20 (cuidado: en algún momento, sin siquiera sospecharlo, se encontrarán tarareándola por la calle). Me gustaría detenerme en esta escena porque quizás condense muchos de los sentidos desplegados en el film. Un grupo de jóvenes descansa a la orilla del río y un personaje mudo (un muchacho a quien le han cortado la lengua, dato por demás significativo) le pide a Katniss que cante, que cante por él y por todos los que no pueden. La protagonista canturrea por la bajo esta canción y, poco a poco, se van agregando a esa secuencia orquestaciones y coros con masas obreras que avanzan contra el Capitolio. Como de costumbre, todos sueñan con la Revolución pero nadie mueve un dedo hasta que aparece la figura redentora, la líder espiritual que condensa los mejores valores de esa sociedad: Katniss Everdeen, con el arco y la flecha como sus rudimentarias armas, y el sinsajo como amuleto protector. En este punto de la crítica, vale hacerse una pregunta: ¿hasta cuándo seguiremos pergeñando, viviendo, contemplando revoluciones a través de la pantalla? Y esto ya no es una crítica a los actores o al director, sino al mismísimo sistema que habilita la hegemonía del consumo de este tipo de entretenimiento. Las distopías que mencionábamos antes fueron escritas en momentos de tensión histórica, con el fin de abrir nuevos horizontes posibles, nuevas alternativas frente a una realidad que resultaba un tanto incómoda. Hoy, nos da la sensación de que este género ha sido sacado de la galera con fines menos pretenciosos y menos nobles; nos da la sensación de que esta clase de films –pese a su eficacia técnica– se propone el adormecimiento de las audiencias más que su despertar. Por supuesto, no estamos reclamándole a Hollywood la Revolución (esto sería absurdo), pero sí estamos tratando de pensar cómo funcionan estos mecanismos de construcción del entretenimiento masivo: es preciso desmontarlos para alcanzar una mejor comprensión de ellos.

Podemos decir que se trata de una película “gris” (a tono con los overoles que visten los personajes); todo está teñido de cierto aire apocalíptico, y la mayoría de las escenas transcurren en las catacumbas del Distrito 13 o entre los escombros que han quedado después del bombardeo. De las tres entregas, esta es la más verosímil de todas (quizás por las reminiscencias a escenas bélicas más contemporáneas que aquellas primeras referencias a una suerte de Coliseo Romano virtual). La primera película tenía una estética algo sobrecargada, y la segunda se distinguía por efectos visuales que saturaban. En esta nueva propuesta, el mundo imaginado por Collins adquiere un aspecto diferente y su representación es resuelta con una estética más bien  austera, que nos remite a la sociedad totalitaria imaginada por Orwell en 1984.

El guión no deslumbra y las actuaciones del “reparto joven” tampoco, pero más allá de estas observaciones, hay que atender a cierta paradoja. Se sabe que el arte es un fenómeno disruptivo con tendencias a cuestionar lo instaurado. Sin embargo, si cerramos los ojos, podremos escuchar cómo el mismísimo sistema nos susurra al oído: «Mirá lo que podría ser, mirá lo que podría hacerte si quisiera. Pero no. Prefiero darte todas las libertades (?) a cambio de que te quedes sentadito en la butaca».

Por supuesto, no pensamos en estos términos cada minuto de nuestras vidas, y mucho menos los fines de semana (eso sería exasperante), pero nunca viene mal pensar estas cuestiones. Claro que si ustedes tienen ganas de divertirse un rato, pueden ir a ver esta película con toda tranquilidad.

Ficha técnica:

Título: Los Juegos del Hambre: Sinsajo – Parte 1

Título original: The Hunger Games: Mockingjay – Part 1

Dirección: Francis Lawrence

País: Estados Unidos

Año: 2014

Fecha de estreno: 20/11/2014

Duración: 125 min

Género: Thriller, Aventuras, Ciencia ficción

Reparto: Jennifer Lawrence, Josh Hutcherson, Liam Hemsworth, Woody Harrelson, Robert Knepper, Sam Claflin, Julianne Moore, Lily Rabe, Evan Ross, Philip Seymour Hoffman

Distribuidora: eOne Films

Productora: Lionsgate, Color Force

Por Laura Gómez

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1 Comentario

maby 21 noviembre, 2014 - 00:12

Interesante mirada Laura.

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