“Por qué volvías cada verano” de Belén López Peiró: quebrar el silencio como acto político

por Laura Verdile

Por qué volvías cada verano (Madreselva, 2018) es un libro marcado por un cambio de época: el de generaciones que están rompiendo con una cultura machista que desvalorizó históricamente la palabra de las mujeres. En esta novela, Belén López Peiró relata la historia de abuso que sufrió durante su adolescencia por parte de un tío en la localidad de Santa Lucía, partido de San Pedro, Buenos Aires. A través de distintas voces, teje un entramado que deja al descubierto las complicidades de un sistema y el abandono social, pero también plasma la fuerza necesaria que tuvo para reconstruirse a sí misma en el proceso. 



No cabe dudas de que la sociedad está atravesando un cambio de época. Los sentidos comunes arraigados en la cultura machista están comenzando a romperse, desarmando violencias que durante mucho tiempo fueron naturalizadas. En este contexto, la palabra de las mujeres, históricamente invisibilizada a la hora de denunciar las agresiones sobre sus cuerpos, se transforma en un acto político con un poder transformador. Es esa impronta la que atraviesa las páginas de Por qué volvías cada verano (Madreselva, 2018), la novela de no ficción en la que Belén López Peiró relata el abuso que padeció durante su adolescencia por parte del tío con el que compartía una casa familiar todos los veranos.

“¿Te gusta sufrir? ¿Por qué no te quedabas en tu casa?”. Con esas preguntas comienza un libro que ya desde su título concentra un mecanismo social de raíces profundas: el de quitar valor a la palabra de las mujeres, instalar la duda y, en el proceso, tender la mano al abusador.

“¿Te gusta sufrir? ¿Por qué no te quedabas en tu casa?”. Con esas preguntas comienza un libro que ya desde su título concentra un mecanismo social de raíces profundas: el de quitar valor a la palabra de las mujeres, instalar la duda y, en el proceso, tender la mano al abusador. Porque la violencia es posible gracias a la complicidad de un sistema que subestima y distribuye culpas, que se niega a comprender que la mujer es dueña de su propio cuerpo, a diferencia del rol que históricamente se le quiso asignar. Pero Belén logra pararse ante la injusticia y nombrar el dolor. Lo reconoce para romper ese círculo que condena al silencio, quebrarlo en mil pedazos y reconstruir con las partes su identidad.

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En la novela, la polifonía compone un rasgo fundamental: el lector no solo se encuentra con la voz de Belén, sino también con la de sus familiares, el abogado, el fiscal, el médico, la psicóloga, los peritos y el abusador. “Sí, ya sé que hay imágenes borrosas. A todas les pasa lo mismo. Pero los jueces necesitan hechos y no sueños. No les convence cualquier fantasía pelotuda”, le dicen. El relato es crudo, punzante. Deja al descubierto la experiencia propia, pero además interpela a la sociedad al mostrar un orden que se reproduce y legitima en las esferas más íntimas y en la burocracia estatal. Por eso, cada palabra va formando con precisión ese tejido complejo contra el que la autora lucha para hacerse ver.

El relato es crudo, punzante. Deja al descubierto la experiencia propia, pero además interpela a la sociedad al mostrar un orden que se reproduce y legitima en las esferas más íntimas y en la burocracia estatal.

Incorporando también parte de la causa judicial mediante declaraciones testimoniales, la autora alterna diferentes registros, creando un contraste que enriquece la novela y marca dos caminos paralelos. Por un lado, aquel que avanza en la Justicia y que hoy continúa abierto y, por el otro, el proceso que Belén inicia internamente: el de la toma de conciencia de su historia y su pasado, que la obliga también a reescribir los vínculos con los otros y con ella misma. Y en ese trayecto, descubre la fuerza para correrse del lugar de sumisión que la cultura impone, describirlo para después quitarle el poder. Así, escribe: Llamarlas víctimas es volver a garcharlas otra vez. Y otra vez. Es convencerlas de que les cagaron la vida, de que su historia comienza y termina ahí, con el tipo adentro”.


Foto: José Nico para Página/12


Con una escritura ágil y firme, la trama se va desenvolviendo mediante escenas y fragmentos de conversación, que funcionan a modo de imágenes. Puntos que unen un contexto de angustia, pero con el que se rompe para deshacerse del ahogo, en donde no solo van cambiando las voces, sino también la mirada de Belén que alterna sus ojos de niña y luego adolescente a lo largo de las páginas. De esta forma, pueden leerse distintos pasajes, marchas y contramarchas en los que todas las sensaciones guardadas por tanto tiempo se exteriorizan, se vuelcan sobre el papel para transformar el dolor y adueñarse de sí misma.

Por qué volvías cada verano es un libro de denuncia que quiebra un orden preexistente: se mete en todo lo que ya estaba armado, para derribar desde el interior las complicidades que silencian a quienes dice “basta”.

Por qué volvías cada verano es un libro de denuncia que quiebra un orden preexistente: se mete en todo lo que ya estaba armado, para derribar desde el interior las complicidades que silencian a quienes dice “basta”. Con la escritura como herramienta, Belén se reconstruye así misma: cada página es un acto de valentía que deja sentado un precedente para muchas otras personas, plasma un grito que es también el de toda una época, el de generaciones que ya no van a volver a callar. 



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