Entrevista a Cecilia Pisos: “Hay que reconciliarse con la poesía”

por Laura Verdile

“En la poesía cada palabra se asocia como quiere con las otras.  Es ese espacio de no control lo que pone muy nerviosas a las personas, en términos de un sentido único, de no estar en posesión de cuál es la verdad del poema”, señala Cecilia Pisos, ganadora del Premio Hispanoamericano de Poesía para Niños 2016. Además, respecto del lugar que el género tiene en las escuelas, afirma: “para crear el entorno de escritura hay que hacer un trabajo muy fino que no implica dar poesía porque lo dice en el manual”. ¿Qué concepciones giran alrededor de los poemas para chicos? ¿Cuál es el espacio que tienen en el ámbito educativo? (Foto: Ignacio Repetto)



Sobre la autora

pisos-ceciliaCecilia Pisos nació en Buenos Aires, Argentina, en 1965. Es Licenciada y Profesora en Letras por la Universidad de Buenos Aires y tiene un Diploma en Gestión Cultural y Políticas Culturales por la Universidad Autónoma Metropolitana de México-OEI. Trabajó como editora especializada en literatura infantil y textos escolares. Es autora de más de 80 libros de narrativa y poesía para niños y jóvenes, publicados en Argentina, México y otros países, entre los que cuales se encuentran ¿Te lo cuento otra vez? (Libresa, 2003), Un cuento por donde pasa el viento(Sudamericana, 2004) Como si no hubiera que cruzar el mar (Alfaguara, 2005) y Pampa (La brujita de papel, 2017). El más reciente, Esto que brilla en el aire (Fondo de Cultura Económica, 2017),  ganó el Premio Hispanoamericano de Poesía para Niños 2016.


Los rincones ocultos de la poesía infantil

Si hay algo que se puede destacar de la obra de Cecilia Pisos es su versatilidad para pasear por el amplio terreno poético que abarca la poesía para chicos. Con una mirada siempre atenta al paisaje, los versos de la autora suelen redescubrir las múltiples imágenes que puede evocar un elemento tan cotidiano y hasta imperceptible como una piedra, de una aparente simpleza que, sin embargo, esconde una gran potencia retórica. Ese enfoque se puede observar con especial detalle en Piedritas (mágicas naranjas, 2016), por nombrar solo alguno de sus tantos libros que también exploran y desarman personajes clásicos extraídos del mundo narrativo.

Su tono fresco y lúdico, suele evitar los lugares y recursos comunes en los que a menudo cae la poesía infantil, cuyas múltiples vertientes se mantienen, en algunos ámbitos, ocultas por la comodidad de las costumbres tradicionales y el didactismo

Su tono fresco y lúdico, suele evitar los lugares y recursos comunes en los que a menudo cae la poesía infantil, cuyas múltiples vertientes se mantienen, en algunos ámbitos, ocultas por la comodidad de las costumbres tradicionales y el didactismo. “Creo que hay algo de miedo, porque el sentido en un poema no está fijado y entonces se pueden interpretar cosas distintas. Esa inestabilidad que otorga la múltiple interpretación de la poesía atenta de algún modo contra la palabra del maestro”, señala Pisos a La Primera Piedra

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— ¿Cuál fue tu primera aproximación a la literatura infantil?

— Se dio cuando trabajaba en Aique, como editora de productos especiales. En un momento dado, quisieron comenzar con una edición infantil que tuvo autores de lujo, como Laura Devetach y Esteban Valentino. Ahí fue cuando empecé a leer cosas que la facultad no enseñaba y fue también la época en la que tuve a mis hijos. En ese momento se produjo también un clic, porque empecé a ver con la mirada de los chicos, lo cual enriquece, lleva a otras lógicas y a otros modos de pensar. Cuando terminé mi trabajo en Aique, pasé al primer momento de Educar y, luego seguí trabajando como editora freelance. Entonces tuve más tiempo para escribir y así llegué a Canela, en Sudamericana. Ella publicó mi primer libro de poesía: Las hadas sueltas.

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— Habiendo atravesado el trabajo editorial y al coordinar talleres de escrituras para distintas edades, ¿encontrás puntos de contacto entre la poesía infantil y la escrita para adultos?

— Todo lo que pasa en adultos, se replica en chicos: es literatura al fin, no creo que haya que poner adjetivos porque es el mismo fenómeno. Los temas y los recursos se repiten, aunque puedan variar en profundidad. Lo que sí creo es que hay dos puntos en los que la poesía infantil se distancia y tiene algunas peculiaridades: uno es el humor, que en los poetas para adultos casi no se encuentra. Si hay, tiende más a la ironía, pero no mueve a la risa, como el disparate y el nonsense. El otro son los resabios de la rima, que en la poesía de adultos casi no hay y, sin embargo, quedó como un vestigio arqueológico en la de chicos.

— Muchas veces, la rima y la poesía para chicos suelen considerarse inseparables.

— Sí, una de las vertientes de la poesía infantil es la que está más agarrada a lo que tiene que ver con lo tradicional, con el octosílabo, la copla, con los juegos. Es hasta más aceptada: muchos maestros asocian la poesía con la rima y desarticular eso cuesta mucho. Por suerte, se está produciendo mucho más de otra clase de poesía, más cercana a la que se escribe para adultos, y que trabaja con otras imágenes y otras sonoridades, como las onomatopeyas, los juegos de palabras, las aliteraciones.

Una de las vertientes de la poesía infantil es la que está más agarrada a lo que tiene que ver con lo tradicional, con el octosílabo, la copla, con los juegos. Es hasta más aceptada: muchos maestros asocian la poesía con la rima y desarticular eso cuesta mucho.

—  ¿Cómo observás el lugar de la poesía infantil en el mercado editorial?

— Si vas a la sección infantil de cualquier librería de cadena a las que accede el público en general, en vidriera se encuentran los libros que traen “el patito”, el que viene de Barcelona, es decir los más caros. En las mesas de novedades, no se ve la de poesía para adultos y tampoco la de chicos. Estos últimos años estuvo teniendo un poco más de visibilidad, no por la poesía en sí, sino por la ilustración. Se están dando estos fenómenos de libros profusamente ilustrados con los que a veces no estoy muy de acuerdo, porque la poesía también necesita su espacio de silencio alrededor. Creo que también es una manera de visibilizar la poesía, es un tira y afloje.

— ¿Cuáles son, en tu opinión, las características que debe tener un libro-álbum?

— El libro-álbum implica un casamiento de varias artes: de la edición, la tipografia, el diseño, las ilustraciones, el texto. Todo tiene que estar a la altura y se nota enseguida cuando hay algo de esas cosas que no lo está.  A mí, particularmente, no me gusta cuando el libro álbum deshilacha un poema y se termina convirtiendo en un libro de 24 páginas por ejemplo. Ahí me da la impresión de que la poesía queda medio despedazada. Estoy más de acuerdo con poemarios ilustrados. A veces, los ilustradores apelan a un solo aspecto del poema, se agarran de algún pequeño detalle y  esto puede condicionar la lectura. Hay otros que, en cambio, le buscan la vuelta o producen juegos más conceptuales.

— ¿Cuál es entonces el lugar que creés que tiene el libro-álbum al interior del mercado?

—En los últimos años se ha desarrollado muchísimo, también a la par de capacitaciones que ilustradores locales han hecho en las escuelas, lo cual fue muy valioso. En este momento hay una saturación y una sobre publicación. Esto no lo digo yo, sino también Isvantch, que es uno de los grandes ilustradores que tenemos en el país y que expuso el tema en las últimas jornadas latinoamericanas de literatura infantil que se realizaron este año en la Feria del Libro. Una de las cosas de las que habló es la importancia de no publicar si no es necesario, porque eso lleva a que las cosas no sean de calidad.


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— Por muchos años la literatura para chicos llegó a ser considerada como la “hermana menor” de la literatura adulta. En ese sentido, ¿cómo pensás que es considerada actualmente la figura del escritor de infantil?

— Creo que hay un poco de ignorancia del mundo literario adulto con respecto al infantil. De pronto, los escritores para chicos nos sentimos como en un ghetto, porque nosotros sí conocemos a los autores de adultos y los leemos y no es algo que generalmente se dé en sentido contrario. Dentro del mercado editorial, cuando un autor de infantil intenta escribir algo para adultos tiene mucha resistencia a la hora de que les lean sus originales. Una pregunta que te hacen siempre es: ¿y cuándo vas a escribir para grandes? En ese sentido, si hay algo que tenemos de distinto es la circulación de los libros, poder charlar todas las semanas con los lectores, que es algo que quizás los de adultos no tienen, y eso es un pie a tierra muy grande para saber cómo seguir, para tomar el pulso del habla de los chicos.

— Antes mencionabas el trabajo de los maestros y su relación con la poesía. ¿Cuál es el espacio que la poesía infantil tiene en las escuelas?

— Estoy muy en contacto con las escuelas, visito alrededor de cincuenta por año, y lo que puedo ver es que los chicos no tienen ningún problema con la poesía, ni con ninguna otra cosa: ellos quieren experiencias. Pero, a veces, la poesía no llega porque no hay buenos mediadores y, en este sentido, hay docentes que no son lectores. A esto se suma también que las editoriales siempre están buscando acompañar lo que los docentes quieren, y así se forma una especie de círculo vicioso.

En la poesía cada palabra se asocia como quiere con las otras.  Es ese espacio de no control lo que pone muy nerviosas a las personas, en términos de un sentido único, de no estar en posesión de cuál es la verdad del poema.

— ¿Dirías que tiene que ver con alguna clase de prejuicio respecto de la poesía y su contacto con los más chicos?

— Prejuicio no, temor. Creo que hay algo de miedo, porque el sentido en un poema no está fijado y entonces se pueden interpretar cosas distintas. Esa inestabilidad que otorga la múltiple interpretación de la poesía atenta de algún modo contra la palabra del maestro. ¿Cuál es la respuesta correcta? ¿Qué quiso decir el poeta con este verso? ¿Por qué no dar vuelta la pregunta? ¿Qué me está diciendo el verso a mí? Es mucho más sencillo, porque cada uno puede expresar lo que le convoca. Los maestros están muy cómodos en el narrativo y eso hace que en un poema a veces busquen una estructura que se extiende en el tiempo, semejante a la de la narrativa. Pero en la poesía cada palabra se asocia como quiere con las otras.  Es ese espacio de no control lo que pone muy nerviosas a las personas, en términos de un sentido único, de no estar en posesión de cuál es la verdad del poema. Es un trabajo muy fino que hay que hacer: dar a leer a los que dan a leer, acompañar en la lectura a los que a su vez van a ser los mediadores con los chicos.

—  ¿Creés que ese temor tiene que ver con la relación que persiste en algunos ámbitos entre la literatura infantil y lo didáctico o lo pedagógico?

— Por suerte, en los últimos tiempos, la escuela se fue despojando del didactismo. Ha sido todo un aprendizaje, eso de dejar de preguntar qué mensaje quiso dar el autor. Hay también muy buen trabajo de bibliotecarios especializados en infantiles, que antes no había. El panorama está más abierto. Alguien dijo una vez que, en Argentina, hay más poetas escritores que lectores, pero, por el lado de la escuela y de lo infantil, uno esperaría una recepción más amplia, sobre todo porque está relacionado con la literatura popular, que antes estaba a flor de piel en las casas. Todo lo que abarcaba canciones, rimas y juegos con el lenguaje, que fueron también los comienzos de la poesía y de la vida de los chicos. Eso, lamentablemente, ya no está presente de la misma forma que antes, y no colabora con que los chicos tengan la oreja abierta a los ritmos, por ejemplo. Pedro Cerrillo, un especialista en este tipo de literatura infantil oral, dice que, hace un tiempo, por lo menos un 50% de los chicos venía con esas cosas de la casa y ahora ya no, entonces hay que hacer más camino.


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— En otra entrevista, mencionás que el contacto con tus lectores es diferencial. ¿Cómo sería eso?

— En las visitas a las escuelas trabajo, sobre todo, la lectura lúdica: poner el cuerpo, hacer coros poéticos. Algo que representa una dificultad muy grande en la escuela es que todo el tiempo se tiene que dejar constancia de lo que los chicos hacen en los cuadernos. Así es como se los pone a escribir un poema en frío en lugar de pasarse días leyendo. Es preferible leer y pensar actividades relacionadas a la comunicación de la poesía, como es el caso de los susurradores. Para crear el entorno de escritura hay que hacer un trabajo muy fino que no implica dar poesía porque lo dice en el manual, y luego extraer de los poemas adjetivos, superlativos y comparaciones.

 Creo que la poesía tiene que darse ese espacio de detenerse a mirar la gotita que brilla en la hoja, la hormiga que camina o ese señor que le da la mano a su esposa: los detalles que se nos pasan por alto y que dicen tantas cosas. Hay que trabajar en esa poesía del mirar, en vez de esforzarse en rimar, que es tan trabajoso y no conduce a nada.

— Durante muchos años trabajaste en el mercado editorial y en manuales para escuelas. En este sentido, ¿cuál es el lugar que se le da a la poesía dentro de los contenidos curriculares?

— Si se toma un manual de prácticas de lenguaje, se puede ver que, de los nueve capítulos para cada mes del ciclo lectivo, hay siete dedicados a narrativa y todas sus variedades y, con suerte, un capítulo para poesía, a veces compartido con teatro. Entonces siempre se llevan las de perder, no se puede mostrar una variedad amplia. Parecería que se tratase de “la” poesía, en bloque, y ese es otro mal entendido, porque se pudo haber tenido una mala experiencia con un poema en particular que puedo haber resultado incomprensible, y no por eso hay que invalidar a todo el resto.

— En tu poesía se observa una mirada particular sobre paisajes cotidianos. ¿Cómo trabajás eso?

— Ese es el ojo de la poesía, que está justamente en el detalle. Hay una frase de Foucault de Las palabras y las cosas que me gusta mucho que dice que el poeta encuentra las afinidades escondidas entre las cosas con el ojo. Por eso, en las capacitaciones que doy, hago énfasis en salir con los chicos a mirar las cosas que nos rodean que, como beneficio adicional, los “desempantalla” un poco. Hacer salidas de campo para después escribir es también necesario: ¿cómo un chico va a ser sensible al canto de un pájaro si nadie se lo señala? Creo que la poesía tiene que darse ese espacio de detenerse a mirar la gotita que brilla en la hoja, la hormiga que camina o ese señor que le da la mano a su esposa: los detalles que se nos pasan por alto y que dicen tantas cosas. Hay que trabajar en esa poesía del mirar, en vez de esforzarse en rimar, que es tan trabajoso y no conduce a nada. Enseñarles a los chicos a leer en voz alta, ¿qué mejor, por ejemplo, que empezar el día con un poema?  Es todo un trabajo que los mediadores tienen que hacer consigo mismos: hay que reconciliarse con la poesía y también conocerla.


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