La decisión menos esperada

por Julian Barbieri

Manuelli cree que está soñando: no lo puede creer. Mira para arriba, mira el cielo, las tribunas repletas de gente. Putea (una puteada llena de vida, llena de alegría). No lo puede creer.

Manuelli por primera vez en su vida sale a la cancha en la primera de su equipo. Antes de pisar el césped, el verde y parejo césped, piensa que si está ahí es porque se lo ganó, porque la peleó desde chico, siempre yendo a entrenar, aunque haga un frío de puta madre o llueva a cántaros. Piensa en la semana previa al partido. En cómo se fueron dando las cosas para que él, un 8 medio patadura pero metedor, esté ahí, donde siempre quiso estar. Cuando sale a la cancha, se persigna. No es muy creyente, pero los jugadores de primera siempre lo hacen. Además, por ahí la cámara lo toma y queda bien.

Dos noches sin dormir por la emoción, piensa, no son nada. Houseman jugaba en pedo, y la rompía. “Houseman es Houseman, igual. Yo no soy Houseman”, una voz interior de golpe lo pone en su lugar. “Si estoy acá donde estoy, es porque tan malo no soy”, arremete su ego de golpe. Manuelli prefiere quedarse con esto último. Cruza la cancha y ocupa su lugar. Mira a la gente, miles, que darían lo que sea por estar donde él está, lo sabe. Ahora sí, su ego es mayoría en el gobierno de su alma. Se siente un rey en su trono, o un poco más.

Por fin arranca el partido. Manuelli trata de concentrarse, pero le es difícil. Piensa en todo y en nada a la vez. Piensa en su viejo, piensa en su vieja, piensa en sus hermanos. Todos mirando el partido por la tele. La puta madre, el partido. Hace más de un minuto que casi ni le da bola al partido, tan absorto está en sus pensamientos. “Voy a quedar como un boludo si me toma la cámara y estoy papando moscas”. Este pensamiento fue acertado. Con semejante idea en la cabeza, junta todas sus fuerzas y de una vez por todas, comienza a seguir bien atento lo que pasa en la cancha.

Además, sabe que no tiene excusas. Está en el lugar que más le gusta, donde más cómodo se siente. Más de una vez el técnico lo probó en otros lugares, pero no había rendido. Es que él era un jugador para estar ahí, al ladito de la línea de cal. Desde ahí veía toda la cancha: ahí, él lo sabía, era donde era útil para el equipo. Es cierto, es un lugar donde los gritos del técnico se sienten muy cercanos, capaz demasiado. Pero rara vez eran para él, y eso lo enorgullecía bastante.

Los nervios de los primeros minutos ya habían quedado atrás. Ahora sí, Manuelli se mete de lleno en el partido. Absolutamente concentrado, el pibe nuevo de la primera transpira más y más con cada pelota. Sus compañeros, los veteranos del equipo, lo miran de cerca y le dice que esté tranquilo, que después de todo no es la final del mundo. Es cierto, en el partido no se define nada, pero eso no le importa: por primera vez está en la Primera, y eso lo hace mucho más importante que cualquier final. Les agradece de todos modos, porque para él ellos son como ídolos, y que se tomen el tiempo de desatender el partido sólo para hablarle y aconsejarle lo hace enteramente feliz.

El partido se está terminando, y para él eso es bueno. Se siente conforme, se siente feliz, hizo lo que tenía que hacer y no defraudó a nadie. Piensa de nuevo en sus familiares en casa, en cómo deben estar de orgullosos. Sin embargo, de golpe pasa algo terrible, que ni el joven muchacho ni nadie tenía en sus planes. Totalmente desencajado por el miedo, sin poder creer lo que está escuchando, y a punto de caer desmayado por la desesperación, Manuelli ve cómo su técnico lo mira y le dice que se vaya preparando, que en unos minutos entra.

 

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