Reseñas Caprichosas – “Resto” de Flor Codagnone: la memoria del cuerpo

por Gustavo Yuste

Los poemas que integran Resto (Modesto Rimba, 2016) de Flor Codagnone proponen un trabajo con el lenguaje donde la presencia y la ausencia tienen el mismo peso, como si se pudiera encerrar el vacío. Haciendo de la brevedad su principal arma, el cuerpo, el deseo y la poesía se entrecruzan en este libro “como si pudieran rozarse las faltas”.


Sobre la autora

codagnone perfilFlor Codagnone nació en Buenos Aires en 1982. Es escritora, traductora, periodista. Coordina talleres y clínicas literarias. Participó, entre otras, de las antologías Esto pasa. Poesía en Buenos Aires (Llanto de mudo, 2015) y Poemas de la resistencia (Clara Beter, 2016). Escribió con Nicolás Cerruti Literatura ∞ Psicoanálisis: el siglo de lo irrepetible (Letra Viva, 2013).


La memoria del cuerpo

¿Cómo nombrar lo que falta? ¿Qué rol juega el deseo en cada uno de nuestros movimientos, aún en los que el cuerpo manifiesta su propio camino más allá de nuestra voluntad? ¿Cuántas palabras son necesarias para dar cuenta de una reacción? Esas son algunas de las preguntas que parecen motorizar el poemario Resto (Modesto Rimba, 2016) de Flor Codagnone, donde la brevedad es el filo elegido por la autora para impactar al lector.

Conformado en su mayoría por pequeños bloques poético, Resto muestra de principio a fin una clara intención de Codagnone por crear un clima particular a lo largo de libro. Con un estilo que condensa sentidos, el sentido táctil es el que ocupa el centro de la escena. Puede leerse: “Voy a tener miedo./ Te voy a pedir que me abraces./ El vestido puede arrancarse./ La piel, no”. O también: “En este borde imposible/ en esta fractura, afiebrada/ por el verbo, perdí la voz, la patria: todo/ lo que toco es femenino”.


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En un delicado diálogo entre la sensibilidad y la intelectualidad, la autora parece buscar descifrar de qué están hechos los instantes, las emociones y las reacciones eléctricas de los contactos, aún cuando lo que intente rozar, acariciar o abrazar sea un espacio vacío. Escribe Codagnone: “No puedo tocar la muerte/ con la mirada y, sin embargo,/ veo el hambre y nos preparo/ en la distancia necesaria:/ que puedan rozarse las faltas”. En esa dirección, los signos de puntuación y los cortes de verso participan de la misma búsqueda: hacer sentir al lector la respiración del poema como una experiencia corporal.

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Tal como sostiene Mariana Enríquez en la contratapa, lo que se encuentra al final de las palabras es de una intimidad casi insoportable. Leerla es espiarla”. En ese sentido, Codagnone aparenta saber exáctamente dónde se encuentra la mirilla y decide qué mostrar, qué sugerir y qué esconder del cuerpo íntimo y, al mismo tiempo, dispuesto a ser compartido que se va construyendo en Resto: “soy una mujer derramada/ que se echa al vuelo/ con los pies”. Después de todo, la memoria del cuerpo también puede elegir la poesía para manifestarse.


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