Goethe, el romanticismo y una causa perdida

por Alejandra M. Zani

Los antiguos griegos pensaban que sólo el poeta, el mensajero de la palabra mítica, podía escuchar y transmitir las voces del mundo y del pasado y así transmitir una verdad superior a la que luego procuró la religión, la filosofía o la ciencia. En la cultura griega, el lenguaje siempre fue el fundador del mundo, tenía un lugar privilegiado, se aprendía de memoria y se transmitían de generación en generación los viejos mitos a través de la poesía recitada. Es el romanticismo germano el que retoma esto y anuncia con mayor fervor el pensamiento filosófico poético. En el siglo XVIII, Alemania se encontraba atrasada en cuanto a la modernización estructural que estaba viviendo Europa. Era una Alemania tradicionalista, conformada por ducados, principados y pequeños reinos, y no asiste a una revolución abrupta como lo fue la Revolución Francesa. No asistía tampoco al avance económico del capitalismo acelerado, sino que seguía siendo un universo religioso y sereno. En ese clima, muchos de los intelectuales y pensadores comienzan a sentir y pensar los tiempos modernos de aceleración industrial, política, científica y social. La figura del romanticismo será, por excelencia, el poeta y el artista en general. Ante la crisis del proyecto ilustrado moderno, ante la secularización del mundo, esa conversión de lo sagrado en profano que viene de la mano con el deseo ilustrado de dominar la naturaleza y desentrañar sus misterios para que nada quede de ella que no se pueda conocer a través de la ciencia. Pero el romanticismo no es una negación a la ilustración, sino que critican esa negación que ella practica con respecto a todo lo que no puede explicar.

Johann Wolfgang von Goethe (1749-1832) fue quizás el padre del romanticismo alemán. Poeta, novelista y dramaturgo, escribió una de sus grandes obras, Las aventuras del joven Werther en 1774, años antes de ocurrida la Revolución Francesa, como olfateando lo que se avecinaba. La novela narra su propia historia convertida en la del joven Werther, así la exterioriza: Goethe se había enamorado de Charlotte Buff (Carlota en la novela), novia y prometida de su colega abogado en prácticas, Johann Christian Kestner (Alberto en la novela); otro abogado atormentado por un amor no correspondido se suicidó utilizando una pistola prestada por Kestner y Goethe unió ambas historias para su novela. El autor exterioriza un conflicto en el interior de la experiencia moderna en el momento en que estaba naciendo el nuevo proyecto ilustrado, en el interior del lenguaje del progreso. Frente a éste, hay algo “sagrado” en el lenguaje poético que es la lengua de la memoria. El movimiento despertado por Goethe revisará críticamente las consecuencias de la Revolución Francesa y los horrores de la Comuna de París. En ese contexto revolucionario quieren reivindicar al sujeto no como un sujeto puro y abstracto, corrompido por la civilización, sino un sujeto conflictivo en el que conviven esas dos razones del mundo, los impulsos más naturales, más salvajes, y la razón que quiere controlarlo todo. La heroicidad romántica está en admitir el fracaso de la revolución, y la heroicidad de Goethe será incluso mayor porque planteará una crítica a su tiempo presente. Hay que comprender la dificultad que conlleva captar un tiempo presente que nos atraviesa con todos sus conflictos y contradicciones. Eso es modernidad por excelencia. La disconformidad, la crítica constante hacia los lenguajes hegemónicos, y a la vez la melancolía hacia esa “edad de oro” que ven en la Antigua Grecia que saben que no podrán recuperar. Ellos viven esa exaltación de la razón como una angustia de la razón.

El joven Werther detesta a ese nuevo hombre moderno, al hombre burgués que se parece cada vez más a una máquina, corrompido por la civilización. A través de su personaje, el autor va cuestionando las costumbres, la moral de esa Alemania religiosa y tradicionalista que temía a lo nuevo al mismo tiempo que lo vanagloriaba. También discute con las leyes del arte, con las nuevas instituciones que estaban apareciendo por Europa y que se reproducirían en el siglo siguiente, y con las academias, que lo único que harían sería poner trabas a ese “fluir” del sentimiento romántico que escupe palabras y colores en un lienzo sin pararse a pensarlas, un lenguaje que sale directamente del corazón, que habla con franqueza, que no está mediado por la razón mecánica. Es una palabra llena de vitalidad y penetrada por el alma del mundo, el romántico se compromete en cuerpo y alma con sus palabras. Es un sujeto crítico en un sentido político porque no critica desde la pura abstracción, sino que critica el avance de la sociedad, hacia donde va, en tiempos de pre-industrialización.

Goethe realiza una crítica moral de los modos de vida en el campo y en la ciudad, piensa en el deseo natural del hombre de dominar todo lo que lo rodea, pero que se contradice con ese otro yo interior que no le permite salirse de ciertos límites. Por eso los niños son, para Werther, el estado de máxima pureza: aún no están corrompidos por las reglas de la civilización. Lo que no deja de sorprender es que, siglos más tarde, los planteos de este autor disconforme y entristecido con su tiempo todavía siguen siendo los problemas de la contemporaneaidad: la soledad frente a la gran civilización que todo lo uniforma, el olvido de sí mismo y el olvido de uno en su cuerpo, en su cultura y en su historia, la certeza de que cada nación tiene su propio pasado, su propio sentido, y que desde ahí debe construir su futuro.

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