Feminización de la pobreza: cuando el ajuste es violencia de género

por Laura Verdile

El Paro Internacional del 8 de marzo pone en el centro de la escena la continuidad entre la desigualdad económica y la violencia de género. A lo largo del tiempo las evidencias demostraron que son las mujeres las que sufren las peores condiciones laborales y quienes se ven más afectadas por la pobreza.  ¿Cómo influye la cultura machista en el sistema económico? ¿Por qué el ajuste ensancha la brecha de género? (Foto: China Díaz Fotograía)



Que miles de mujeres de alrededor de 60 países frenen sus actividades y salgan a las calles no solo demuestra la fuerza creciente del feminismo, sino que también evidencia aspectos completamente invisibilizados al interior del mundo laboral. Un paro de esta magnitud y características redefine la esencia misma del “sujeto trabajador” para abarcar, como nunca antes, a un sector desestimado de la fuerza productiva: las tareas domésticas y de cuidado que no son ni reconocidas ni remuneradas, y que son ejercidas en su mayor parte por mujeres, quienes soportan las peores condiciones dentro del sistema económico. Si hay algo que cambió el 8 de marzo de 2017 fue precisamente la idea del paro como una herramienta exclusivamente gestada desde las organizaciones sindicales, para ser utilizada por un sector de la población históricamente relegado incluso dentro de los propios gremios.

Que miles de mujeres de alrededor de 60 países frenen sus actividades y salgan a las calles no solo demuestra la fuerza creciente del feminismo, sino que también evidencia aspectos completamente invisibilizados al interior del mundo laboral.

El 8M se trata de poner bajo la lupa un dato esencial que muchas veces es desestimado: la violencia de género tiene su correlato necesario en una desigualdad económica que afecta en mayor medida a las mujeres. Esto es un parte de un proceso conocido como “feminización de la pobreza”, término popularizado en los años ’90 para referirse a las marcadas diferencias de género a la hora de analizar el empobrecimiento de las condiciones de vida. El peso de la cultura machista que continúa imponiendo mandatos, incide notablemente sobre el acceso a oportunidades, entre ellas trabajo y educación, condiciones fundamentales para lograr autonomía como paso necesario para erradicar las violencias que afectan a las mujeres. Es así como el ajuste económico – que en el último tiempo se hizo presente en el contexto latinoamericano – profundiza la vulnerabilidad y ensancha la brecha de género. 

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Foto: Mar Garrote Cortínez



Según los datos registrados por el Instituto Nacional de Estadísticas y Censos (INDEC) durante el 2017, la tasa de desocupación fue de 10,2% en mujeres y 8,5% en varones. En el caso de las menores de 29 años, la cifra trepa hasta un 20,1%, mientras que en el caso de los hombres a un 17,2%. A su vez, es notable la brecha salarial existente tanto en el caso del trabajo registrado como en el del sector de la economía informal. De acuerdo a un informe del Ministerio de Trabajo, las mujeres ganan en promedio un 27% menos que los varones, cifra que se ensancha al 35% en el caso del empleo no registrado y que también varía según las zonas del país, la composición del grupo familiar y las condiciones del trabajo de que se trate.

De acuerdo a un informe del Ministerio de Trabajo, las mujeres ganan en promedio un 27% menos que los varones, cifra que se ensancha al 35% en el caso del empleo no registrado y que también varía según las zonas del país, la composición del grupo familiar y las condiciones del trabajo de que se trate.

Varios son los factores que se esconden detrás de estas cifras. En primer lugar, y tal como señala la organización Economía Femini(s)ta existe una marcada asimetría en la distribución de las tareas del hogar entre hombres y mujeres. El tiempo dedicado a este trabajo, no reconocido socialmente ni tampoco remunerado, impacta en las posibilidades de formación y desarrollo personal y profesional, teniendo en muchos casos que aceptar trabajos precarizados y peor pagos. La primera encuesta realizada por el INDEC sobre sobre Trabajo No Remunerado y Uso del Tiempo registró que, en Argentina, las mujeres dedican en promedio 6,4 horas de tiempo diarias a estas tareas, mientras que los varones 3,4 horas. A nivel general, el organismo informa que el 76% del trabajo doméstico no remunerado es realizado por mujeres. 

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Como sucede en múltiples ámbitos sociales, el trabajo se encuentra marcado también por una división basada en estereotipos de género, que limita las oportunidades de inserción laboral. En este sentido, las tareas del hogar continúan siendo concebidas como una exclusiva responsabilidad de la mujer, que en función de roles culturalmente asignados, se ve obligada a sacrificar así otros aspectos de su vida para atender las demandas domésticas. Naturalizar estas ocupaciones invisibiliza una profunda desigualdad que se mantiene a lo largo del tiempo y que, además, está atravesada por una diferencia de clases. Las mujeres de mayores ingresos tiene posibilidad de delegar estas tareas en otras personas, generalmente pertenecientes a los sectores populares.


Foto: Gustavo Yuste



Según explica en el portal de Economía Femini(s)ta Mercedes D’Alessandro, economista, escritora y co-fundadora de la organización, si bien la participación de las mujeres en el mercado laboral aumentó considerablemente respecto de décadas atrás, esto no fue coincidente con la participación de los varones en el trabajo doméstico. Como consecuencia, teniendo en cuenta estas tareas, las mujeres realizan una doble jornada laboral teniendo que repartir su disponibilidad horaria, disminuyendo así sus posibilidades de una remuneración mayor. D’Alessandro menciona este como uno de los motivos de la brecha salarial, sumado también a una sobre ocupación de las mujeres de los sectores del mercado peor pagos, “vinculados  a las actividades de cuidado asignadas dentro hogar”.

Las mujeres suelen ocupar los puestos más bajos al interior de las instituciones, siendo excluidas de los cargos directivos a pesar de su formación educativa y experiencia, enfrentándose a los denominados “techos de cristal”.

A su vez, las mujeres suelen ocupar los puestos más bajos al interior de las instituciones, siendo excluidas de los cargos directivos a pesar de su formación educativa y experiencia, enfrentándose a los denominados “techos de cristal”. Según un relevamiento de la consultora Glue Consulting, en Argentina solo un 4% de las empresas están dirigidas por mujeres. Para D’Alessandro, esto responde a la incidencia de criterios patriarcales que se arrogan el derecho a decidir sobre la aptitud de los puestos según diferencias de género, cuestionando, por ejemplo, la capacidad de una mujer para la toma de decisiones. En esto influye también la maternidad, suponiendo que implica un conflicto para el trabajo – creencia reforzada desde las mismas lógicas organizacionales y que se puede ver, por ejemplo en la diferencias de plazos en las licencias para madres y padres -.

El 8 de marzo se propone así como una jornada de lucha histórica porque supone visibilizar un hecho oculto pero esencial para comprender las violencias: el peso de las mujeres en el sistema productivo y la falta de políticas que garanticen sus derechos. Significa salir a las calles para hacerse escuchar, para dejar en claro que son protagonistas de un cambio de época dentro de una sociedad que ya no puede ignorar una deuda  histórica.


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