“Van llegando”: la construcción de un mosaico poético

por Laura Verdile

Van llegando (Mansalva, 2017), la antología que reúne a los 21 poetas seleccionados en la nueva edición de la Bienal de Arte Joven, ofrece una multiplicidad de voces unidas bajo una pregunta: ¿existe alguna marca que distinga formas artísticas a una edad particular? Atravesando un mosaico de estilos y tonos variados, el lector podrá ensayar una respuesta, sólo para encontrarse en el camino con un descubrimiento mucho más interesante. 


¿Existe alguna marca distintiva que diferencie a unos poemas de otros en una etapa particular de la vida? ¿Es la juventud una suerte de frontera que separa formas artísticas? Van llegando (Mansalva, 2017), la antología que reúne a 21 poetas de entre 18 y 32 años, premiados por la nueva edición de la Bienal de Arte Joven, prepara el terreno para dar lugar a esas preguntas.

Para Laura Wittner, que inaugura las páginas con su prólogo, no existe una única posibilidad de definición, sino que, “como en cualquier edad, hay un poco de cada cosa”. En este sentido, una de las virtudes de este libro, que reúne a voces poéticas con sus propios estilos y tonos, es no responder necesariamente a una categoría que las una de forma compacta, sino ofrecer la riqueza en la variedad. Los recursos poéticos y narrativos se entremezclan para dar lugar así a un universo atravesado de búsquedas personales y descubrimientos, en donde los autores son conscientes del uso de cada palabra.

Una de las virtudes de este libro que reúne a voces poéticas con sus propios estilos y tonos es no responder necesariamente a una categoría que las una de forma compacta, sino ofrecer  la riqueza en la variedad.

Con un lenguaje libre de ornamentos y excesos, influenciado por las voces de poetas contemporáneos, los versos se conectan con el lector de forma directa y transparente. Le permiten entrar y salir sin dificultad de escenarios atravesados por experiencias diversas, que lo interpelan desde lugares cotidianos pero, a la vez, potentes. Así pueden leerse fragmentos como los de Fernanda Mugica: llegué a casa y estabas pegando un plato roto/ un plato que yo rompí/ ahora estoy sentada/mirando una grieta en el piso/ ¿qué define la línea por donde se quiebran las cosas? O también los de Sofía Le Blanc: Y cuando no hay más techo/ aparecen cuadrados de paredes peladas./ Los árboles están en lo mismo, deshaciéndose/ de lo que no pueden salvar.

La fuerza se observa en la atención puesta en cada detalle, incluso en los más simples, los que podrían pasar desapercibidos, captados por una sensibilidad particular que consolida estilos y reafirma, al mismo tiempo, una mirada propia del mundo. De este modo, el extrañamiento sobre rincones comunes y habituales es uno de los ingredientes que crea imágenes  vívidas que aportan solidez a todo el libro.

Dice por ejemplo Triana Leborans: “Me llevé puesta la frente contra una puerta de vidrio impecablemente limpia, ni me empezó a doler, salí expulsada por una fuerza invisible. Fue como una advertencia ‘hasta acá llegás, no podés ir más allá’ y tomé de golpe demasiada conciencia del encierro que me provocan el tiempo y el espacio”. En esa dirección, encontramos también versos como los de Antonella Romano: “Los pantalones adidas azules/ de los dos haciendo juego con la/campera celeste cielo pleno. Dos/ uniformados en un cuarto oscuro/ revueltos como gusanos, nacidos/ debajo de una tapa de jalea olvidada/ al lado de la canilla que pierde agua. Tan/ húmedos que podíamos cambiar/ de color si nos dejaban ahí.


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No es posible encontrar con exactitud una unidad temática que refleje en los versos eso que se llama juventud. Como dice Laura Wittner: “Si el prejuicio nos llevara a relacionar la escritura joven con una lengua coloquial y una temática predominantemente amorosa, bastarían dos o tres páginas de esta antología para desengañarnos”. En este camino, el libro aparece como un hallazgo que invita a recorrer escrituras personales, íntimas, que indagan la experiencia propia y con el entorno, y trazan registros definidos que se integran a pesar de las diferencias.

De esta forma, algunos poemas contienen cuestionamientos, zonas contestatarias y de denuncia, como es el caso de Gabriela Clara Pignataro: “si me tocan/ si me tocan/ si me queman/no somos corderos/ no seremos res adormecida/ en el postre de los asesinos”, o de Nicolás Ghigonetto: “Además de vivir ahí, Gabriel Leivas/ trabaja en la dependencia número nueve/ acomoda su vida impar a los horarios/del tiempo moderno y visita inmune/ a los soldados que cayeron en la propia contienda…”.

El libro aparece como un hallazgo que invita a recorrer escrituras personales, íntimas, que indagan la experiencia propia y con el entorno, y trazan registros definidos que se integran a pesar de las diferencias.

También se leen versos que exploran las huellas de un pasado, para recomponer, desde un lugar más profundo, los rastros de lo que queda y lo que se va. Así se leen fragmentos como los de Gustavo Yuste: “Ahora, hace tres veranos/ que ni siquiera abrimos la casa./ Nos falta tiempo, plata/ o preferimos ir a otros lugares.// Por ejemplo, la última temporada/ alquilé una casa/ a orillas de la paranoia”; o el caso de Julián Berenguel, que visita un barrio de la infancia para armar su propia conclusión: “Tal vez/ la familia también es eso:/ una fábrica abandonada/ en donde la naturaleza/ ordena todas las cosas”.

Con sus diferencias y similitudes, los 21 autores de Van llegando traen, entonces, no tanto una marca que permita ensayar un corte generacional, sino más bien un mosaico de sensaciones y vivencias que imprimen estilos únicos. Permiten encontrar algo mucho más complejo e interesante que el arte comprimido en una franja etaria: la vida como un estado de descubrimiento constante que cada poeta, a su modo, reafirma en sus palabras.


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