Entrevista a Alejandra Zina: “La literatura, si está viva, está acompañando lo que pasa”

por Gustavo Yuste

“La literatura no tiene el deber de nada, sucede simplemente”, sostiene Alejandra Zina, quien este año publicó el libro Hay gente que no sabe lo que hace (Paisanita Editora, 2016). “Los cuentos me encantan porque tienen la medida de mi entusiasmo y algo que se relaciona con el orden de mi personalidad”, señala la escritora que fue durante muchos años alumna de los talleres de Alberto Laiseca: “una de las cosas más importantes que te da Laiseca es permitirte largarte a escribir y darle cabida a todo”, comenta Zina al respecto. Leé la entrevista completa a una de las narradoras que más ruido hace en la actualidad, a continuación. (Foto: Noelia Monópoli)


Sobre la autora

zina-perfAlejandra Zina nació en Buenos Aires en 1973. Publicó la antología Erótica argentina y, en co-autoría, la compilación En primera persona. Correspondencia argentina en dos siglos. Tiene editado el libro de cuentos Lo que se pierde (Carne argentina, 2005) y la novela Barajas (Plaza&Janés, 2011). Relatos suyos integran diversas antologías de Argentina y España. Ha publicado cuentos, notas y reseñas en Clarín, Ñ, Perfil, El Litoral, Mil Mamuts y El Ojo Mocho, y en las revistas españolas Culturamas y Calibre 38. Es una de las organizadoras del ciclo Carne Argentina. Coordina talleres de escritura de forma particular y en la Escuela Nacional de Experimentación y Realización Cinematográfica.


-¿Cómo manejás la relación de lo político y lo literario? Siempre hablando de lo político no como algo partidario, sino en un sentido de denuncia. ¿Cómo se equilibra eso sin caer en un estilo panfletario?
-No, dios me libre de eso. Eso no me gusta ni hacerlo ni leerlo. La verdad es que no pienso lo político o la denuncia del rol de la mujer dentro de la sociedad de forma autónoma. Se me presenta de otra manera, a través de los personajes.  Hay gente que no sabe lo que hace (Paisanita Editora, 2016) se trata básicamente de algunas personas a las que les pasan cosas. Después, en el camino o tras haberlo terminado, me doy cuenta de algunas cosas, de otros significados. Se maneja mucho lo inconsciente cuando estás escribiendo, por ahí pienso que escribo sobre algo y después me doy cuenta de que era otra cosa. Lo político está en cualquier dimensión humana.

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-¿En qué sentido?
-En muchos casos en las relaciones de poder, ya sea a nivel pareja, familiar, distintos vínculos. Lo mismo con los mandatos sociales que se cargan sobre las mujeres, lo relacionado con lo sexual, lo laboral, la maternidad. Pero jamás lo pienso así mientras estoy escribiendo un cuento.

-En esa dirección, en muchos cuentos de Hay gente que no sabe lo que hace aparecen distintas denuncias solapadas sobre desigualdades y estereotipos asociados a lo femenino, pasando por niveles inconscientes o concretos. Ahora se me vienen a la cabeza “La princesa enamorada” y “El último reflejo de la tarde”
-Cuando me aparece un disparador de un cuento, que suele ser una situación, un personaje, después viene todo lo siguiente. Todas las dimensiones de tipo más abstractas que mencionás, como lo político, no aparece. En el caso de “El último reflejo de la tarde”  me gustaba mucho ese escenario de una estación de servicio que está a mitad de camino entre ser algo urbano y algo rural. A mí se me había aparecido la imagen de las nenas con esos sombreros que la novia del padre les compra y ellas totalmente enculadas. ¿Qué le pasa a esa mujer que quiere tener una relación con esas chicas y no le está saliendo muy bien? También me gustaba la idea de los obreros ahí presentes y las fantasías que le despiertan a la mina, pero al final es todo muy invertido, porque los tipos terminan representando una amenaza que no es tal y ella es más descuidada que los tipos. Todo eso aparece mientras lo escribía, iba generando una tensión sobre lo que iba a pasar.

Se maneja mucho de lo inconsciente cuando estás escribiendo, por ahí pienso que escribo sobre algo y después me doy cuenta que era otra cosa. Lo político está en cualquier dimensión humana.

-¿Y con respecto a “La princesa enamorada”?
-Ese cuento nació más por un pedido de Claudia Piñeiro que me contó que estaba realizando una antología de cuentos sobre fútbol escrito por mujeres para El Ateneo. Obviamente, yo no tenía ningún cuento de fútbol ni escribirlo, y en un momento se me viene a la cabeza la imagen de una tía mía con un síntoma muy parecido a la protagonista del cuento. De alguna manera, me sentí cómoda, porque se conectaba con la atmósfera de lo que venía escribiendo antes. En cierto sentido hubo un recuerdo autobiográfico, sobre todo porque en mi familia hay muchos casos relacionados con la locura y era algo que a mí me interesaba explorar, por lo que fue ideal el cruce. Después, obviamente fue todo inventado, era una forma de reconstruir que es lo que hubiera pasado si me acercaba a ella de chica y no le tenía miedo, que es algo que la locura suele generar a los más chicos.  No pienso en grandes temas abstractos.

-¿Cómo manejás la tentación que puede tener un escritor en usar la autobiografía como material literario?
-Es un material más, como lo que veo y oigo en la calle, lo que escucho en el edificio cuando estoy en mi casa. Yo vivo en un contrafrente y hay mucha vida a través de las ventanas. En las cosas que escribí, salvo en ese caso de “La princesa enamorada”, nunca nadie me preguntó si eso era autobiográfico, lo cual me sorprendió para bien. Se armó un universo que no necesariamente me identifica como autora, aunque en realidad hay mucho que tiene que ver con mi historia. Yo no le tengo ningún prejuicio a lo autobiográfico ni para escribirlo ni para leerlo, se lo suele considerar como algo de segunda mano, cuando en realidad depende de cómo lo uses.

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Yo no le tengo ningún prejuicio a lo autobiográfico ni para escribirlo ni para leerlo, se lo suele considerar como algo de segunda mano, cuando en realidad depende de como lo uses.

-Dentro del canon literario y la crítica se suele asociar mucho a lo femenino con la autobiografía y con eso de “si lo escribe una mujer, es para mujeres”, también relacionado a eso de “la mirada femenina” en vez de entrar en juego con todos los libros que se escriben. ¿Qué pensás de ese fenómeno?
-Yo te voy a ser muy directa con eso: para mí entra ahí una cuestión más de pereza del periodismo. Es más fácil y más rápido resolver por ese lado las cosas que pensar algo distinto. Me acuerdo que cuando salió el libro de Mariana Enríquez, le dije: “Vos venías re zafando con eso de la “mirada femenina” porque hacés terror“. Y me contestó: “Para nada, me atomizaron con todas esas preguntas. Nunca me pasó tanto“. No es un problema nuestro, sino de aquellos que leen eso. Es una mirada sonsa sobre la escritura hecha por mujeres, es algo muy fácil, un lugar común dentro del periodismo.


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Hay gente que no sabe lo que hace (Paisanita Editora, 2016)


-Si bien en los últimos años han aparecido escritoras mujeres que le disputan el lugar a los hombres dentro de la escena literaria, aún así es difícil ver cierta equidad en los paneles y antologías. ¿Qué lugar ves que ocupan las mujeres en calidad de autoras?
-Se está publicando más en general literatura argentina en comparación a 20 años atrás y en eso se publica mucho más a autoras argentinas. Ahora hay una cantidad enorme y muy diversa. En los últimos 8 años se modificó mucho el mercado editorial con el surgimiento de las editoriales independientes, que abrieron un panorama de posibilidades que antes no existían. Lo mismo sucede con las redes sociales, las revistas y los ciclos. Es una década de mucha efervescencia de escritura.

-También un poco se puede ver en relación con las distintas movilizaciones y tomas de conciencia que hay en relación a la violencia de género y sus vínculos con la literatura.
-Sí, puede ser, nunca se sabe bien quién fue primero, si el huevo o la gallina. La literatura, si está viva, está acompañando lo que pasa. De todas formas ahí hay de todo, suele haber cosas muy oportunistas y otras más profundas. La literatura no tiene el deber de nada, sucede simplemente. Como es tan nuevo este movimiento de género, no se sabe bien hacia dónde va a ir, a dónde se va a organizar. Eso es lo mejor y lo más inquietante, porque no se parece a nada anterior. Eso le da un empuje que quizás otros movimientos no tendrían. Hay algo en lo artístico que toca eso. Están conectados sin proponérselo.

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-Recién hablabas un poco del fenómeno de las editoriales independientes. ¿Cómo ves el panorama literario actual? Sobre todo con muchos casos que lograron perdurar en el tiempo.
-Celebro todo eso y lo apoyo muchísimo. Mi libro salió por Paisanita Editora, que forma parte de La Coop, y veo de cerca el trabajo que hacen cuando voy a las ferias. La librería que están por abrir es un lugar precioso y me encantaría que dure mucho en el tiempo. Hay mucha hambre por crecer. Cuando yo empecé, estabas muy solo, nadie te daba pelota, estaba muy atomizado todo. Los medios no te daban ni una pastillita, nada. El ciclo Carne Argentina nació en el 2006 un poco con la intención de tener un lugar físico para poder vender los libros. Lo que ocurre ahora no tiene comparación con lo que yo vi hace 10, 12 años. En algún momento las cosas confluyen, las redes sociales ayudaron mucho también.

La literatura, si está viva, está acompañando lo que pasa. De todas formas ahí hay de todo, suele haber cosas muy oportunistas y otras más profundas. La literatura no tiene el deber de nada, sucede simplemente

-Hablando de las redes sociales, y no solo pensando en la distribución y difusión, ¿cómo altera la producción literaria? ¿Es un lugar para escribir?
-Para mí Facebook tiene un claro momento de boludeo, pero también es un lugar de ensayo, de borrador. Te permite cierto entrenamiento de la mirada, de la escritura, como no corregir tanto en el momento, condensar una situación que tenía fresca, poder trabajar algo desde la percepción sin poner tanto peso en la parte sintáctica. Además en Facebook hay un público que lee enseguida, entonces me devolvía cosas que no me permite mi cuaderno que llevo a solas y que nadie ve. Con respecto a la difusión, ayudó mucho: todo lo que hago lo difundo por ahí, me acerca a lectores, a visitantes del ciclo. Generó algo muy descentralizado y ya no dependés únicamente del suplemento literario. Hay mucho que depende de vos mismo. De todas formas, ya sé que a mí ya me cuesta manejar Facebook, por lo que no es probable que pueda tener más. Sí hay otra gente que se maneja a la perfección con eso.

-¿Qué recuerdos tenés de haber sido tallerista de Alberto Laiseca?
-Alberto Laiseca fue mi maestro, en el sentido en que no hice muchos otros talleres. Hice algo muy breve de cámara y guión con Liliana Escliar, que es novelista también. Después me enteré que Laiseca daba un taller y ahí empecé a escribir ficción de forma regular. Yo tenía muchas ganas de escribir y, al estar terminando la carrera de Letras, sabía que no quería hacer una carrera académica, sino tener una relación distinta a la que tenía. Estuve un montón de años con él. Al principio, él estaba muy enérgico, estaba haciendo el ciclo de relatos en I.Sat, era un momento de mucho laburo y tenía un montón de grupos. Creo que una de las cosas más importantes que te da Laiseca es permitirte largarte a escribir y darle cabida a todo, aunque sea muy distinto a lo que él escribía o leía. También me abrió a otros autores y géneros que no tenía previamente y se relacionaban a él. Me permitió también armar un grupo de colegas y amigos que siguen escribiendo, publicando, era algo que Laiseca generaba.

Creo que una de las cosas más importantes que te da Laiseca es permitirte largarte a escribir y darle cabida a todo, aunque sea muy distinto a lo que él escribía o leía. También me abrió a otros autores y géneros que no tenía previamente y se relacionaban a él

-¿Cómo te influenció?
-Él decía muy pocas cosas, tenía un consejo clave: “a escribir se aprende escribiendo”. Tampoco es que te hacía una devolución larguísima, podían pasar clases en las que no te decía nada hasta que te tiraba pequeñas cosas que te dejaban pensando un montón. Las cosas que me decía me las acuerdo casi todas. También me cayeron muchas fichas con el paso del tiempo, aún después de haber terminado el taller. Fui teniendo otra relación con la escritura, fue como una plataforma de lanzamiento haber tenido taller con Laiseca y no en el sentido de la publicación. Él no daba mucha manija de eso, decía que los concursos permitían ponerse plazos, nada más. La idea era focalizarse en la escritura, tener mucha paciencia. Laiseca tenía ciertos pilares.

-¿Cuáles eran?
-Uno tenía que ver con la autocrítica, no ser “hipercritícito” como decía él, porque te puede anular y no te deja terminar las cosas. Otro tenía que ver con la paciencia, bancarte los procesos, los tiempos. Después, cuando tuvo unos problemas de salud, dejó de dar talleres.


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Alberto Laiseca (Página/12)


-Ahora que vos das talleres literarios, ¿replicás algunas de sus técnicas o consejos?
-Sí, salen solos. Creo en eso que nos enseñaba sobre la paciencia, la crítica, lo experimento todo el tiempo. También transformé alguna de sus consignas, es un poco mi referente. También después, obviamente, fui haciendo mi propio camino y creando cosas personales.

-¿Qué autores tuviste y tenés como referentes?
-Leo muchas mujeres escritores. Las anglosajonas históricas y contemporáneas también, me influyeron mucho en los cuentos. De acá de Argentina hay muchos que me gustan, no sé si me influyeron directamente, pero me encantan. Selva Almada, Gabriela Cabezón Cámara, Vera Giaconi, Leonardo Oyola, Leandro Ávalos Blacha, por más que sea muy distinto a lo que yo hago. Ahora te digo los súper contemporáneos. Ana Basualdo, que tiene un solo libro, también me encanta. Karina Radilov Chirov, de Santa Fé, tiene unos cuentos muy buenos, con una cosa rural y urbana pero medio punk al mismo tiempo, se sale de muchos estereotipos. Hay muchos que disfruto como lectora, no solo como escritora. Como te decía antes, hay una producción muy buena en todo el país. Con los cuentos me pasa que soy muy exigente, al igual que con la poesía: te conmueve o no te conmueve. En cambio, una novela te puede gustar fragmentariamente. Los cuentos son una forma maravillosa de contar algo en un espacio acotado. Los cuentos me encantan porque tienen la medida de mi entusiasmo y algo que se relaciona con el orden de mi personalidad.

Con los cuentos me pasa que soy muy exigente, al igual que con la poesía: te conmueve o no te conmueve. En cambio, una novela te puede gustar fragmentariamente. Los cuentos son una forma maravillosa de contar algo en un espacio acotado. Los cuentos me encantan porque tienen la medida de mi entusiasmo y algo que se relaciona con el orden de mi personalidad.

-A la hora de escribir, ¿tenés algún mecanismo o rutina?
-No, siempre me viene una historia a través de un personaje en alguna situación. Son muy pocos los cuentos que me salieron de un tirón, algunos estuve laburándolo meses. Otros tuvieron diferentes versiones con los años. La única rutina es estar en casa tranquila, en mi compu, no tengo horarios favoritos tampoco. Lo único que hay que hacer es arrancar, como decía Laiseca, sin ponerle palos a la rueda con una autocrítica fuerte.

-Por último, a alguien que está interesado en escribir, ¿qué consejo le podrías dar?
-Leer mucho, escribir mucho. Laiseca decía: “Leer, escribir y vivir mucho”. Tener experiencias de vida. Tiene que ser algo que se disfrute a pesar de estar con la soga al cuello o frustrarse. Hay mucha idealización con la escritura. También, con mi experiencia de dar talleres, puedo ver que hay muchas personas que no pueden ver la distancia entre lo que hay en la cabeza y lo que hay en el papel. Es necesario tener la humildad de escuchar la opinión de los demás, sin importar que sea un profesor o un amigo. Lo que quedó en la hoja puede no ser lo que quisiste decir. El tiempo y el trabajo son claves, más allá de algún talento innato. Eso es lo mejor que puedo transmitir y que aprendí con Laiseca. Hay tardes malas y puede pasar, generalmente lleva mucho tiempo.


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