La música no mata: la noche trágica de Callejeros en Cromañón

por Carolina García

Hijos de una época de corrupción. Hijos de la injusticia, que crecieron en democracia junto a un Estado que mira para el otro lado, que los abandona. Y los adopta el rock, que los escucha, los convoca, los moviliza, los protege, los defiende. Se juntan en cada recital a unir sus voces en la de Patricio Santos, quien los insta “a pensar, a reaccionar, a relajar, a despotricar, a decir estupideces”.


Es 30 de diciembre de 2004. Tres mil personas se preparan para asistir a un concierto. Van a celebrar el final de un año, “a olvidarme de olvidar, a recordar lo que vendrá, a arriesgar una y mil veces a molestar, a ladrarte, a ser el preso. De la celda estéreo de tu alma, rincón eterno de las palabras”.

Estaba anocheciendo y Cromañón ya tenía sus puertas abiertas. Dentro del local, estaba sonando Ojos Locos, la banda telonera. Era una oportunidad única para ellos que estaban acostumbrados a presentarse en lugares mucho más pequeños. Tocaron cerca de quince temas. Había 300 personas, entre ellas algunos de sus amigos, seguidores que prendía bengalas y unos tantos fans de Callejeros que ya habían entrado. Pero la mayoría de la gente estaba afuera.

La presentación de la banda telonera ya había terminado, era de noche y afuera hacía más de 34 grados de temperatura. De forma fluida, empezó a acceder al boliche la gente de Callejeros. Con música de fondo se fue llenando el lugar y hasta las escaleras quedaron repletas de gente. Algunas canciones despertaban la energía del público, entre ellas “JIJIJI” de los Redondos. Entonces algunos jóvenes, para festejar el momento, encendieron las bengalas y candelas que habían llevado.

Ya casi estaba por salir Callejeros al escenario, cuando se escucha por altoparlante “rescátense un poco porque se prende fuego el lugar, ¿entendieron? ¿Les quedó claro a todos? ¿Sí, se van a rescatar, se van a poner las pilas? Bueno, rescátense, tenemos que hacer el show, loco”. Gritos, euforia, silbidos. Todos quieren que empiece la fiesta, que suba el Pato y suene el rock. “¡Buenas noches Cromañón! ¡Bienvenidos a la última velada del año! Gracias a este hermoso, distinguido público, esta fiesta es posible. Damos comienzo al show. Con ustedes y para ustedes… ¡Callejeros!”

Patricio Santos ya estaba en escena. Estaba todo listo para comenzar el recital, pero antes, toma el micrófono: “¿se van a portar bien?, ¿Estamos en condiciones de comenzar mi estimado Baterola? […] ¡Vamos!”. Suena el primer corte del disco “Rocanroles sin destino” y todo es alegría. Cada alma que se encontraba concentrada en Cromañón, había concurrido para participar del ritual que ya había comenzado. “A ser idiota por naturaleza y caer siempre ante la vaga certeza de que en esta tierra todo se paga”.

En el 2004 Callejeros había crecido de una manera inesperada. Una banda de pibes de Villa Celina nacida en los años ‘90, era la revelación del año y rosaba la masividad. Entre junio y julio ya habían llenado dos veces el templo del rock, el estadio Obras Sanitarias. Desde ese momento se supo que el grupo podría llegar muy lejos. “A consumirme, a incendiarme, a reír sin preocuparme, hoy vine hasta acá”. El 30 de diciembre era el último de una serie de tres recitales que Callejeros tenía programados. No paraban de vender entradas. Se estima que esa noche había casi 4000 personas en el lugar, mientras que su capacidad era para la mitad. “A tapar mi ingenuidad con un poco más que sal, me quiero quedar. A tocar, a manosear, a querer más que un nada más, a desnudarte una vida de veces”.

A pesar del pedido explícito por parte de los responsables del boliche, se enciende otra bengala. El público, que vestía con bermudas de jean, calzas, shorts, zapatillas y remeras con estampas de bandas, seguía saltando, cantando y festejando la mística de la exitosa banda dentro de Cromañón. Hay luces, ruidos, olor a pólvora. “A hablar mal del que dirán, a ver temblar la seguridad, a ser distinto a lo que se parece. A terminar con el cuento más oscuro, a derribar los muros de mi mente a ser un poco menos consciente”. El saxofonista de la banda nota una brasa en un telón del extremo del escenario y deja de tocar. Señala el techo.

Los pibes de Callejeros no paraban de agitar los trapos y banderas decorados con motivos de  grandes íconos musicales y grandes inscripciones con letras de canciones de la banda. “A fantasear, afilarme bien los dientes”. Patricio ya no canta y todos comienzan a entender lo que sucede. Se corta la luz del boliche. En medio de la multitud, en la oscuridad, rodeados de humo, todos intentan escapar. Una pequeña luz señalaba la ubicación de una salida emergencia, pero la misma estaba cerrada con un candado por el lado de afuera.

Pasada la medianoche, Crónica Tv es el primer medio en ocuparse de transmitir imágenes en directo de la tragedia no-natural más grande de la historia de Argentina. 194 personas fallecidas y centenares de heridos.

Patricio Santos, como algunos de los sobrevivientes que pudieron salir del boliche, desesperado, entraba nuevamente a Cromañón para rescatar gente. Los que estaban afuera buscaban reencontrarse con sus amigos. Dos jóvenes se abrazan. “¡Alfredo está vivo, carajo!”. Ambulancias, medios de comunicación, familiares recién llegados buscando a sus hijos. Todo el panorama es desolador.

Ahora trato de buscar la diferencia, lo que no se dijo, lo que la  justicia no se preguntó, porque estaba ocupada buscando culpables, para no involucrarse. ¿Cuántos sueños se perdieron entre el humo? Esa noche quedaron enterradas en Cromañón miles de palabras que no se pudieron decir. Las primeras de todas ellas son las que componen la canción que los Callejeros nunca pudieron terminar de cantar “acabar con mis pensamientos decentes, asesinar a las verdades que mienten”. Verdades: toda esa gente buscaba verdades. Y Callejeros se las daba hechas canción.

 

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