Bicentenario de la Independencia: ¿Y el pueblo dónde está?

por Laura Gómez

Durante la jornada del sábado 9 de julio, la provincia de Tucumán con su histórica casita se convirtió en el centro de todos los acontecimientos. Las cámaras de los principales medios de comunicación nacionales estuvieron apostadas desde temprano frente al escenario donde se llevarían a cabo los actos protocolares, y en el transcurso de la mañana arribaron los funcionarios públicos más allegados a la gestión, los selectos invitados extranjeros y el presidente Mauricio Macri. Sin embargo, el gran ausente de estos pretendidos festejos patrios fue el pueblo argentino en su conjunto.


Protocolo. Excesivo protocolo. La norma por encima de cualquier clase de desvío. Pese a los notorios esfuerzos de los periodistas encargados de la cobertura del evento por construir un relato efervescente y elogioso respecto de la supuesta soltura presidencial y el acercamiento de Macri al pueblo desafiando los vallados infranqueables, lo que primó en esta celebración del Bicentenario de la Independencia Argentina fueron las estrictas reglas del ceremonial. Rostros parcos, sonrisas forzadas, reverencias empalagosas, columnas vertebrales tiesas, pechos ostentosamente erguidos, saludos fríos, tímido flamear de banderitas blanquicelestes, el bastón y la banda presidenciales como resabios del cetro y la corona monárquicos. Como si todavía quedaran cadenas por romper tras 200 años de independencia.

La norma por encima de cualquier clase de desvío. Pese a los notorios esfuerzos de los periodistas encargados de la cobertura del evento por construir un relato efervescente y elogioso respecto de la supuesta soltura presidencial y el acercamiento de Macri al pueblo desafiando los vallados infranqueables, lo que primó en esta celebración del Bicentenario de la Independencia Argentina fueron las estrictas reglas del ceremonial. Rostros parcos, sonrisas forzadas, reverencias empalagosas, columnas vertebrales tiesas

La TV Pública dedicó toda la programación del día a la transmisión de los actos patrios organizados en la provincia de Tucumán. Mientras tanto, Telefé optaba por la proverbial maratón de Los Simpsons seguida de la versión vernácula de Casados con hijos, y Canal 13 rellenaba su grilla con Superman regresa y Jurassic Park III. Todo muy a tono con lo que era la festividad. En la pantalla oficial y en los canales de noticias más lisonjeros, el recibimiento del gobernador Juan Manzur al presidente de la Nación fue aplaudido por todas las voces periodísticas aún más que la recordada independencia; hablaron de “civilización”, de “formalidad” y de un verdadero acto de “madurez política”.

Luego del arribo de las principales figuras diplomáticas, se desató la esperada catarata de pasos protocolares: el saludo formal con funcionarios locales (los más amigos) e invitados extranjeros (en su mayoría también simpatizantes de la nueva gestión); la entonación de las estrofas del himno nacional; el izamiento de la bandera; la firma de un nuevo Acta de Independencia con la paradójica presencia de los miembros de la realeza española como invitados de honor; los interminables desfiles frente al palco de honor; el relato denso de dos locutores/presentadores que en ningún momento fueron capaces de echarle sal o pimienta al evento; el Tedeum con las evidentes contradicciones de un obispo representante de una institución que se proclama en contra del aborto y, al mismo tiempo, pretende erigirse en defensa de la mujer; el helado discurso de Mauricio Macri, quien se paseó por tópicos como la dificultosa transición, la mentira y la corrupción, la inflación, la viveza criolla y las loas al esfuerzo individual, para rematar con un impostado “¡Viva la patria! ¡Viva el amor! ¡Viva la patria y el amor!”; y la hipocresía en todas sus versiones.

Quizás lo más relevante de la jornada haya sido el retorno de las fuerzas militares al centro de la escena política, cargado de una renovada legitimidad.

Un gran ausente: el pueblo

Pero quizás lo más relevante de la jornada haya sido el retorno de las fuerzas militares al centro de la escena política, cargado de una renovada legitimidad. Durante la semana se supo que Mauricio Macri había hecho pública la invitación a las fuerzas, para participar de los festejos como parte de los desfiles oficiales frente al palco presidencial. Luego de enumerar una infinita cantidad de banderas de guerra con sus respectivos regimientos y compañías, el locutor anunció el paso de la Fuerza Aérea con las siguientes palabras: “Se aproxima la Fuerza Aérea Argentina, que tiene la misión de contribuir a la defensa nacional actuando disuasiva y efectivamente en el espacio aéreo de interés, a fin de garantizar y proteger de modo permanente los intereses vitales de la nación. Su misión como institución altamente profesional y con vocación de excelencia, es continuadora del prestigio ganado en combate e identificada con los valores culturales de nuestra nacionalidad, para ejercer la soberanía efectiva del aero-espacio, columna vertebral del poder aeroespacial nacional”. Aún con heridas que no sanan en el cuerpo social, y con las imborrables imágenes de los vuelos de la muerte incrustadas en la memoria colectiva, estas palabras resuenan con oscuridad en los oídos de muchos argentinos, e incomodan.

En este 2016, los desfiles estuvieron organizados y protagonizados por la oligarquía nacional, los aplausos más efervescentes estuvieron dirigidos a las fuerzas militares y el pueblo no copó las grandes avenidas sino que se limitó a ocupar los márgenes

Los festejos del Bicentenario no sólo carecieron de todos los condimentos que merecería un festejo de estas características, sino que además tuvieron un gran ausente: el pueblo. El pueblo en las calles como sujeto histórico protagónico del evento nacional; el pueblo con su jolgorio, su alegría, sus tradiciones y costumbres autóctonas; el pueblo celebrando su independencia, su autonomía, su libertad. Pero quizás ese pueblo estuvo ausente porque no existe tal alegría y la libertad es tan sólo formal, no de hecho.

Las comparaciones suelen ser incómodas y muchas veces no conducen a ninguna parte, pero si recordamos los festejos del Bicentenario de la Revolución de Mayo durante el año 2010, el cuadro era muy distinto. En este 2016, los desfiles estuvieron organizados y protagonizados por la oligarquía nacional, los aplausos más efervescentes estuvieron dirigidos a las fuerzas militares y el pueblo no copó las grandes avenidas sino que se limitó a ocupar los márgenes, los pequeños callejones, esos reducidos espacios que van quedando tras la aparente derrota.

Periodistas y funcionarios intentaron construir un relato virtuoso en torno a la pluralidad de voces, en el marco de una fiesta que fue monocromática y compuesta al unísono. Hoy parece ser que otros actores han acaparado el centro de la escena política y social, mientras el pueblo calla y otorga muchas de sus conquistas.

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