Los obstáculos del periodismo en la era digital

por Laura Verdile

Vivimos inmersos en la era de la digitalización, en un mundo globalizado en el que los avances tecnológicos se desarrollan vertiginosamente a nuestro alrededor y en donde lo que hoy es novedoso mañana no será más que un recuerdo. En este contexto de actualización constante y de progreso permanente la inventiva se concentra en crear una sociedad interconectada y en optimizar el cumplimiento de las tareas diarias. En lograr siempre más, más rápido y mejor. Y si bien la tecnología ha generado un impacto en múltiples órdenes de nuestra vida, quizás la circulación de la información sea uno de los aspectos que más ha sufrido las consecuencias de las modificaciones descontroladas que se han producido en los últimos tiempos.

Adaptarse o morir

El crecimiento desmesurado del ciberespacio trajo consigo el desarrollo de nuevas formas de comunicación distintas de las tradicionales. La difusión de los medios digitales abrió un abanico de posibilidades a la hora de elaborar los contenidos, ofreciendo opciones que van desde la combinación de texto, sonido e imagen que caracteriza a la multimedialidad, hasta los beneficios de la hipertextualidad, que con un solo clic nos deja recorrer la red infinita que constituye la web. Para los medios periodísticos, los ritmos y las restricciones temporales dejaron de ser un problema. Ahora la actualización en tiempo real es la nueva costumbre pero también la nueva regla. Todos estos cambios en una cultura en la que el papel está siendo reemplazado progresivamente por la pantalla generaron forzosamente la reestructuración de las instituciones mediáticas. Una reinvención que a su vez se vio potenciada por la explosión de la conectividad inalámbrica de los dispositivos móviles, la cual permite consumir constantemente toda clase de contenidos, incluidos los periodísticos.

La digitalización trajo, a pesar de sus ventajas, un panorama gris para muchos medios tradicionales. Con el paso del tiempo, numerosos diarios y revistas alrededor del mundo vieron sus ventas disminuidas, se encontraron obligados a despedir a muchos de sus empleados y hubo algunos que hasta debieron declararse insolventes, como fue el caso de la revista británica Reader’s Digest, cuya edición estadounidense ya había entrado en quiebra en el 2009. Según un estudio realizado por el proyecto de Excelencia en Periodismo del Pew Research Center, en Estados Unidos el 46% de la población prefiere leer las noticias en Internet, lo que generó que en el 2011 se destinara por primera vez mayor dinero a la publicidad online que a los avisos publicados en papel. En definitiva, la única manera de sobrevivir a esta nueva era en la que las primicias se encuentran inevitablemente en la web parece ser priorizar la plataforma digital y poner en segundo plano al periódico que, a pesar de estar atravesando un momento de crisis, aún no ha perdido su pelea.

La “infoxicación”

Pero la adaptación de los medios a la digitalización debe contemplar nuevos desafíos. Gracias a la nueva gama de posibilidades que trae Internet, ahora el usuario tiene un papel primordial en la elaboración de los contenidos, lo que llevó a la colectivización del saber e incluso a la redefinición del rol del periodista. El ciudadano puede informar e incluso crear corrientes de opinión a través de blogs y redes sociales, sin la necesidad de tener un título profesional. Y es que en el planeta superpoblado que conforma la web, las personas desde el anonimato pueden ser tan creativas como se les ocurra. Sin límites.

Los datos se reproducen con una rapidez sin precedentes, lo que genera como consecuencia la “infoxicación”, nombre con el que se conoce en la jerga cibernética a la sobreabundancia informativa. Un exceso de contenidos que no podemos abarcar y que hace que sea cada vez más difícil distinguir entre aquello que es verdadero de lo que pueden resultar distorsiones o falsedades. Esta situación complejiza la tarea periodística, dificulta la verificación de las fuentes y atenta contra la credibilidad de los medios.

La necesidad de estar al orden del día con las exigencias de la web genera la pretensión por parte de los medios digitales de actualizar la información de una manera constante y a una velocidad creciente, lo que excede muchas veces los controles de calidad y editoriales siendo mucho más fácil incurrir en errores tales como la publicación de noticias cuya fuente no fue debidamente verificada. Las redes sociales se han convertido prácticamente en agencias periodísticas cuya fragilidad fue puesta en evidencia más de una vez.

Entre los casos más conocidos está el del italiano Tommasso Debenedetti que difundió falsamente la muerte de personalidades como Fidel Castro o el Papa a través de una cuenta en Twitter bajo el nombre de John le Carré, reconocido maestro de espionaje. El verdadero le Carré cuenta con 2500 seguidores, entre ellos periodistas pertenecientes a grandes títulos internacionales, por lo que las noticias inventadas de Debenedetti fueron rápidamente difundidas por una gran cantidad de medios alrededor del mundo.

El twittero italiano desmintió la información pero puso de manifiesto el peligro de la circulación de noticias ficticias en las redes sociales que se difunden a velocidades impensadas, situación que actúa en detrimento del contrato tácito entre los medios y la audiencia, a través del cual se nos garantiza información que idealmente se supone verdadera.

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