¿Por qué “feminismo” no es una mala palabra?

por Laura Verdile

Las recientes declaraciones de Araceli Gónzalez sobre el feminismo pusieron nuevamente en el centro de la escena mediática la desinformación que circula a la hora de referirse a los movimientos de mujeres. No es la primera vez que un personaje de la esfera pública busca desvincularse de la palabra “feminista” al ser interpelado al respecto. ¿Por qué tanto rechazo hacia el término? 



En el último tiempo, el feminismo se hizo cada vez más presente en la agenda social y mediática, lo que no necesariamente implicó una cobertura periodística responsable por parte de los principales medios de comunicación. A pesar del trabajo activo y de la denuncia constante de las violencias que miles de mujeres sufren a diario, el movimiento continúa siendo estigmatizado, al punto tal que la palabra “feminista” se convirtió en una etiqueta que parece causar rechazo e indignación. Un término del que muchas figuras públicas se apuran en despegarse en cuanto se les pregunta superficialmente por el tema en el marco de una entrevista.

A pesar del trabajo activo y de la denuncia constante de las violencias que miles de mujeres sufren a diario, el movimiento continúa siendo estigmatizado, al punto tal que la palabra “feminista” se convirtió en una etiqueta que parece causar rechazo e indignación

“Yo no soy feminista; las respeto muchísimo, pero tengo un hijo varón precioso y un marido hermoso y respeto mucho a los hombres también”, dijo Araceli González, en un móvil para el programa de espectáculos Intrusos. La frase contiene uno de los errores más comunes que se reproducen a la hora de hablar de feminismo: creer que este último encierra un supuesto odio a los hombres, constituyéndose así en un movimiento violento y revanchista que busca destruir todo lo relacionado con el género masculino. Una creencia que demostró estar fuertemente arraigada a partir de las declaraciones de otras mujeres reconocidas en la esfera pública.

“No soy tan feminista, que puedo sola con todo, me gusta tener un hombre al lado, me hace bien y me potencia. Cuando estoy enamorada todo se me hace fácil”, comentó la modelo y conductora Carolina “Pampita” Ardohain, cuando, en octubre de 2017, fue invitada al programa de Los Ángeles de la Mañana, emitido por Canal 13. Poco tiempo atrás, la cantante y actriz, Mariana “Lali” Espósito se había expresado en la misma dirección: “No soy feminista porque sería tan grave como ser machista”, afirmó en una entrevista para la revista Gente, a partir de la pregunta: “¿Cuál es tu aporte a este nuevo poder femenino?”.


Foto: Gustavo Yuste


El feminismo es un movimiento heterogéneo que, a lo largo de la historia, se fue nutriendo de múltiples miradas y teorías que giran alrededor de un núcleo común: la lucha por visibilizar las desigualdades que oprimen a las mujeres y el cuestionamiento de los sentidos naturalizados al interior de las relaciones de dominación. No busca invertir los términos del sexismo para subordinar al varón, sino construir una sociedad en la que el género no habilite la discriminación y la violencia, garantizando derechos que son vulnerados e ignorados por el Estado. Por el contrario, el machismo es un sistema de creencias y valores traducidos en prácticas sociales e institucionales que concibe a las mujeres como inferiores por su condición de género.

¿Qué es lo que lleva, entonces, a seguir confundiendo –  ya sea de forma intencional o inocente – el concepto? ¿Por qué se continúa demonizando un movimiento que busca la liberación y que a lo largo del tiempo permitió conquistas que en otras épocas hubieran sido inimaginables?

Ser feminista no es una suerte de machismo “invertido”, ni tampoco es incompatible con el hecho de formar una pareja con un varón o tener hijos varones. No implica llevar adelante una “guerra contra los hombres”, como a veces se suele decir, sino desarmar la cadena de opresiones que las mujeres sufren desde hace siglos. ¿Qué es lo que lleva, entonces, a seguir confundiendo –  ya sea de forma intencional o inocente – el concepto? ¿Por qué se continúa demonizando un movimiento que busca la liberación y que a lo largo del tiempo permitió conquistas que en otras épocas hubieran sido inimaginables? ¿Por qué “feminismo” parece ser, para muchos, una mala palabra?

(Leer nota relacionada: 5 errores comunes sobre el feminismo)


Foto: China Díaz


Declaraciones como las de Araceli González, Pampita y Lali Espósito ponen en el centro del escenario un debate urgente y permiten hablar sobre una problemática que amplios sectores de la sociedad continúan considerando ajena. Sin embargo, la agresión hacia quienes muestra desinformación sobre el feminismo no es la forma de concientizar sobre las violencia de género. Que aún siga existiendo confusión respecto a la esencia del movimiento y que este cargue con un estigma que parece estar lejos de desaparecer es también responsabilidad del periodismo. Ante estos casos, los principales medios masivos de comunicación se limitan a reproducir comentarios y alimentar la polémica sin aportar una visión crítica que interpele no sólo a los famosos, sino también al resto de la sociedad.

Que aún siga existiendo confusión respecto a la esencia del movimiento y que este cargue con un estigma que parece estar lejos de desaparecer es también responsabilidad del periodismo.

Pero además, el rol mediático juega también su parte al momento de reproducir los lugares comunes sobre los que se basa el machismo. Esto incluye la interminable sucesión de imágenes de cuerpos cosificados, delimitados por estereotipos de belleza y diseñados para el placer del hombre; la exhibición del amor romántico heterosexual y la maternidad como metas últimas de la mujer; el tratamiento erróneo de los casos de violencia de género, con víctimas culpabilizadas y puestas en duda en los titulares. En general, los reclamos del feminismo no tienen un lugar de peso en la agenda mediática y las movilizaciones son cubiertas haciendo énfasis en los pocos casos de destrozos o paredes pintadas.


Foto: Gustavo Yuste


De este modo, la falta de perspectiva de género y la invisibilización de muchas otras formas de violencia hacia las mujeres, que actualmente no tienen espacio en los medios, hace así del feminismo una figura confusa y, para muchos, molesta. Sin información, ni voces que puedan aportar profundidad al debate, se continúa eludiendo un concepto clave para comprender la complejidad del problema: la raíz cultural en la que está arraigada el machismo y la base estructural sobre la que se constituye toda violencia contra la mujer.

Sin información, ni voces que puedan aportar profundidad al debate, se continúa eludiendo un concepto clave para comprender la complejidad del problema: la raíz cultural en la que está arraigada el machismo y base estructural sobre la que se constituye toda violencia contra la mujer.

Dar centralidad a este hecho, a menudo omitido por el periodismo, es un paso fundamental para dar a los reclamos el lugar que se merecen y tomar acciones en la búsqueda de la justicia y la igualdad de género. Solo mediante un enfoque adecuado, que no banalice la problemática, ni deslegitime al feminismo, se podrá tomar verdadera consciencia de las patrones que perpetúan las relaciones de poder para finalmente desarmarlos.


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