Yo también quiero estar en cuero

por Laura Verdile

Llega el verano y con él un reclamo del feminismo que se instaló en la agenda pública: el derecho de las mujeres a descubrir el torso en igualdad con los varones y el fin de la cosificación de los cuerpos. A casi un año del “tetazo” que se replicó en varias ciudades del país y de las reacciones estigmatizantes que se desencadenaron, cabe preguntarse: ¿cuál es el trasfondo del reclamo? ¿Por qué la indignación social y mediática? (Foto de portada: China Diaz)


Marina suele pasar sus vacaciones en Necochea. A fines de enero de 2017, bajó a la playa sin corpiño, como todos los años. “Nunca nadie me había dicho nada”, diría después. Todo empezó cuando Fernanda, su pareja, hizo lo mismo. Un hombre que se encontraba allí comenzó a gritar y fue sumando otras voces entre la muchedumbre. “Putas, tortas, tortilleras, pervertidas”, se escuchó. Alguien llamó al 911 para denunciar que dos mujeres tomaban sol “con las tetas al aire” y así fue como un injustificado operativo de seis patrulleros y veinte policías acudió sin demoras.

“Putas, tortas, tortilleras, pervertidas”, se escuchó. Alguien llamó al 911 para denunciar que dos mujeres tomaban sol “con las tetas al aire” y así fue como un injustificado operativo de seis patrulleros y veinte policías acudió sin demoras.

Susana, la madre de Marina, se solidarizó, se sacó el corpiño y les dijo a los policías que tenían tanto derecho como los varones de estar en el lugar con el torso descubierto. “Esto es simple, o se visten o las tenemos que llevar presos. No te estoy amenazando, te estoy diciendo que si tengo que volver a venir, te pongo los ganchos y te llevo a la comisaría”, sentenció una de las agentes de acuerdo al video que registró una mujer con su celular. Ya se habían cubierto, pero ellos decían responder a las denuncias.

Al final, las chicas decidieron irse, entre aplausos de gente que avaló el accionar machista y represivo de la policía, pero también gritos de apoyo que lo repudiaban. Marina recibió amenazas por redes sociales: “Me dicen que me van a violar, a cortar las tetas”, había expresado la joven a Tiempo Argentino. Las agresiones demuestran, una vez más, la reacción violenta de una sociedad que sale a la superficie cada vez que la mujer se atreve a romper con el sentido común patriarcal.


Foto: Gustavo Yuste


Unos días después, cientos de mujeres autoconvocadas, apoyadas por organizaciones feministas, sociales y políticas realizaron un “tetazo” en el centro porteño, que se replicó en varias ciudades del país, como Rosario, Mar del Plata, La Plata y Córdoba, para reclamar igualdad de derechos y visibilizar la cosificación del cuerpo femenino. “La única teta que molesta es la que no se puede comprar”, afirmaba la consigna. Las reacciones estigmatizantes fueron inmediatas, como la convocatoria publicada por Facebook para un “chotazo”, en la que se hacía una falsa operación de equivalencia entre las tetas y los genitales, deslegitimando la movilización y burlándose de ella.

La diferencia que existe entre los pezones de las mujeres y los hombres es parte de una cadena de disciplinamientos que tiene su base en la construcción del cuerpo femenino como un objeto reservado exclusivamente para el placer del varón.

El tetazo fue parte de otro paso hacia la desnaturalización del sentido común machista y, como tal, desencadenó el ataque de una sociedad arraigada en parámetros construidos sobre siglos de opresión. Así, la diferencia que existe entre los pezones de las mujeres y los hombres es parte de una cadena de disciplinamientos que tiene su base en la construcción del cuerpo femenino como un objeto reservado exclusivamente para el placer del varón. La censura no es otra cosa, entonces, que el resultado de mandatos culturales que no ven nada de malo en el topless y la semidesnudez cuando se trata de cuerpos delimitados por los estereotipos de belleza: delgados, jóvenes y generalmente blancos, aplaudidos cuando son parte de la espectacularidad mediática y publicitaria que los cosifica.

De esta forma, la discusión por tener el mismo derecho que los varones a no cubrirse el torso evidenció la lectura diferencial de los cuerpos: la “obscenidad” a la que tanto aludían los denunciantes en la playa de Necochea es parte de una construcción que inevitablemente varía según de quien se trate. No es casual que muchos de los comentarios de quienes se encontraban presentes y de los que se reprodujeron posteriormente en las redes sociales agredieran a las mujeres por su orientación sexual y por sus características físicas.

(Leer nota relacionada: No llego al verano: desterrar los ideales de belleza)


Foto: Gustavo Yuste


Los límites impuestos al cuerpo tienen entonces una configuración histórica ineludible, siempre basada en la voluntad machista que acepta que las mujeres puedan mostrarse en todos aquellos ámbitos en los que las tetas sean objetos pasibles de ser vendidos o erotizados. Solo en esos espacios, dispuestos por y para el hombre, sacarse el corpiño no es una contravención. La moral, “resguardada” por códigos vigentes desde la década del ’70, se constituyó sobre estas estructuras que no conciben la posibilidad de que las mujeres tomen decisiones sobre sus propios cuerpos.

Tanto es el rechazo a esta autonomía y a este gesto que reafirma la desnaturalización de lo que se creía inamovible que la indignación social parece ser más grande que las violencias cotidianas que sufren las mujeres. Y el desmedido operativo de seis patrulleros y veinte policías que acudieron ese día de enero a Necochea no hizo otra cosa que confirmarlo y dar una pequeña muestra de cómo las prioridades y los recursos estatales son muy distintas a la hora de disciplinar en lugar de proteger.

Los límites impuestos al cuerpo tienen entonces una configuración histórica ineludible, siempre basada en la voluntad machista que acepta que las mujeres puedan mostrarse en todos aquellos ámbitos en los que las tetas sean objetos pasibles de ser vendidos o erotizados.

Mario Juliano, el juez de ferias que tuvo a su cargo las actuaciones policiales del operativo contra el topless de Necochea, no sólo archivó el caso y desestimó la denuncia, sino que también reclamó formalmente a la legislatura bonaerense, la reforma del Código de Faltas publicado en marzo de 1973, considerándolo “una verdadera rémora autoritaria“. “Los bonaerenses nos merecemos contar con una herramienta legal adecuada a una sociedad moderna, que contribuya a la convivencia y el uso igualitario de los espacios públicos“, agregó en una declaración publicada en Cosecha Roja.

Al contrario de lo que plantearon las críticas a la convocatoria, y la burla mediática y social que continúa estigmatizando y condenando al movimiento feminista, el tetazo fue parte de otro avance necesario en el cuestionamiento del sentido común. Desarmar la cadena de violencias implica también retomar la voluntad sobre nuestros cuerpos y desnaturalizar la censura impuesta sobre la base de mandatos culturales que el machismo pretende inamovibles.


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