Selva Almada, Lucrecia Martel y la potencia de las imágenes detrás de una película

por Gustavo Yuste

El libro El mono en el remolino (Random House, 2017) de Selva Almada es una fuerte demostración del poder de la palabra, pudiendo competir de igual a igual a los films y todas sus herramientas. A través del estilo particular de la escritora, una de las más leídas de la actualidad, el realismo, la crónica y la poesía se entremezclan para mostrar el otro lado del rodaje de la esperada película Zama de Lucrecia Martel.



Por fuera de los trucos de marketing que pueden impulsar la salida de un nuevo libro al mercado, la reciente publicación de El mono en el remolino (Random House, 2017) de Selva Almada es un hallazgo que merece ser celebrado. A través de las anotaciones que fue llevando la autora, invitada por la producción a presenciar la adaptación de la novela de Antonio Di Benedetto, se puede ver el costado humano y poético que se esconde detrás de la realización de una película.

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Llevar adelante una tarea tan particular, sobre todo por su poco poder de catalogación dentro del mercado editorial actual, se ve facilitado por el tono tan personal que llevó a Almada a ubicar un lugar central dentro de la escena literaria contemporánea. Con un registro cercano a la crónica, la autora dialoga constantemente entre un realismo puro y la poesía que se esconde en sus descripciones y metáforas.

Con un registro cercano a la crónica, la autora dialoga constantemente entre un realismo puro y la poesía que se esconde en sus descripciones y metáforas.

En esa misma dirección, se lee, por ejemplo: “Padre, madre, hijos y nietos, gente de todas las edades y de la misma sangre, se sientan en la galería, hacen fuego en el piso, calientan agua y se pasan horas enteras tomando mate. Observan de lejos al equipo de Zama, las escenas que se filman en el exterior, los movimientos del set como si eso fuera la película que, de todos modos, nunca van a ver”. 


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Al igual que sucede en obras previas de Selva Almada, la aparición de la denuncia social y la realidad de sectores de la población marginados de los relatos oficiales, tiene una presencia notoria a lo largo de El mono en el remolino. Realidades propias de los Qom -población que sirvió para nutrir el casting de Zama- contadas por sus protagonistas en primera persona o traídas al lector a través de lo relatado por la autora, atrapan de forma magnética de principio a fin en este breve libro.

Chicas Muertas LSF

Como no podía ser de otra manera, el intercambio entre los pueblos originarios de la región y el equipo de producción -incluida la propia Lucrecia Martel- deja escenas llenas de humor y reflexión: “¡Pero ustedes no cultivan, no crían gallinas!. Ahí nomás, en un pedacito de tierra que tengas, podés hacer un montón de cosas y por lo menos van a tener para comer todos los días, ¿o no? Los muchachos se miran, sonríen y no le contestan. Los qom son pescadores y recolectores. No saben plantar”.

Al igual que sucede en obras previas de Selva Almada, la aparición de la denuncia social y la realidad de sectores de la población marginados de los relatos oficiales, tiene una presencia notoria a lo largo de El mono en el remolino.

Otros fragmentos, como dijimos anteriormente, cargan con una potencia poética que incluso es difícil de encontrar en muchos poetas contemporáneos. Almada logra, quizás sin proponérselo, ofrecer imágenes tan precisas y reales que no tienen nada que envidiar a una película. Sobre un par de gemelos que actuan en Zama, escribe: “Son exáctamente iguales, pero uno tiene una cicatriz en la mejilla. Un balazo, en una pelea”. O sobre las dificultades para registrar la voz de una anciana, señala que ésta “es tan débil que el sonidista tiene que ingeniárselas para poder registrarla, para captar ese hilo fino, sutil, casi invisible como el hilo de una araña”.

Gracias a su breve extensión, así como también la fluidez narrativa a la que Selva Almada nos tiene acostumbrados, El mono en el remolino es un libro que merece ser leído incluso sin haber leído la novela de Di Benedetto o no se tengan intenciones de ver la producción de Lucrecia Martel. Sin embargo, después de dejarse penetrar por las descripciones de Almada, es muy difícil que no pique el bicho de la curiosidad con respecto a Zama en cualquiera de sus formatos.


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