El oficio del poeta (en los tiempos del cólera)

por Alejandra M. Zani

Hace unos días visité Plaza Francia y tuve el agrado de conocer a María, una poeta de 23 años que ofrecía sus libros de poemas a colaboración del público. Acepté uno, lo ojeé y encontré entre sus páginas el encanto postmoderno. ¿Por qué no lees en público?, le pregunté. Me contestó que ya nadie podía prestar atención a alguien que le leyera una poesía si ésta no hubiera sido antes recomendada por la crítica. Su respuesta, en resumen, me pareció tan acertada como indicativa de nuestra época. Estamos en un momento de “suspensión del acto público de leer poesía”, y como tal, surgen nuevos tiempos y espacios para abarcar este terreno tan antiguo y tradicional en Argentina: el terreno literario.

La organización del tiempo y el espacio actual es sumamente novedosa y atraviesa todos los campos sociales: todo debe ser fugaz, todo debe eternizarse en el instante-presente o morir en el intento, y lo mismo sucede con la poesía. Es una organización racional totalitaria: “tenés quince minutos para leer tres poesías, no más”. Lejos quedaron las viejas rimas y métricas -¿qué es eso?- que dieron paso a los ritmos fogosos, a las poesías en movimiento que llaman nuestra atención en presencia, pero sólo a veces perduran más allá del azaroso instante-segundo en el que son leídas. Sólo algunas quedan en el recuerdo de su sensibilidad encarnada. Los que logran hacer esto son los “genios-poetas” (retomando la categoría del moderno “genio” kantiano), que logran tocar con las palabras una subjetividad tan profunda que llega a ser universalizada (incumbe a todos los sujetos) y eternizada en el tiempo y el espacio: atraviesa a todas las generaciones presentes y futuras.

Pero el arte (y en particular la forma que aquí nos ocupa, la poesía) está lejos de su muerte. Cuando Friedrich Hegel o George Steiner planteaban la muerte del arte o de la tragedia, no estaban sepultándolas bajo la tierra, sino avistando que se dejaba atrás un pasado artístico y se daba lugar a una nueva forma de hacer arte. Así, la poesía volvió a ganar su lugar en nuevos recovecos de una ciudad de artistas que lejos de estar muertos, crean –y por lo tanto dan vida– a nuevas formas resignificadas de bellezas (a veces tan cruentas que rozan la fealdad). Sé que estas expresiones suenan demasiado abstractas: “ser, entender, hacer arte”. Todas forman parte de una cosmovisión mayor y totalitaria de nuestro presente histórico: la “cárcel contemporánea” que nos encierra en una forma particular de comprender el mundo que nos rodea. La desacralización del arte, la pérdida del aura, por lo tanto, ha creado nuevas mitologías para rellenar los viejos vacíos del arte como pretensión de absolutismo religioso: hoy se muestra el porteñismo y el antiporteñismo, el realismo más crudo –prostitución, drogadicción, pobreza– que aparece casi como un espejismo conceptual de lo que es real –si es aún que podemos afirmar que existe lo real–, y ese es el emblema postmoderno o posthistórico.

Me atrevo a decir que estamos en una transición hacia un nuevo paradigma artístico. Es hora de rever la pregunta de Arthur Danto: “¿Qué pasa con el arte después de la muerte del arte?”. Estamos, como él lo expone, en un momento de “arte posthistórico”: la filosofía emerge como la suprema analista de las obras de arte. El peligro de nuestro tiempo es convertirnos todos (artistas y no artistas, estudiosos del arte y no, especializados o no) en “críticos de arte”. El arte, los artistas y el público están tan aturdidos que nuestro mayor desafío es poder “descontaminarlos” de las opiniones y la sobreinformación que sobre ellos circula. Y no es una crítica a los especialistas que ayudan a ordenar el espectro artístico, sino un llamado de atención para separar al artista de los que escriben sobre él y sus obras: separar el hacer artístico del simple “hablar sobre” el arte. De lo contrario, corremos el peligro de entender una obra como tal sólo cuando la crítica de un experto señala lo que es o debe ser arte. El único arte que muere, es el que no es reconocido.

Cada vez más aumenta la preocupación racional por el arte, pero cada vez menos se lo vive encarnado. La mayor amenaza de nuestra época radica en no poder percibir ese “destino” que esconden las obras, las poesías, la música: su nueva mitología, su nueva intención de verdad sagrada, su nueva aura o lo que nos está queriendo revelar acerca del mundo. Es contra éste peligro que debemos reaccionar. Tenemos que dar un paso adelante y comenzar a prestar más atención a los circuitos alternativos donde jóvenes con toda clase de sueños se animan a pararse de pie frente a una multitud desatenta y fugaz, y leer una poesía que pretende encarnarse en sus cuerpos hasta la eternidad y permanecer para siempre en su recuerdo emocional.

 

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