Una casa en el fin del mundo: ni muy, ni tan

por Alejandra M. Zani

La película “Una casa en el fin del mundo” está basada en una adaptación del libro de Michael Cunningham, ganador del premio Pulitzer en 1999 por su novela “Las Horas” y guionista del film. Apenas empieza la trama, el espectador queda sumergido en ella: drogas, anarquía, sexo libre, hedonismo, psicodelia y nuevas formas de pensar al amor. Con ese comienzo, la película promete llevarte hasta lo nunca antes visto. Pero no es así. A medida que avanza, cae en un guión vacío e improvisado, y se van escuchando todas esas frases repetidas del sentido común que tanto conocemos: “sólo es amor, hermano”. Temas como la identidad sexual de los personajes y el SIDA son tratados de modo residual en la trama que, de a poco, va perdiendo su argumento y responsabilidad.

La película se centra en una extraña relación entre Bobby (Colin Farell, que en su pobre interpretación parece incómodo con su personaje y se limita a vestir una media sonrisa), un joven que perdió a todos sus familiares, y Jonathan (Dallas Roberts), hijo único de la familia que acoge al primero. Ambos se emprenden en una relación donde la amistad y el amor se confunden y Jonathan decide mudarse a Nueva York por un tiempo para olvidarse de sus inseguridades. Pero esto no sucede, y después de varios años, Bobby se muda con él, abriendo nuevas opciones. Es en la gran ciudad donde conocen a Clare (Robin WrightPenn), una mujer de casi cuarenta años que parece ser la nueva Janis Joplin de la época, pero termina convertida en un personaje convencional que lo único que tiene de innovador es su cabello colorado. Bobby se enamora de ella y tienen una hija, pero la vieja pasión entre Jonathan y él revive al convivir juntos en la nueva casa, y deciden darle una oportunidad a la vida los tres juntos: una parodia al poliamor.

La historia no logra explicar bien por qué la mujer abandona a los hombres cuando habían logrado construir un hogar en el que dos padres no eran multitud y donde los tres parecían convivir armónicamente en el cuidado de la niña. El espectador queda confundido al no poder articular una historia que debería conmoverlo, pero que en ningún momento lo logra. La película que podría haber sido una gran generadora de conciencia acerca de formas alternativas de vida, de nuevas miradas sobre el amor y la familia, sobre el padecimiento del SIDA y la discriminación, queda reducida a una narración que divaga sobre sí misma y no logra concretarse en una historia coherente ni dar fuerza a sus personajes, fracasando en la llegada al espectador y cayendo en la salida fácil y más obvia: la vaguedad de los personajes convencionales y los problemas cotidianos, mirados desde una perspectiva para nada original.

Dirección: Michael Mayer.

País: USA.

Año: 2004.

Duración: 96 min.

Género: Drama.

Interpretación: Colin Farrell (Bobby Morrow), Robin Wright Penn (Clare), Dallas Roberts (Jonathan Glover), Sissy Spacek (Alice Glover), Wendy Crewson (Isabel Morrow), Ryan Donowho (Carlton Morrow), Asia Vieira (Emily), Jeffrey Authors (Frank), Ron Lea (Burt Morrow), Matt Frewer (Ned Glover), Barna Moricz (Wes), Joshua Close (Reiner).

Guión: Michael Cunningham; basado en su novela.

Producción: Tom Hulce, Christine Vachon, Katie Roumel, Pamela Koffler, John Wells, John N. Hart Jr. y Jeffrey Sharp.

 

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