Dos culturas, una calle

por Facundo Pérez Taboada

Volante: “Atrás de algunos farolitos hay mucha oscuridad…”

Mendoza al 1900. Los árboles trepan alto. La competencia por la luz de la tarde hace que sus ramas se retuerzan en todas las direcciones. Aún más alto, trepan contrincantes contra las que no pueden competir: las torres del bajo Belgrano. Olvidadas, a la sombra de ellos, reposan las tradicionales casonas que representan lo más auténtico del barrio.

La vía del tren marca un corte. Cuando la cruzo me encuentro con que al 1800 comienza otra cosa. Los árboles y las torres desaparecen para dar lugar a restaurantes, salones de belleza, supermercados, regalerías, puestos de venta de comida a la calle y templos. Todos ellos tienen carteles que no puedo leer. En la regalería la muñeca de una geisha convive con Barbie, Mickey, Hello Kitty y Buda. En la esquina de Arribeños, un hombre me ofrece tratamientos de auriculoterapia, digitopuntura y reflexología. Al lado, venden algo parecido a una brochette pero de frituras.

La diversidad, los colores, los extraños olores y los sonidos de palabras que no comprendo me seducen. Los farolitos de colores me enceguecen. Cuando estoy a punto de convencerme de que en estas cuadras de la calle Mendoza no hay nada de Belgrano, una voz lejana me llama la atención. Parece alguien hablando por un alto parlante. Cruzo a la vereda de enfrente y me doy cuenta de que es una grabación. Camino un poco más y ahí está. Una gran casa de arquitectura colonial que oficia de sede de la Asociación Civil Vecinos de Belgrano. Junto a una de sus puertas un agujero en la enredadera devela una pantalla de televisión. Sí, una pantalla de televisión incrustada en el frente de una casa. De ahí proviene la voz misteriosa. La pantalla repite una noticia vieja, una y otra vez. Tras denuncias de los vecinos se revisó un depósito ilegal sobre la calle Mendoza y se encontraron toneladas de alimentos, muchos de los cuales estaban vencidos. Abajo, un pequeño cartel explica: “Estás viendo Telefe Noticias (negocios turbios y corrupción)”.

Parece que lo vecinos occidentales del barrio vienen teniendo problemas con los orientales desde hace rato. Se quejan de que los locales de venta de productos asiáticos no respetan las regulaciones del gobierno de la ciudad. Que venden productos vencidos o de procedencia dudosa. Que almacenan y manipulan alimentos de forma antihigiénica. Que no están habilitados o poseen habilitaciones fraudulentas. Que construyen de forma ilegal. Que tienen depósitos que también son ilegales. Que talan árboles sin permiso. Que cierran los locales cuando aparece un inspector. Que corrompen a funcionarios públicos. Que amenazan y golpean a los vecinos que denuncian irregularidades. Que forman parte de una mafia.

A los chinitos (que, en realidad, son en su mayoría taiwaneses) no les logro sacar mucho. Entro a Asia Oriental, un gran supermercado que queda justo al lado de la asociación de vecinos, y merodeo en busca de gente de ojos rasgados que me quiera contar un poco sobre el problema. Es alucinante caminar entre góndolas repletas de productos envasados y no poder reconocer ni uno. Latas y latas de productos importados escritos en chino (o tal vez en algún otro idioma). Latas que no comprendo qué tienen, aunque tengan dibujos de su contenido. En el fondo está la sección de pescados, mejor surtida que cualquier pescadería que haya visto antes. A la izquierda, la sección de verdulería. Mezcladas con las frutas y verduras que comemos los argentinos habitualmente hay otras rarísimas. Jamás me imaginé que hubiera tantos tipos diferentes de pepinos.

Finalmente, dejo de observar los productos y me dirijo a un chinito medio bronceado que está cortando un salmón enorme.

– Hola, me llamó la atención la noticia que pasan en la pantalla que instalaron en la entrada de la asociación vecinal de acá al lado. En la nota que transmiten se acusa a los comerciantes orientales de vender productos en mal estado. Los pescados parece que están bárbaros. ¿Vos sabés cómo se originó toda esta rivalidad entre los vecinos?

–No, mirá, yo laburo acá pero no se mucho del tema porque soy peruano.

Le pido disculpas. Uno que está ahí cerca reponiendo unos cangrejos se da cuenta de que me siento medio avergonzado y se caga de risa. Después se pone un poco más serio y me dice que lo único que ellos quieren es trabajar, pero que los vecinos argentinos los discriminan porque les molesta que la zona se haya vuelto más comercial en los últimos años. Suena sincero, le creo.

En la puerta del supermercado hay un camión descargando mercaderías. Se armó una fila larga de autos y no paran de sonar las bocinas. Cuatro “chinos” bajan decenas de cajas de forma apresurada y las apilan en la vereda. Unos cuantos bocinazos más tarde, el camión vuelve a arrancar y parte. Comprendo por qué a los viejos que vivieron toda la vida en un barrio residencial tranquilo les molesta que los asiáticos hayan instalado sus locales en la zona. Me pregunto si me caerá muy mal comer uno de esos palitos con frituras clavadas. Compro uno y me lo como mientras vuelvo a cruzar la vía.

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