Como si pasara un tren: ¿Cuál es tu mayor deseo en la vida?

por Alejandra M. Zani

Como si pasara un tren, obra escrita y producida por Lorena Romanin, es una comedia dramática (aunque los límites del género la ajusten y la aprieten) que transita la vida contemporánea con sus problemáticas clásicas: desde el temor a quedarse solos y el amor hiperprotector de una madre hasta las ilusiones más comunes de dos jóvenes que contemplan el presente con pasión y el futuro como un impredecible devenir de sueños por cumplir. El guión es sencillo y real, y en toda su simpleza, logra ahondar en las emociones más profundas del lado más humano de la vida. Es un diálogo que fluye, mundano y cotidiano, que se centra en las relaciones entre los personajes y que invita al espectador a formar parte de la escena, a cobrar vida en cada verbo que corta el aire y a reconocerse en cada charla, casi esperando recibir el mate de la tarde que los actores ceban.

 

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En el escenario, un tren comienza a moverse como el motor de un deseo que en algún momento ha de frenarse. Juan Ignacio (Guido Botto Fiora) se sienta en el suelo y mira el tren de juguete que pasa una y otra vez ante sus ojos, metáfora de una vida que se le escapa de las manos. Él es un adolescente que padece de un retraso madurativo, un niño en el cuerpo de un hombre que sueña y ríe lleno de ilusiones, y vive en una provincia del interior con su madre Susana (Silvia Villazur).  Ella es la encarnación de una figura de madre sobreprotectora que le transmite a su hijo todos sus temores, y con ellos, la imposibilidad de alcanzar ningún tipo de libertad. Pero aún así, él desea. Y desea con una gran pasión y profundidad. Su mayor deseo es conocer a su padre. Su segundo mayor deseo es andar en tren. La promesa de cumplir alguno de éstos es lo que conduce y da movimiento a la obra. Y esa promesa se encarna en Valeria (Luciana Grasso), la prima con aparentes problemas de drogadicción que llega de Capital Federal para pasar junto a ellos una temporada en “el campo”, y es su presencia la que representa el punto de inflexión y los quiebres de los valores clásicos de una familia tradicional.

 

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Ella representa, también, la frescura propia de la juventud, una sonrisa llena de ilusión, y el sueño de irse a Europa a viajar en tren. A través de Valeria, Juan Ignacio y Susana ven reflejados tanto sus angustias como sus más profundos deseos, y es gracias a su (casi obligada) visita que logran superar las trabas que los mantienen estáticos. Su personaje es el que rompe el equilibrio entre madre e hijo. Las tensiones que genera su irrupción en la casa, las típicas discusiones entre una madre que teme separase de su hijo y un adolescente que desea profundamente crecer y tomar distancia de su madre, y los contrastes que aún persisten entre la vida y los ritmos del campo y la ciudad, son los que organizan los diálogos que como melodías guían los pasos de la obra y atrapan a los espectadores en una danza surrealista de pasos sistemáticos que los mantiene en movimiento constante hasta el final, como si ellos mismos estuvieran allí, compartiendo las mismas charlas de siempre, las discusiones familiares en ese escenario tan habitual, y las cenas y los debates usuales de la sobremesa.

 

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La trama es sencilla, no fuerza el humor ni peca de ambiciosa o de sobreactuada, y los personajes están bien definidos y perfectamente realizados. Cada actor ocupa su preciso lugar en escena y sus acercamientos físicos son los símbolos de una conexión intensa entre los personajes. Ellos sonríen, ya no temen vivir. De a poco los nudos se aflojan, las tensiones desaparecen y el ambiente cambia. Cada mirada expresa una relación, profunda y significativa, llena de miedo e ilusión. Las preguntas que los personajes se lanzan entre ellos en un combate de interrogaciones que permanecerán sin respuesta (¿cuál es tu mayor deseo en la vida?, ¿cuándo nos volveremos a ver?, ¿alguna vez llegaremos a alcanzar nuestros sueños?) son preguntas que interpelan directamente al espectador. Cualquiera que haya tenido un deseo en la vida puede reconocerse en uno u otro de estos miedos y pasiones que los actores encarnan. No hay una advertencia moralista en la obra. Se trata, más bien, de la vida presentada en toda su crudeza y su belleza. Pero ahora, más hacia el final, ya no se habla de una vida que se mira desde afuera como si pasara un tren que se ve desde una ventana lejana y al que se añora subir. Es, más bien, un tren en el que los personajes viajan. Un tren que ellos mismos manejan y dirigen hacia el futuro.

 

Dónde verla:

“El Camarín de las Musas”, Mario Bravo 960 (TEL: 4862-0655), Jueves 21 hs.
 
Localidades $ 130. c/ descuento $ 90 jubilados y $ 65 sub 30.

En venta por alternativateatral.com

 
Ficha técnica:

Escenografía y vestuario: ISABEL GUAL

Realización escenografía: ESTUDIO WERKPLATZ

Coreografía: JUAN MANUEL BRANCA

Diseño de iluminación: DAMIAN MONZÓN

Diseño Gráfico: FERMIN VISSIO

Fotos: MALLE&DAPA

Prensa: DEBORA LACHTER COMUNICACIÓN

 

Asistente de dirección y producción: NICOLÁS SORRIVAS

Dramaturgia y dirección: LORENA ROMANIN

 

Actores:

Juan Ignacio: GUIDO BOTTO FIORA

Susana: SILVIA VILLAZUR

Valeria: LUCIANA GRASSO

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