El arte de no escuchar

por Gustavo Yuste

En la televisión argentina de los últimos tiempos se pusieron en boga los programas de debate político, ocupando lugares centrales en ciertos canales de aire contenidos que eran exclusividad de las transmisiones por cable. Ahora, ¿realmente se debate?, ¿o simplemente es una estrategia para captar el interés de un público cada vez más politizado?


Informes direccionados, invitados tendenciosos, una falsa pluralidad por colocar una voz disidente del resto de los presentes en el piso. La certeza de saber lo que piensa “la gente”, los problemas que le importan “a los argentinos”, gente habilitada para hablar de cualquier tema por más que sean periodistas deportivos, de espectáculos, conductores, entre tantas otras cosas. Un locutor pone voz en off graciosa para lo que después anuncian como algo “serio”, “grave”, “urgente”. Debates bajo la lógica del minuto a minuto. ¿Qué queda en limpio de todo eso?

Informes direccionados, invitados tendenciosos, una falsa pluralidad por colocar una voz disidente del resto de los presentes en el piso. La certeza de saber lo que piensa “la gente”, los problemas que le importan “a los argentinos”, gente habilitada para hablar de cualquier tema

Programas como Intratables, El diario de Mariana y, en menor medida, Intrusos, volcaron su contenido a temas de actualidad que antes sólo se veían en noticieros, algo impensado hace pocos años atrás. Lo cierto es que la política abandonó el viejo claustro de lo sucio y corrupto que se ganó por mérito propio en el 2001 y volvió a ser el centro de discusión. Ahora parece normal que en un mismo programa se hable de la vida de Maradona, la inflación, el narcotráfico y la operación de busto de alguna vedette. La rigurosidad, la seriedad, las ideas y el debate mismo, que es lo que supuestamente se busca, quedan opacados por la lógica del show y la histeria televisiva de la mejor escuela Tinellística.

Una característica en común es que todos estos programas nacieron como programas de espectáculos, lo que representa una forma de hacer televisión determinada: escándalo, discusiones estériles, gritos sobre gritos, frivolidad en abundancia. ¿Cómo trasladar eso a temas que requieren otra lógica? Lo que parece necesitar una respuesta larga, algo compleja, no es verdad. Nada cambia, todo sigue igual. Desde las artísticas hasta el contenido más estrictamente periodístico sigue siendo frívolo, intrascendente. Se puede hablar de pobreza, desempleo, inflación, códigos penales, problemas en la educación, salud, transporte, etc., con la misma liviandad y falta de profundidad que el escándalo más berreta del verano en Carlos Paz o Mar del Plata.

Los debates son un desfile de chicanas, ataques personales, datos sin fuentes ni seriedad que no terminan en nada, salvo en un conductor frenando la discusión en seco y dando su opinión, que suele ser una moraleja al estilo: “este es un tema serio que nos afecta a todos los argentinos y esperemos que pronto se solucione”. Tras todo eso, el espectador se llenó de bronca e impotencia o de dudas.

Ese mismo espectador que queda como un infante que no tiene voz propia y que tiene que agradecer que sus papás hablen por ellos desde la pantalla chica. Ese mensaje que encierra algo peligroso y dañino: la distinción social equiparada a la distinción intelectual. Como en una escalera descendente, se ubican primero los políticos y el establishment (este último que rara vez se nombra), luego los medios y por último “la gente de a pie, la que labura todos los días”; así quedan los medios como un nexo inevitable para “comprender la realidad” y facilitarle la comprensión a la gente “común”. Tal es ese prejuicio hacia sus propios televidentes que temas densos, que merecen realmente un debate, son simplificados y amputados de sus aristas más interesantes, y por lo tanto más complejas, para que el que esté viendo pueda saber qué es lo que realmente está pasando.

La versatilidad de los conductores para pasar de la cara de circunstancia cuando se habla de la inflación, por ejemplo, a pocos minutos después preguntar lo más campante sobre algún chimento, es en cierto punto admirable. Pero esa misma cualidad es la que termina deslegitimando lo anterior. ¿Cómo creer que realmente interesa debatir algo si se interrumpen discusiones o se corta en seco un tema con la promesa de “tratarlo en los próximos programas”, para pasar a un tema mucho más liviano? Sobretodo teniendo en cuenta la situación de crisis constante que estos programas venden. Frente a lo que, visto inocentemente, pueden ser buenas intenciones de intercambio de pareceres, sólo se obtienen gritos sobre gritos en algunos casos, preguntas pocas profundas en otros y la reflexión brillando por su ausencia, mientras nadie oye al otro.

Programas como 678 y Periodismo Para Todos (PPT) marcan inesperadamente la agenda televisiva, sobretodo tras la ausencia de Marcelo Tinelli en la televisión argentina.. De esos extremos intentan surgir estos programas que apuntan a una neutralidad (muchas veces insostenible, como en el caso de El diario de Mariana) que pocas veces se consigue. Así, por lo menos hay que reconocerles que han demostrado que el humano, además de poder contener el habla, la mirada y el olfato, también puede contener el sentido de la escucha.

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