El día que Alejandra Pizarnik casi pierde los originales de Rayuela

por Gustavo Yuste

Alejandra Pizarnik es quizás la poeta argentina envuelta por más mitos y misterios: su vida, sus amistades, sus amores y su muerte siempre dieron que hablar a la par que su literatura. Su obra la puso a la altura de los grandes escritores de su época, y con algunos de los cuales tuvo una relación de amistad, como es el caso de Julio Cortázar. Sin embargo, hay una anécdota que no tuvo tanta trascendencia que, de haber terminado de otra manera, podría haber causado que uno de los libros más importantes de la literatura argentina jamás se hubiera publicado: Rayuela. (Imagen: La grieta online)

Por Tamara Grosso y Gustavo Yuste


Alejandra Pizarnik y Julio Cortázar se conocieron en París en 1960, cuando ella viajó por primera vez. Desde entonces y hasta la muerte de ella, tuvieron una amistad de la que también mucho se habló: incluso algunos arriesgan que el personaje la Maga pudo haber estado inspirado en ella, algo que Cortázar mismo desmintió en cartas que explicaban que para 1960, Rayuela (Sudamericana, 1963) ya estaba escrita. Sin embargo, lo que sí está confirmado es que Alejandra estuvo a punto de perder los originales de esa mítica novela, cerca de impedir que se publicara.

(Leer nota relacionada:La vuelta a Julio Cortázar en 80 citas)

En esa dirección lo confiesan diferentes amigos de la escritora en Capítulo 4 de Memoria Iluminada dedicado a la vida y obra de Pizarnik, un documental que se emitió en el canal Encuentro: “Julio Cortázar, su gran amigo, no tenía quién le pase a máquina Rayuela”. “Para que tuviera un poco de plata, le dio Rayuela para que tipee”.

—Alejandra, ¡es Cortázar!
—No, no, decile que no estoy.

Rayuela LSF

Según detalla en el documental el poeta y artista Fernando Noy, quien fue amigo de Alejandra en esos años, ella extravió los originales en su desordenado departamento, lleno de papeles, y cuando Cortázar la llamaba para recuperarlos se negaba a atender el teléfono. “—Alejandra, ¡es Cortázar! —No, no, decile que no estoy. “Estoy buscando los originales de Rayuela y no los encuentro”. Así recrea Noy los diálogos que mantenía con la escritora mientras ella no podía encontrar la única copia de Rayuela que existía en ese momento. “Nada de su tiempo y de su vida era habitual y predecible”, explica.


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Pero entonces… Si Alejandra Pizarnik, encargada de pasar a máquina por primera vez Rayuela, perdió los papeles, ¿cómo llegó la novela a ser publicada y convertirse en el libro célebre que consagró a Cortázar y que miles y miles de lectores disfrutan hasta el día de hoy? Pizarnik finalmente halló los papeles en su departamento y se los devolvió a Julio, que quizás los pasó a máquina él mismo o encomendó la tarea a alguien más responsable.

Esta historia puede parecer otro de los mitos que rodean a la figura literaria de Pizarnik, pero son varios de sus allegados y amigos los que la relatan, y resulta verosímil cuando explican también el modo en el que la poeta vivía: según ellos dicen, todo lo “doméstico” y “terrenal”, como hacer un trámite o prepararse la comida, le molestaba mucho, porque ella solo quería vivir por y para la poesía.

“Te quiero viva, burra”

De acuerdo también a lo que cuentan sus allegados y la historia de la literatura argentina, Cortázar y Pizarnik se escribieron largar cartas, en las que se puede apreciar a simple vista el afecto especial que se tenían y lo cercanos que eran, tratando siempre de tener en cuenta que la distancia física y, muchas veces también emocional, no son excusas para impedir la amistad y la intimidad.


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Por ejemplo, puede leerse el siguiente fragmento de una carta de la escritora al autor de Rayuela: “P.D. Me excedí, supongo. Y he perdido, viejo amigo de tu vieja Alejandra que tiene miedo de todo salvo (ahora, ¡Oh, Julio!) de la locura y de la muerte. (Hace dos meses que estoy en el hospital. Excesos y luego intento de suicidio -que fracasó, hélas)”

Ante ese escenario desolador, Cortázar responde: “Vos, ¿te das realmente cuenta de todo lo que me escribís? Sí, desde luego te das cuenta, y sin embargo no te acepto así, no te quiero así, yo te quiero viva, burra, y date cuenta que te estoy hablando del lenguaje mismo del cariño y la confianza –y todo eso, carajo, está del lado de la vida y no de la muerte. Quiero otra carta tuya, pronto, una carta tuya. Eso otro es también vos, lo sé, pero no es todo y además no es lo mejor de vos. Salir por esa puerta es falso en tu caso, lo siento como si se tratara de mí mismo”. 

El poder poético es tuyo, lo sabés, lo sabemos todos los que te leemos; y ya no vivimos los tiempos en que ese poder era el antagonista frente a la vida, y ésta el verdugo del poeta. Los verdugos, hoy, matan otra cosa que poetas, ya no queda ni siquiera ese privilegio imperial, queridísima. 

Continúa esa misma carta: “El poder poético es tuyo, lo sabés, lo sabemos todos los que te leemos; y ya no vivimos los tiempos en que ese poder era el antagonista frente a la vida, y ésta el verdugo del poeta. Los verdugos, hoy, matan otra cosa que poetas, ya no queda ni siquiera ese privilegio imperial, queridísima. Yo te reclamo, no humildad, no obsecuencia, sino enlace con esto que nos envuelve a todos, llámale la luz o César Vallejo o el cine japonés: un pulso sobre la tierra, alegre o triste, pero no un silencio de renuncia voluntaria. Sólo te acepto viva, sólo te quiero Alejandra. Escribíme, coño, y perdoná el tono, pero con qué ganas te bajaría el slip (¿rosa o verde?) para darte una paliza de esas que dicen te quiero a cada chicotazo”.

La fecha de la carta de Cortázar a Pizarnik es de septiembre de 1971. Un años después, en 1972, la autora de El árbol de Diana, finalmente logró su cometido y se suicidó producto de tomar 50 pastillas de Seconal durante un fin de semana en el que había logrado salir con el permiso del hospital psiquiátrico en el que estaba internada. T

De esta manera, tras dos intentos de suicidio y un severo cuadro depresivo, la poeta fallece a los 36 años. Según distintas biografías, engordadas por los mitos subterráneos que suelen envolver a un escritor que muere joven, en el pizarrón de su cuarto se encontraron sus últimos versos: no quiero ir/ nada más/ que hasta el fondo“.



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