Editoriales Independientes #8 – Zindo & Gafuri: “La poesía tiene una libertad total por su poco valor de mercado”

por Gustavo Yuste

“Creo que no hay ningún país que le permita vivir de la poesía a más de 15 poetas, no pasa por que en Argentina seamos desarrollados o no”, sostiene Mauro Lo Coco, escritor, poeta y editor de Zindo & Gafuri. Sobre el florecimiento de editoriales independientes en el último tiempo, Lo Coco señala: “Si no lo calibrás bien desde el inicio al proyecto te puede llevar a un nivel más parecido al amateurismo  y  que eso resulte una cagada al final si no le das bola a todo el proceso productivo”. ¿Cómo sostener una editorial independiente? ¿La poesía tiene su público propio? ¿Cómo construir un catálogo? Algunas respuestas, en la siguiente entrevista. 


Sobre la editorial

zindo logoZindo & Gafuri es una editorial argentina que se especializa en poesía. Creada a principios del 2010 por Mauro Lo Coco, Patricio Grinberg y Nicolás Pinkus, Zindo & Gafuri apuesta por tapas de distintos artistas contemporáneos que impactan fuertemente al lector y lo convencen a hojear su interior. Dentro del catálogo se pueden encontrar autores nacionales consagrados, jóvenes y también autores internacionales en español o traducciones, las cuales representan, quizás, una de las mayores apuestas de la editorial.


— ¿Cómo surgió Zindo & Gafuri?
— Empezamos en el verano del 2010: éramos tres compañeros de cátedra de la Facultad de Lomas de Zamora, pero nos conocíamos de mucho antes. Todos éramos poetas y estábamos queriendo publicar. Estábamos cansados de yugarla con las otras editoriales.

— Es un poco un factor común que muchas editoriales surjan por autores que buscan espacio de publicación, ¿no?
— Sí, nosotros estábamos buscando un precio que nos cerrara, al mismo tiempo que tener un poco de control sobre la distribución y difusión, porque las experiencias que habíamos tenido antes eran un poco conflictivas en ese punto. Uno no quiere andar encima del editor con eso pero al mismo tiempo tiene expectativas. Nuestro comienzo no era muy pretencioso y sacamos los primeros tres libros.

— ¿Quiénes fueron?
— Nicolás Pinkus, Patricio Grinberg y yo. Nos fue más o menos bien con esos libros, sobre todo porque algún recorrido ya teníamos, no es que caímos de la nada. En 2012, unos amigos poetas nos preguntaron si seguía en pie el proyecto y si se podían prender. Ahí hicimos siete libros, incluidos escritores que vivían en el exterior como Aníbal Cristobo y Jorge Posadas. Eso fue subir un poco más la apuesta y la cosa empezó a funcionar más profesionalmente, porque nos obligó a compremeternos de otra manera, ya no estaban solo nuestros libros en juego. De ahí creamos un fondo editorial para hacer algunos proyectos genuinamente editoriales que excedieran a nuestra poesía y a la de colegas/amigos. 

— ¿Ahí fue cuando se sumaron al catálogo de Zindo & Gafuri traducciones y autores extranjeros?
— Claro, ahí se sumaron esos autores y otros argentinos consagrados, por así decirlo. Eso nos metió más en el proyecto y también implicó una serie de cambios en la estructura de la editorial. También ingresaron al proyecto Ana Claudia Díaz y Rubén Guerrero, más Santiago Castellano que ayuda permanentemente. Zindo & Gafuri no tiene los límites muy claros con respecto a eso, tiene que ver con los tiempos y disponibilidades. 

Tenemos tres líneas editoriales básicas: una es los poetas nacionales con recorrido; después aquellos de primer o segundo libro; y por último las traducciones y autores internacionales, por más que hay algunos libros de esa línea que se corren un poco más de la poesía, como los libros de Wallace Stevens o John Cage

ser y ser visto

Foto: Gustavo Yuste

— ¿Por qué el nombre “Zindo & Gafuri”?
— Hay miles de versiones, pero eran dos alumnas nuestras que tenían esos apellidos. Patricio ya tenía un blog de poesía y arte contemporáneo con ese nombre y fuimos por ese lado, el nombre nos gustaba mucho. Cualquier otro nombre teníamos que tener cuidado que no se identifique con ninguna estética en particular, lo cual es nuestra política: no quedar asociados a ninguna estética de poesía. El apellido es más neutro en ese sentido y, también, generaba la intriga de quiénes eran Zindo y Gafuri, que es algo con lo que jodimos bastante los primeros años. Sirvió para que no quede pegada como la editorial de cualquiera de nosotros, por más que no fuéramos nadie para que eso pasara. 

(Leer nota relacionada: Reseñas Caprichosas – “Mi sabiduría es arruinarla” de Mauro Lo Coco: La sabiduría de la ironía)

— En ese sentido, ¿cómo van pensando el catálogo?
— Tenemos tres líneas editoriales básicas: una es los poetas nacionales con recorrido; después aquellos de primer o segundo libro; y por último las traducciones y autores internacionales, por más que hay algunos libros de esa línea que se corren un poco más de la poesía, como los libros de Wallace Stevens o John Cage, que tienen sus vueltas. También lo pensamos así para que crezcan de forma pareja, sobretodo la parte de las traducciones, que es algo que falta en el mercado argentino: autores que desafíen un poco la estética que vaya dominando acá, no ir por lo seguro. Este tipo de autores aportan un poco de aire y también me lo dan a mí como editor y lector.

La parte de las traducciones es algo que falta en el mercado argentino: autores que desafíen un poco la estética que vaya dominando acá, no ir por lo seguro. Este tipo de autores aportan un poco de aire y también me lo dan a mí como editor y lector.

— ¿Y cómo trabajan con los autores nacionales?
— Primero teníamos el objetivo de recuperar a algunos poetas que quizás generacionalmente no pertenecían a la cultura del libro independiente y estaban un poco desfazados, por así decirlo. El caso de Carlos Eguía es un ejemplo, que creímos necesario recuperar. Después también pensamos en contemporáneos que estuvieran circulando pero con cierta “calidad” para poder bancarse estar al lado de poetas como los que traducimos. Existe cierto nivel de exigencia, tener una obra que se la banque y que tenga un aporte. 

— ¿A qué te referís con un aporte?
— Por ejemplo, una obra puede ser buena y estar bien cerrada, pero si ya en el catálogo tenemos mucho de esa tendencia, o está muy cubierta por otras editoriales, no vamos a ir por ahí. Tratamos de priorizar lo que no esté en el mercado en cierto punto, aportar algo. Como principios básicos, deben tener cierta solidez y originalidad.

— Hablando de originalidad, los libros de Zindo & Gafuri tienen una apuesta muy fuerte en lo visual en sus tapas, por más que cambien los diseñadores según el libro. Le prestan mucha atención a ese aspecto del libro como objeto artístico, ¿no?
— Sí, exacto. Más teniendo en cuenta, como te conté antes, que partíamos de un blog de arte contemporáneo, por lo que nuestra primera agenda de diseño y estética vino de la mano de los artistas que Patricio subía en esa página. A partir de ahí fuimos laburando con ellos para gestionar los derechos y así construimos distintas líneas con diferentes estéticas. Somos conscientes que hemos impactado visualmente y que tuvimos cierta difusión por eso. Para nosotros la tapa y el contenidos tienen la misma importancia, sobre todo como producto editorial que pueda estar en las librerías al alcance del lector.

Somos conscientes que hemos impactado visualmente y que tuvimos cierta difusión por eso. Para nosotros la tapa y el contenidos tienen la misma importancia, sobre todo como producto editorial que pueda estar en las librerías al alcance del lector


Zindo Gabriela Larralde

Foto: Gabriela Larralde


— ¿Qué ventajas y qué desventajas ves en ser una editorial independiente?
— No es una bandera para mí la independencia. Me parece que la poesía, al menos como autor, tiene una libertad total por su poco valor de mercado. Te podés mandar a hacer lo que quieras, total no va a tener un gran impacto. Seguir de forma independiente tiene que ver con mantener ese criterio artístico a salvo de las cuestiones económicas. Sin embargo, también tiene un costo la independencia, que habría que revisar, porque implica un modo de hacer las cosas que si no lo calibrás bien desde el inicio al proyecto te puede llevar a un nivel más parecido al amateurismo  y  que eso resulte una cagada al final si no le das bola a todo el proceso productivo. Ahí radica una gran desventaja, porque ninguno de nosotros vive de Zindo & Gafuri ni por asomo, ni tiene la intención de hacerlo porque sería una intención absurda, no existe esa posibilidad. Hay que ir regulando entre esto y las otras obligaciones para poder tener una vida, digamos, es una negociación constante.

— Hablando de rentabilidad, dentro del mundo editorial está la frase hecha que sostiene que la poesía “no se vende”, ¿vos que opinás de eso?
— Es bastante falso eso, porque la poesía se vende. Habría que ver en qué escala se mide ese “se vende”.  Esa frase se funda en una escena muy común que en las lecturas o presentaciones hay mucha parte del público que también es poeta, pero también dentro de esta generación de jóvenes escritores y editores hay que pensar que para que ese libro se venda es necesario que el autor adquiera un nombre, lo que lleva un tiempo. El libro se vende, pero quizás cinco años después de su publicación. Cuando un poeta se sostiene en tres o cuatro libros con solidez, se logra que eso se venda. También hay que ingeniárselas para hacerse ver y circular. Si alguien en 1995 me hubiera dicho que la poesía iba a tener el movimiento que tiene hoy, no lo hubiera creído de ningún modo.

— ¿Por qué?
— Porque jamás hubiera imaginado a tanta gente joven interesada en la poesía. Cuando yo tenía 20 años, la poesía era una cosa reducida en un centro cultural para un montón de gente adulta con un tonito muy particular. Claro que era una estética de varias, pero era a la que más se asociaba. Hoy me parece que los ciclos de lectura y otras estrategias permiten que se vendan. Hay mucho lector dando vuelta y la poesía tiene mucho más espacio social para un joven que esté interesado en la cultura o el arte. De todas formas, creo que no hay ningún país que le permita vivir de la poesía a más de 15 poetas, no pasa porque en Argentina seamos desarrollados o no. 

Jamás hubiera imaginado a tanta gente joven interesada en la poesía. Cuando yo tenía 20 años, la poesía era una cosa reducida en un centro cultural para un montón de gente adulta con un tonito muy particular

Mi sabiduría es arruinarla

Foto: Gustavo Yuste

— ¿Cómo ves el mundo de las editoriales independientes en la actualidad?
Hay un cierto nivel de incertidumbre por los cambios que se puedan dar. Primero, y ya como ciudadano y no como lector, escritor o editor, está buenísimo que haya un montón de editoriales, hay que celebrarlo. Influyen mucho las cuestiones tecnológicas y el acceso a ese tipo conocimientos, ambas cosas se sociabilizaron mucho. Después, obvio, hay distintos casos para analizar: hay muchas muy buenas, con buenas ideas y criterio estético movilizando más productos quizás que los que el mercado puede absorber. Hay una abundancia de ofertas y pluralidad de voces como pocas veces se ha visto. Después, como toda descentralización, puede redundar en editores sin experiencia, editoriales que se mueren a los dos libros, frustraciones de autores, mucho amiguismo, es todo muy variado. Me parece que es un escenario sumamente híbrido y confuso, pero muy productivo. Quizás todo derive en un darwinismo donde solo sobrevivan las más fuertes, más allá de la libido del voluntarismo.

El desafío del editor es ir lo más lejos posible con lo que propone el autor, no imponerle mi escritura, es algo muy bueno aprender un nuevo idioma con cada libro.

— ¿Cómo conviven en vos la tarea de escritor y la de editor?
— El permanente trabajo con libros te lleva a una cosa medio enajenada, porque uno está acostumbrado a trabajar de algo distinto y escribir en otro momento, sobretodo como poeta. Cuando eso ya es parte de tu laburo, naturalmente empezás a rechazarla en tu tiempo de ocio, lo cual conspira contra tu escritura. De todas maneras, es cuestión de saberlo administrar. Si puteo por estar tan cerca de libros todo el tiempo, me acuerdo que antes tenía que defender a la escritura de vender planchas puerta por puerta, así que en relación con eso salgo ganando. Tiene particularidades que afectan a mi escritura, pero de manera distinta. Eso como características negativas, más si me pienso como editor. Pero pensándome como escritor, no me afecta porque mi escritura resistió peores cosas como seis años de desempleo con el menemismo. También tiene cosas positivas, como el acceso directo a un montón de materiales que me abren la cabeza, sobre todo con los escritores nuevos. Si te mueven del lugar de donde estás, ahí se pone bueno. Por último, el desafío del editor es ir lo más lejos posible con lo que propone el autor, no imponerle mi escritura. Es algo muy bueno aprender un nuevo idioma con cada libro.

— Por último, ¿cuáles son los próximos proyectos de Zindo & Gafuri?
— Particularmente estuvimos trabajando con un libro de Richard Brautigan, 30 de junio, 30 de junio, que se presentó naturalmente ese día. También estamos con una antología de Ángel Ortuño, un poeta mexicano muy interesante, Enrique Winter de Chile y otra traducción de Bob Flanagan. En autores nacionales como Horacio Fiebelkorn, Rubén Guerrero y hay más dando vueltas, como una traducción muy importante de Arturo Carrera. Es un año con muchas cosas.

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