¿Qué es la poesía? #9 Juan Desiderio: “La poesía para mí es ritmo, tiempo, espacio e imagen”

por Gustavo Yuste

Novena entrega de esta seria de entrevistas que indaga y se cuestiona sobre el rol de un género muchas veces menospreciado en el ámbito literario y editorial pero que crea sus propios circuitos. “Yo pienso que la poesía no se vende, pero se lee. Si hacés una comparación en ventas en una librería, sí, se vende más narrativa que poesía, pero ¿cuántos recitales de narrativa hay al lado de los de poesía?”, sostiene Juan Desiderio y agrega: “El ámbito del poeta no es la librería, sino el recital, ahí es donde más pesa la poesía”.

Sobre el autor 

Juan Desiderio 2

Juan Desiderio nació en septiembre de 1962 en Buenos Aires y trabaja como bibliotecario. Era 1990 cuando publicó Barrio trucho. La Zanjita le siguió en 1996 (los dos por Ediciones Trompa de Falopo), luego en el ’98 Ángeles parricidas (Del Diego), en 2002 Tos y un par de años más tarde Hipnosis, ambos disponibles en internet. La editorial Gog y Magog (2005) y luego Vox relanzaron en los últimos años algunos de sus primeros libros en ediciones que incluyen poemas previamente inéditos.
Como músico, integró distintas bandas de rock: Aguante de Cancha, Hippie Rabioso, Cardioflash y Jardineros

— ¿Para vos, qué es la poesía?
Para mí la poesía es un vehículo, una manifestación artística. Una manifestación de la mente, del espíritu y del cuerpo. Como toda arte, cuando esas tres cosas se conectan, aparece. El cuerpo como modo de expresión; la mente como brújula, como sentido; y el espíritu como acción. Yo siempre me manejo en esos tres vehículos. Para mí la poesía, entonces es una conjunción de esos tres vehículos que usa a la palabra como expresión. Además, la poesía tiene mucho que ver con la música.

— ¿En qué sentido se relacionan? ¿Tiene que ver con el ritmo?
Se maneja el tiempo y el espacio. Sí, hay una cuestión de ritmo. La poesía para mí es ritmo, tiempo, espacio e imagen. A veces pasa que hay poetas que tienen mucha imagen y no tienen ritmo, y lo consideran poesía igual. Para mí no, en cambio. Si no hay una conjunción de esas cuatro cosas puede ser prosa o algún género distinto. Suele pasar que en algunos recitales de poesía se escucha leer a gente en prosa.

— Claro, prosa poética, ¿no?
Sí, pero ahí no hay un tiempo, un espacio, un ritmo. Lo que diferencia a la poesía de los otros géneros para mí es el ritmo por sobretodo. Imágenes hay en todos lados, pero ritmo no. Eso te lo digo en cuanto formalidad, para lo que para mí es poesía, ¿no? 

La poesía para mí es ritmo, tiempo, espacio e imagen. A veces pasa que hay poetas que tienen mucha imagen y no tienen ritmo, y lo consideran poesía igual. Para mí no, en cambio. Si no hay una conjunción de esas cuatro cosas puede ser prosa o algún género distinto

— Justamente en ese sentido, ¿cómo fue tu acercamiento a la poesía?
Si entramos más en el plano de las vivencias, la poesía es importantísima en mi vida. Yo hace cuarenta años que escribo, empecé a los doce años a escribir sonetos fantásticos. Aún así lo hacía respetando la geometría, la forma. Siempre entendí a la poesía como eso, como un canto con palabra, donde la música está en la expresión.

— Viendo tu obra se ve claramente que te moviste de los sonetos a los versos libres.
Claro, tal cual, es como una especie de cadena: primero la estructura, después el surrealismo -que es el que rompe esa estructura- y después de eso uno ya empieza a trabajar lo social. Ya con todos esos elementos que uno fue transitando: la estructura, romperla y después volver a crear otra, ahí aparece la voz del poeta para mí.

— ¿Te acordás los primeros autores que tuviste como referentes?
Yo el primer libro que leí de poesía fue “Antología rota” de León Felipe y paralelamente  la poesía completa de Dylan Thomas. Esos fueron los dos primeros libros que leí. Un poco después apareció Allen Ginsberg, con “Aullido”. Podría decirse que esos tres fueron los autores grosos que leí y me marcaron.

Ya con todos esos elementos que uno fue transitando: la estructura, romperla y después volver a crear otra, ahí aparece la voz del poeta para mí.

— ¿Y autores que te influyan actualmente?
Hay muchos autores que me gustan…está Joaquín Gianuzzi, los autores estadounidenses como Edgar Lee Masters, Robert Frost, T. S. Elliot. Yo durante mucho tiempo trabajé en la Biblioteca Evaristo Carriego, que era de poesía, y ahí hicimos durante dos años talleres con el propio Gianuzzi. Trabajamos la poesía europea y norteamericana, así que ahí aprendí un montón. El viejo venía y te hablaba de grandes autores que yo iba absorbiendo, a mí me gustaba mucho eso. Ya pasando a autores contemporáneos, es más difícil, porque yo siento que perdió un poco el ritmo en mi opinión.

— ¿A qué te referís?
Hay como una transición, porque es como más una prosa lo que se escribe ahora. Yo te digo por lo que escucho, a mi me gusta ir mucho a recitales de poesía. Por ejemplo, últimamente no suelo ir a leer, sino a escuchar. Así que ahí conozco a muchos autores y lo que noto es una oralidad un tanto pobre, porque parece que estuvieran contando un cuento.

— ¿Estás en relación con los circuitos de poesía oral que hay actualmente, como la poesía slam?
Sí, los conozco y también a los muchachos que los hacen. Eso, para mí, ya tiene que ver con una técnica teatral, porque en realidad se dice casi siempre lo mismo. Las imágenes son muy pobres, hay mucho chiste. Vendría a ser como un monólogo teatral muchas veces más que como un recitado poético.

— Volviendo un poco a lo que decías del ritmo, ahí habría un ritmo ya establecido que se repite mucho, ¿no?
Claro, tal cual. La teatralidad es fundamental ahí. Yo me acuerdo una vez que me mataba de risa: estaban haciendo una cosa re buena y cada vez que decían la palabra “culo” la gente se reía, y eso es algo más propio de la televisión o el teatro, ¿no? Algo más cercano al teatro de revista, a lo que hacía Tato Bores o Calabró, me recuerda a eso.

¿Entonces habría como una exacerbación del humor?
Sí, una búsqueda del efecto. Hay algo de efectista en eso. A mí me invitaron a participar y se los agradecí mucho, pero no es mi estilo ese, no tengo ese recitado, es mucho más tranquilo.

— Volviendo a la escritura, ¿tenés algún método o rutina a la hora de escribir?
— Siempre ando con una libretita y una birome para tener con qué escribir, desde hace años. Es muy gracioso porque tengo un montón en blanco en mi casa porque cuando me las olvido me compro otras. Siempre ando a la pesca de imágenes, pero método no tengo. Generalmente todo surge a partir de la inspiración, así que tal vez el método sea caminar por la calle. Yo soy muy caminador, puedo hacerme 60 cuadras por día y veo, anoto, trato de tener el radar encendido. A mí la poesía me viene de afuera hacia adentro, el estímulo exterior hace que salga lo interno. Mi poesía no es intimista, por ejemplo, yo no hablo de amores perdidos, sino de cosas que pasan en el mundo de afuera. Me cuesta escribir poemas de amor a mí, nunca le escribí nada a una novia, no puedo, pero a los amores que no se dan sí puede ser, porque seguían en el mundo exterior.

Siempre ando a la pesca de imágenes, pero método no tengo. Generalmente todo surge a partir de la inspiración, así que tal vez el método sea caminar por la calle.

— ¿Crees que te acercás más a la rama del “objetivismo”?
Tal cual, yo me siento en ese sentido como se lo llamaba a Gianuzzi “el teólogo de la ventana”, porque el tipo miraba lo que pasaba y anotaba, como un cronista. Yo creo que me acerco a lo que se suele entender como objetivismo, aunque siempre atento a las mezclas.

— Para alguien que quisiera escribir poesía o le interesa, ¿qué consejo podrías darle?
No sé si llamarlo consejo, pero sí hay algo que yo aprendí y creo que hay dos cosas básicas: la primera me la enseñó Leónidas Lamborghini, que yo estuve mucho tiempo haciendo taller literario con él, y era la noción de juego, del jugador. Hay que jugarse. A mi me pasó que hice un poema que se llamaba “La zanjita” y no sé porqué apareció por todos lados, gustó mucho. Automáticamente cuando pasó eso cambié, preferí mandar lo anterior a la mierda y no quedarme con la máquina de hacer chorizos. Hay muchos autores que como le va bien con un libro empiezan a repetirse y eso a mí no me interesa. El juego consiste en que si hiciste algo que te salió bien, rompelo y alejate de eso, hacé otra cosa. Es mi visión, no sé si será un consejo, pero está bueno no quedarse en lo que sale redondo, te podés perder muchas cosas.

— La segunda cuestión a la que hacías referencia, ¿cual sería?
Lo segundo es que uno siempre está solo ante la hoja, no hay que tener miedo. Estás solo, escribí lo que quieras, si no te gusta lo tirás y volvés a empezar. La gente tiene miedo a la hoja en blanco y eso está mal, la hoja en blanco no te mira, el que la mira sos vos. Nunca dice “ah mira lo que me está escribiendo, qué boludo”, no. El que siente siempre es uno. Hay que perder ese miedo al vacío de la hoja.

Hay muchos autores que como le va bien con un libro empiezan a repetirse y eso a mí no me interesa. El juego consiste en que si hiciste algo que te salió bien, rompelo y alejate de eso, hacé otra cosa.

— Vos a principios de los 90’s formaste parte de distintas revistas literarias que ahora son vistas como algo de culto. Fabián Casas, por ejemplo, te nombra como parte de 18 whiskies.
En realidad eramos amigos pero yo no estaba en la 18 whiskies, yo publiqué ahí, pero en realidad yo estaba en la “Trompa de Falopio”. Igual ambas eran casi como revistas hermanas, pero en la whiskies había mucha gente como Duran, Edwars, Villa, Rojo, que eran estudiantes de letras. En las reuniones de la whiskies yo iba a cebar mate, porque no entendía nada. Casas había estudiado filosofía, pero también era muy lector, así que tenían charlas que eran un flash. A veces se tiene un prejuicio total sobre los 90’s, donde se piensa que eran todos analfabetos por el lenguaje que utilizaban. Estos chabones que nombré antes tenían una biblioteca que se te caía el culo. Encima se habían leído todo. Eran tan lúcidos y las charlas eran de tan alto nivel que a mí un poco me sobrepasaban. “Trompa de Falopio”, en cambio era más callejera, algo más parecido a un fanzine. Eran dos métodos diferentes a pesar de que todos escribíamos en ambas revistas.

— ¿Qué recuerdos te quedan de esa época?
Eramos todos amigos, era un flash. Los viernes y sábados salíamos a patear toda Corrientes a emborracharnos, ver recitales, cosas que hacen los amigos porque eso éramos. Lo que recuerdo es que éramos como una banda que nos juntábamos a charlar, a leer, algo como una banda de poetas. Todas eran personas muy copadas, con las que uno aprendía mucho.

— Casas, un poco en ese sentido, dice que la poesía es algo colectivo.
Sí, tal cual, por eso yo hago referencia a lo de ser “una banda”. Eramos amigos y coincidíamos en que todos leíamos y escribíamos mucho. Yo estoy de acuerdo con eso que dice Fabián y es tal cual, había una unión. Después, con el tiempo, te vas separando a medida que vas creciendo y todo se va dispersando. Pero cuando uno es más joven, ahí está más esa onda de la banda.

— Hay un dicho popular en el ambiente literario que afirma que “la poesía no se vende”, ¿por qué pensás que pasa eso?
Yo pienso que la poesía no se vende, pero se lee. Si hacés una comparación en ventas en una librería, sí, se vende más narrativa que poesía, pero ¿cuántos recitales de narrativa hay al lado de los de poesía? Es lo mismo entonces. No se venderá, pero se escucha más que la narrativa. La poesía sigue manteniendo la oralidad en ese sentido. Si yo te pongo diez libros de poesía en una librería y a lo mejor no se vende ninguno, pero si los ponés en un recital de poesía capaz los vendés los diez. No es que no se venda quizás, sino que no es en los mismos lugares por donde circula la narrativa, por ejemplo. El ámbito del poeta no es la librería, sino el recital, ahí es donde más pesa la poesía me parece.

La poesía sigue manteniendo la oralidad en ese sentido. Si yo te pongo diez libros de poesía en una librería y a lo mejor no se vende ninguno, pero si los ponés en un recital de poesía capaz los vendés los diez. No es que no se venda quizás, sino que no es en los mismos lugares por donde circula la narrativa, por ejemplo. El ámbito del poeta no es la librería, sino el recital, ahí es donde más pesa la poesía me parece.

— Sos uno de los primeros que me da una respuesta optimista al respecto casi.
Pasa que yo lo veo, hay algo que está bueno: vengo de la época analógica donde para convocar a la gente para un recital de poesía era por teléfono, volanteando en la calle o algún amigo en un diario que te ponga una cosa chiquita que no leía nadie. ¿Qué formas tenías de dar a conocer lo que hacías entonces? Muy pocas. Ahora con las redes podés llegar a más de 100 personas y capaz van todos, eso es importantísimo. La gente va mucho a lecturas para mí, yo siempre recibo muchas invitaciones para participar y eso se da más gracias a la web. Soy optimista completamente porque en la realidad se da así.

— Para terminar, al principio hablamos un poco de la relación entre poesía y música. Teniendo en cuenta que formaste y formás parte de distintos grupos musicales, ¿cómo conviven en vos ambas cosas?
Para mí es muy importante, eso que decía del ritmo se basa mucho también en la métrica. En realidad primero fui músico y después fui poeta. Al empezar a escribir me aproveché de lo que ya sabía sobre manejar el tiempo y el espacio, los silencios, las notas. Yo veo a cada sílaba como una nota, su duración: la blanca, la negra, la corchea, etc. Ahí se ve la respiración, la aceleración que le das al poema.Para mí la poesía y la música van juntas, suelo componer muchas canciones también. Si les saco la música, se pueden leer tranquilamente como poemas. A mí me pasó algo que me hizo caer la ficha en ese taller que hice con Leónidas Lamborghini en el Centro Cultural Recoleta, al que también iban Casas, Cucurto, Durand, todos los de esa banda en definitiva, que ibamos a ver a ese tipo a que nos abría el coco. Una vez yo llegué un poco tarde y en el pizarrón había un poema mío aunque Lamborghini no había puesto de quién era. Me siento a ver qué estaba pasando y el tipo me mira, sonriendo y de golpe empieza señalar un montón de rayitas que había en el poema. Se había tomado el trabajo de analizarlo y concluyó que el poema era perfecto. “El que escribió esto no sabe lo que hizo, porque no estudió Letras, pero es músico”, dijo a los alumnos. Ahí me cayó la ficha de la relación estrecha que había.

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