El código enigma: varios espías, un secreto y la vida del hombre que supo descifrarlo

por Laura Gómez

La placa que da inicio a El código enigma, el reciente film de Morten Tyldum que figura ocho veces en la gloriosa lista de nominaciones al Oscar y que hoy se estrena en Argentina, nos advierte: «Basada en una historia real». De algún modo intenta establecer un pacto tácito con los espectadores, quienes tendrán que ofrendar su fe poética a cambio del placer estético. Y es que las llamadas biopics (género híbrido y en boga), desatan toda clase de cuestionamientos entre los miembros de la Academia que, jactándose de un paladar exquisito, exigen rigurosidad histórica como requisito esencial a la hora de evaluar estos films. Frente a tales exigencias, conviene recordar que estamos ante una pieza artística ficcional y, pese a tener como norte la vida de una persona que efectivamente ha pasado por este mundo, se trata al fin y al cabo de una obra que no pretende ser otra cosa más que ficción.

El código enigma está basada en la biografía escrita por el matemático y activista gay Andrew Hodges, Alan Turing: The Enigma, y se enfoca en la vida de una de las mentes más brillantes del siglo pasado injustamente olvidada, un matemático que tuvo un papel decisivo durante la Segunda Guerra Mundial al descifrar los mensajes encriptados de los nazis y otorgarle a los Aliados la posibilidad de anticipar los movimientos de sus rivales. La máquina creada por los alemanes fue bautizada como Enigma, pues la complejidad de su diseño parecía ser impenetrable: ni siquiera un ejército de cien mil hombres podría igualar la rapidez de este dispositivo, y estaba claro que una mente humana sería incapaz de derrotarlo. Pero en estos casos (afortunadamente) suele ocurrir lo inesperado: por aquel entonces nadie contaba con la mente prodigio de un profesor de matemáticas de veintitantos que daba clases en la Universidad de Manchester: el gran Alan Turing. Él sostenía que para derrotar a una máquina poderosa era preciso crear otra aún más poderosa, y se encargó de convencer al gobierno británico de que lo contratara y financiara su proyecto. Así, tras varias idas y vueltas, se encargó de diseñar el prototipo de lo que hoy conocemos como computadoras (durante mucho tiempo identificadas como “máquinas Turing”). Es aquí justamente donde, en mi opinión, reside uno de los pocos puntos retrucables de la película: una vez más se cae en aquella idea trillada del genio solitario, incomprendido, un poco loco y sumamente individualista que logra su cometido por cuenta propia y casi sin ayuda de nadie. Todo es caos y muerte hasta que aparece la brillantez de un Turing (o un Hawking, como veremos en breve en La teoría del todo, otra de las biopics veraniegas) y… ¡caso resuelto! Hay que decirlo; no siempre resulta todo tan sencillo. Un cerebro solitario jamás podría haber llevado a cabo tamaña empresa sin un equipo de colaboradores dispuestos y capaces.

Más allá de esto, la película tiene grandes aciertos que justifican sus ocho nominaciones a los Oscars. Repasemos las categorías:

*Mejor película (The imitation game)

*Mejor director (Morten Tyldum)

*Mejor actor protagónico (Benedict Cumberbatch)

*Mejor actriz de reparto (Keira Knightley)

*Mejor banda sonora (Alexandre Desplat)

*Mejor guión adaptado (Graham Moore)

*Mejor diseño de producción (Maria Djurkovic/Tatiana MacDonald)

*Mejor edición (William Goldenberg)

Sin lugar a dudas, uno de los puntos fuertes de la película es la gran actuación de Benedict Cumberbatch en el rol de Turing. No es la primera vez que el actor británico se pone en la piel de una mente brillante; él ha adquirido gran parte de su fama gracias a la interpretación magistral de uno de los personajes más célebres del género policial: el gran detective Sherlock Holmes, creación de Sir Arthur Conan Doyle adaptada al siglo XXI por Steven Moffat y Mark Gattis para la BBC. Pero, además, Cumberbatch ha encarnado a Julian Assange en un film no tan malo que resultó un fracaso en términos de recaudación: El quinto poder. También representó a Stephen Hawking en una serie televisiva, y a artistas de la talla de Vincent Van Gogh o Dante Alighieri. En El código enigma, el actor logra un equilibrio perfecto entre la frialdad y la sensibilidad, y crea un personaje excepcional (como seguramente lo fue Turing). Por un lado se comporta como un torpe social, que no sabe relacionarse con su entorno y repele a todo humano que se cruce en su camino; por otro, vemos en la profundidad de su mirada la ternura de un niño-grande y toda la brillantez del genio incomprendido. Para lograr ese magnífico efecto, los ojos azules y profundos de Cumberbatch resultan indispensables.

El film de Tyldum aborda en esencia la vida de Alan Turing, pero encuadra esa pequeña trama biográfica dentro del tiempo histórico que tiene como escenario principal la Segunda Guerra Mundial. En este sentido resultan muy ilustrativas las escenas breves en las que se cuela algo de la situación bélica: bombardeos de ciudades, tristes despedidas familiares en las estaciones de tren, padecimientos de los soldados en el campo de batalla. Pero esos relatos fugaces funcionan apenas como telón de fondo para exponer la tormentosa vida de Turing. Uno de los aciertos narrativos consiste en el permanente viaje temporal que combina con gran dinamismo la madurez del personaje y una juventud marcada por el descubrimiento de su homosexualidad, para aquel entonces algo bochornoso que convenía ser mantenido en secreto. Esa intolerancia fue lo que más tarde dictaminó su fin. En aquellos años la homosexualidad era catalogada como ilícita por las leyes británicas y, al ser descubierto, Turing se vio obligado a optar entre la prisión o un tratamiento hormonal de castración química a modo de “cura”. Ese tormento lo condujo directo al suicidio de la mano de una manzana rociada con cianuro. Un final trágico, poético y algo dudoso que no fue demasiado ampliado en el film.

Otra de las cuestiones que se colocan sobre el tapete es la permanente tensión entre el mundo de la academia y el universo de la política (aquí atravesada por la guerra). En una de las escenas más ilustrativas, se puede ver al gran matemático montando su bicicleta con aire despreocupado entre los escombros luego de un bombardeo. Al ver esto uno se pregunta: ¿qué lugar ocupan los intelectuales y los científicos en el entramado político de un país? ¿Cuál es su nivel de injerencia sobre estas cuestiones? ¿Se comprometen con la situación sociopolítica o se mantienen al margen esperando algún nombramiento? ¿Se les reconoce verdaderamente su labor desde la esfera política o, por el contrario, los funcionarios se apropian de todo el crédito y luego los mandan a lavar los platos?

Turing fue una de las figuras claves en la victoria de los Aliados. Sin embargo, esto se supo muchos años después de su muerte. El gobierno británico le pagó sus servicios condenándolo a la reclusión y a la humillación de tener que alterar su propio cuerpo para darle el gusto al conservadurismo inglés. Extraño modo de recompensar al hombre que logró salvar una buena cantidad de vidas gracias a su intervención. Dice Cumberbatch en una entrevista: “Una de las razones principales por las que me atrajo realmente interpretar a Turing era la posibilidad de llevar su historia, oculta durante tanto tiempo, a un público lo más amplio posible. Turing ayudó a salvar una democracia del fascismo, y es enfermante que se lo haya recompensado con su castración. Me resulta incomprensible que su figura no esté en nuestros billetes o en las tapas de los libros escolares”.

Su biografía demuestra que es posible cambiar el rumbo de la historia a través del trabajo intelectual. El campo de batalla no es el único lugar de lucha; las aulas, los laboratorios y las bibliotecas también pueden serlo. No siempre hay indiferencia en estos sectores; también existe la acción y el compromiso. Las ideas pueden llegar a ser un gran instrumento para conseguir la paz; las mejores armas de Turing fueron sus ecuaciones.

Tal vez esta película no tenga todo el rigor histórico-biográfico que algunos caprichosos críticos exigen, pero si los guionistas se hubiesen guiado tan sólo por ese principio, muy probablemente nos hubiésemos dormido en la primera escena. Concedamos ciertas licencias en pos del arte y no seamos tan rudos. Por otra parte, Tyldum podría haber ahondado un poco más en el derrotero final de Turing, pero creemos que intentó eludir los golpes bajos condensando la explicación del suicidio en unas cuantas placas conclusivas. De esta forma no sólo renuncia a los golpes bajos sino también a la osadía de manchar la historia del gobierno británico con detalles escabrosos del asunto. Aún así, no podemos pretender que en dos horas se cuenten los pormenores de toda una vida; siempre habrá exaltaciones y omisiones.

Un deseo: la banda sonora de Alexandre Desplat es exquisita, y la interpretación de Cumberbatch (ya lo he dicho) es magistral. Ambos merecen la estatuilla. El reparto se completa con Keira Knightley (también nominada aunque con menos justificación), Matthew Goode (el “chico bien” de Match Point que secunda a Jonathan Rhys-Meyers), Mark Strong, Charles Dance, Matthew Beard, Rory Kinnear y Allen Leach.

Recomiendo enfáticamente esta película; no se encontrarán ustedes con un relato innovador o una biopic demasiado fuera de lo común, pero sí podrán disfrutar de la gran interpretación de Cumberbatch y conocer una vida por demás interesante. Esta historia nos habla de la guerra, del entramado cuasi detectivesco de espías y contraespías (asuntos tan mentados por estos días en Argentina), de los enigmas y secretos de la historia universal. Pero también nos habla de los dilemas éticos a los que se enfrentan aquellos que en sus manos tienen una de las cosas más preciadas en estos y aquellos tiempos: la información. Porque una vez resuelto el enigma… ¿qué hacer con él? ¿Cómo usar la información para que nadie salga lastimado? Gran cuestión para pensar en tiempos donde los secretos valen millones y quienes se atreven a revelarlos se ven obligados a pagar las consecuencias (sino pensemos en Assange, recluido en la embajada de Ecuador en Londres hace cuatro años). Además de todos estos tópicos, la película nos ayuda a conocer la vida de un hombre que no fue valorado en su tiempo, alguien que puso su mente al servicio de la humanidad y fue traicionado, como tantos científicos e intelectuales lo han sido a lo largo de la historia. Un gran hombre, y un misterio en sí mismo hasta el último de sus días, porque no hay mejor candidato para descifrar un enigma que aquel que guarda celosamente los propios.

 

FICHA TÉCNICA

Título original: The Imitation Game

Año: 2014

Duración: 114 min.

País: Reino Unido

Director: Morten Tyldum

Guión: Graham Moore (Libro: Andrew Hodges)

Música: Alexandre Desplat

Fotografía: Óscar Faura

Reparto: Benedict Cumberbatch, Keira Knightley, Mark Strong, Charles Dance, Matthew Goode, Matthew Beard, Allen Leech, Rory Kinnear

Productora: The Weinstein Company / Black Bear Pictures / Ampersand Pictures

Género: Thriller-Drama | Biográfico

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