Flashes

por Laura Verdile

I

“Navidad 1998”

Todos reían. El tío señalaba la cámara y daba direcciones. El abuelo salió con los ojos cerrados y la abuela tenía una mueca dibujada en la cara por tratar de decir “whisky”.  Los primos más chicos, semi-ocultos entre las sillas, se tiraban del pelo. Mamá y papá estaban abrazados. A la derecha un manchón de luces fucsias y amarillas envolvía un árbol de navidad muy alto. Tanto que la estrella de la punta casi tocaba el techo. La mesa aparecía repleta de comida a medio empezar y las velas rojas y verdes se derretían en sus vasos de vidrio.  La tía siempre decía que al final de la cena las fotos eran un desastre, por eso entre el vitel toné y el postre nos hacía dejar los cubiertos y levantarnos de nuestros asientos. Algunos con más entusiasmo que otros se arreglaban la ropa y se peinaban con las manos. Y todos reían mientras el obturador inmortalizaba el recuerdo.

La tía guardó la cámara en la cartera. Era de esas con rollo que tardaban una eternidad en revelarse. Todos se volvieron a sentar. Los primos se pusieron a llorar porque el tío les empezó a gritar. La abuela perdió el apetito y se fue a dormir, mientras mamá y papá volvieron a sus discusiones de siempre. La prima más grande no había salido en la foto. Aprovechó el momento para arreglarse en el baño y poder salir lo más rápido posible después del brindis.

II

“Cumpleaños N°15, 2003”

El vestido era largo, lleno de brillos y tul rosa y blanco. Perfecto, salido de un cuento de hadas. La cumpleañera sonreía mientras mantenía una copa en alto detrás de una torta de tres pisos, todavía más rosa y más blanca. A los costados las amigas se habían acercado para brindar. Todo estaba en su lugar. Las decoraciones, las flores, los globos, los souvenirs. De fondo un video congelado en una imagen de la infancia. En una esquina, un espejo reflejaba algunos invitados en la pista de baile, con sombreros extravagantes en la cabeza.

La foto pasó a ocupar la memoria de la cámara junto con otras tres tomas casi idénticas. Lo que no mostró es que del otro lado del salón, más lejos de lo que el espejo podía alcanzar a reflejar, el tío había comenzado a tambalearse en la silla por esas copas de más. Tampoco mostró que unos minutos después de hablar incoherencias decidió pasearse por la fiesta sin rumbo fijo. Y mucho menos que por esas copas de más el vestido dejó de ser blanco, la torta ya no tuvo tres pisos y las decoraciones dejaron de estar en su lugar.

III

“Sábado a la noche”

Los rostros se confundían entre anteojos luminosos y vasos de cerveza. El celular temblaba un poco en las manos de un extraño mientras la música ahogaba cualquier indicación, grito o risa. Los primeros tres intentos salieron borrosos. El flash se mezclaba con lásers de colores y la marea de gente movía al grupo que trataba de posar a pesar de los empujones. La cuarta foto fue la elegida. La que circuló por todas las redes sociales antes de que fueran las cinco de la mañana y la que tuvo retweets y “me gusta” por parte de amigos de amigos. Muecas, miradas cómplices, brazos entrelazados, señales de festejo y recuerdos de una noche celebrada desde el álbum de cargas móviles.

El grupo se separó y todos regresaron a bailar con sus conocidos. Nunca más se volvieron a ver.

 

 

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