El espejo

por Laura Verdile

La casa nueva era sencilla, aunque espaciosa. Pisos de madera, paredes blancas, cuadros extraños y muebles de otras épocas, testigos de generaciones ya olvidadas. Tenía un sótano lleno de chatarra, juguetes, algún que otro álbum de fotos y esas cosas que nadie se atreve a tirar. Pero quizás lo más extraño de todo era ese espejo. Ubicado al fondo del pasillo del primer piso, a la izquierda de la escalera, ocupaba casi toda la pared con su presencia misteriosa e inmutable. Lo decoraba un marco antiguo, un poco oxidado, de ribetes dorados y diseño extravagante.

La primera vez que lo vio una sensación extraña recorrió su cuerpo, una especie de escalofrío, un presentimiento indescriptible que lo obligó a apartar la mirada por unos momentos y a cubrirlo con una sábana deshilachada, tal y como lo había encontrado el día de la mudanza. Y así permaneció durante varios días, un adorno un poco tétrico que desentonaba con el resto de una casa que de a poco se iba llenando de vida, convirtiéndose en su nuevo hogar.

Hasta que llegó la noche de la tormenta. El granizo rompió las ventanas y el viento derribó varias cosas a su paso, llevándose la sábana y obligándolo a enfrentarse nuevamente con el espejo macabro. Fue en ese momento cuando realmente lo observó con atención. No estaba seguro de por qué, pero había algo que lo atraía, que hacía que todos sus temores anteriores parecieran absurdos. Recorrió el marco con la yema de los dedos y se acercó al vidrio lentamente mientras su reflejo lo miraba hipnotizado con unos ojos bien abiertos, que de pronto sin quererlo le dedicaron un guiño fugaz, casi imperceptible, pero lo suficientemente visible como para que se apartara de un salto bruscamente, aterrado por ese gesto involuntario que lo sorprendió desde el cristal.

Intentó calmarse y convencerse de que todo era producto de su imaginación. Se miró un largo rato. De frente, de perfil, de frente otra vez. Pensó que se estaba volviendo loco, que el estrés de la mudanza lo había afectado demasiado, que ya era hora de tomarse unas vacaciones. Entonces el espejo le devolvió un rostro distinto que lo observaba, inmóvil, petrificado como un autorretrato. Era él, pero estaba sonriendo. Era una sonrisa extraña, entre cínica y burlona que lo miraba con ojos vivos y siniestros desde el otro lado del vidrio. Muchas sensaciones se sacudieron en su interior. Su mente estaba confundida, ahogada entre ideas y pensamientos difusos. Algo se retorcía en él y comenzó a cubrir cada centímetro de su cuerpo. Algo que en realidad siempre había estado allí, solo que encerrado en lo más recóndito de su mente, luchando por liberarse para nunca más volver a callar.

Estiró sus dedos y se miró las palmas de las manos. Eran suyas, pero a la vez no. Se sentía bien, preparado para hacer lo que fuera. Y del otro lado una sonrisa se reflejó en el espejo. Pero grabados en el vidrio, sus ojos decían otra cosa, escondían un destello de horror mientras contemplaba a su mejor mitad alejarse por el pasillo hasta cerrar la puerta. Una mitad que se parecía mucho a él, pero que jamás sería la verdadera.

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