Cae la noche en Bucarest: El cine habla del cine

por Lucía De Dominicis

Cae la noche en Bucarest comienza con una escena que funciona como advertencia de lo será el esquema del film. Los dos protagonistas, Paul (Bodgan Dumitrache) y Alina (Diana Avramut), hablan en un auto sobre el futuro del cine y sobre los cambios que trae la filmación digital en la estructura de las películas. La cámara se encuentra fija y los observa desde el asiento trasero. Paul le explica que en el cine tradicional las tomas no pueden durar más de 11 minutos, porque es necesario cambiar el rollo de las cámaras. El paso a la filmación digital, afirma el protagonista, es una clave que modifica la forma de contar historias en el cine. Es por eso que a partir de allí la película (filmada en 35 mm.) no muestra nunca una escena que supere esa longitud. Y eso se convierte en esencial para delimitar la forma en la que se estructura la narración.

Cae la noche en Bucarest es una película que habla sobre cómo se hace una película. Más que como una película, debe pensarse como un ensayo sobre el cine en la actualidad. Paul es el director de un film en pleno rodaje y Alina una actriz de reparto que tiene apenas una escena en él. Ambos se involucran en una relación mientras Paul intenta estirar el tiempo de filmación de esa única escena, que practican una y otra vez en su departamento. Las acciones del film con las de la película que Paul dirige comienzan a mezclarse dándole la posibilidad al espectador de reflexionar sobre él. La película, en su contenido, no es mucho más que eso. No hay que ir a buscar en ella una historia atrapante ni un final inesperado. Lo valioso que ofrece, en mi opinión, es la propuesta de retomar el tiempo en el que se vive la vida cotidiana. Fumar un cigarrillo, comer un plato de comida con palillos chinos o estacionar el auto: para cada una de las acciones se toma el tiempo necesario, dejando la cámara fija en un plano determinado que la muestre en todo su potencial. Allí es donde se destacan las actuaciones de los protagonistas, que no son maquilladas por ningún montaje extravagante: son simplemente ellos dos y nosotros, los espectadores, que los espiamos como a través del ojo de una cerradura.

Mi recomendación es ir a ver la película sabiendo a lo que cada uno se va a enfrentar. Los planos largos y con cámara fija pueden resultar insostenibles para quienes no estamos acostumbrados a ellos. Es una excelente opción para los cinéfilos y realizadores de cine en general, pero quizás deja por fuera a muchos que no llegamos a exprimir toda su textualidad y comprender sus referencias. Más allá de eso, tiene diálogos muy interesantes y escenas muy bien construidas desde lo artístico que hacen de Cae la noche en Bucarest una experiencia valiosa en sí misma.

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