Entrevista a Mauro Libertella: “La literatura no es más el Grupo Sur y eso está bueno”

por Gustavo Yuste

“Uno puede escribir lo que quiera, se derribaron bastante mitos, hubo autores que permitieron libertad”, afirma Mauro Libertella, quien hace unos meses publicó Un reino demasiado breve (Penguin Random House, 2017), libro donde se ve al amor como un fenómeno único y como un estereotipo al mismo tiempo.  “Ese es un poco el truco de magia: la experiencia de alguien mezclándose con una experiencia universal, es algo que interpela, un choque eléctrico de planetas”, señala al respecto. Además, destaca que no ve en los narradores de su misma camada “una generación dorada”. 



Sobre el autor

Mauro LibertellaMauro Libertella nació en México en 1983, aunque vivió toda su vida en Buenos Aires, por lo que es considerado un escritor argentino. Fue seleccionado en 2017 por el Hay Festival de Bogotá como uno de los 39 mejores escritores de ficción de latinoamericanos menores de 40 años.  Publicó las novelas Mi libro enterrado (Mansalva. 2013) y El invierno con mi generación (Penguin Random House, 2015), además de El estilo de los otros (Ediciones Universidad Diego Portales. 2015).


“No idealizaría a mi generación de narradores”

Criado en un ambiente rodeado de libro a través de sus padres Héctor Libertella y Tamara Kamenszain, Mauro Libertella ve su interés a la literatura como algo natural, al mismo tiempo que se desempeña como periodista cultural. Con tres novelas publicadas donde lo autobiográfico va tomando distintos matices, su estilo busca encontrar historias interesantes al interior de la vida cotidiana. Eso puede verse con claridad en su última novela, Un reino demasiado breve (Penguin Random House, 2017), donde la historia personal es capaz de ser universalizable, lo que también desnuda los estereotipos que se repiten en una generación.

“Me parece que es lógico que escribamos de lo que podemos dar cuenta, de eso que nos atravesó en su momento. Eso va en contra de lo que se piensa de la globalización, porque a pesar de nuestros consumos transnacionales, al final solo se puede dar cuenta de lo que a uno lo rodea”, comenta a La Primera Piedra.  En la misma dirección, destaca  que “en este libro, al escribirlo en tercera persona, me sirvió más para narrar cosas que no ocurrieron, aunque siguen estando cercanas a lo que sí pasó”. ¿Dónde termina la historia personal y empieza la ficción?

Más allá del tema, me gusta reducirlo a su mínima expresión, ir al hueso puro. Me sale así al pensarlos, al estructurarlos mentalmente. Es un trabajo similar a bocetar una escena

Además, desde su rol de periodista cultural analiza el presente de la literatura argentina, sobre todo con el ojo puesto en los narradores de su generación.  “En la narrativa, siendo parte de eso, yo no veo que ocurra algo que renueve demasiado las formas”, destaca al mismo tiempo que ve una suerte de desacralización de la literatura gracias a autores como César Aira y Fabián Casas, los cuales dieron una mayor libertad a la hora de escribir.

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— Un reino demasiado breve es una novela breve, que a su vez se motoriza con fragmentos breves, ¿te sentís cómodo con ese formato?
— En lo personal me di cuenta que me cuesta escribir largo. Más allá del tema, me gusta reducirlo a su mínima expresión, ir al hueso puro. Me sale así al pensarlos, al estructurarlos mentalmente. Es un trabajo similar a bocetar una escena: el corazón de lo que sucedió y una idea que te surge a partir de eso. Después hay que ver como esas escenas se van conectando entre sí. En Mi libro enterrado, que es el libro sobre mi padre, se van enhebrando en presente y pasado. En El invierno con mi generación, es algo más lineal, aunque también es a partir de las escenas. Acá también es lineal, aunque se van interrumpiendo con fragmentos un poco más reflexivos, literarios.

— ¿Creés que es algo característico de tu generación la escritura breve?
— Es cierto que hay menos libros voluminosos, o que intenten reflejar una experiencia orgánica. Los hay, aunque quizás el último que lo hizo de gran manera fue Roberto Bolaño. Tanto él, como Mario Levrero, me parecen dos momentos claves para las letras sudamericanas, de los cuáles se van alimentando los nuevos escritores. Hacemos cosas chicas, sí, pero mirando esa épica íntima de Levrero y la generacional de Bolaño. A mí me costaría escribir un libro canónico, porque tampoco consumo mucho esa literatura.


Mauro Libertella


— Dijiste en varias ocasiones que tu generación fue la última que vivió el mundo analógico. ¿Pensás que ese consumo cultural -cine y televisión- tuvo algo que ver con esa escritura más breve de escenas?
 Puede ser, nunca lo había pensado. Somos la generación de los videoclips: MTV, CQC, El Rayo, esa lógica de la edición rápida, un poco salpicada, que pasa de la emoción al sarcasmo. Lo mismo pasa con Los Simpsons, que marcaron a toda una generación. También se entremezcla lo político, el vivir el 2001, todo eso tiene que ver con la escritura. No sabría decirte como eso se traduce en la escritura, pero sí me parece que es lógico que escribamos de lo que podemos dar cuenta, de eso que nos atravesó en su momento. Eso va en contra de lo que se piensa de la globalización, porque a pesar de nuestros consumos transnacionales, al final solo se puede dar cuenta de lo que a uno lo rodea.

Somos la generación de los videoclips: MTV, CQC, El Rayo, esa lógica de la edición rápida, un poco salpicada, que pasa de la emoción al sarcasmo. Lo mismo pasa con Los Simpsons, que marcaron a toda una generación.

— En Un reino demasiado breve se ve esa tensión entre el amor vivido como una experiencia única y, al mismo tiempo, cierta estereotipización de las relaciones, como si a todos nos pasara lo mismo. ¿Fue tu idea?
— Sí, eso es algo que me pregunto desde que empecé a escribir cosas basadas en lo autobiográfico: ¿en qué medida importa lo que me pasó o no me pasó? Hay una frase de Ricardo Strafacce muy buena que es “Si no sos Proust, no me cuentes tu merienda”, porque él está muy en contra de la literatura autobiográfica. Con esa frase no estoy de acuerdo de todas formas, porque me parece que hay cosas para contar y que sirven para un lector. Después están detalles y lo que uno ficcionaliza a partir de una experiencia de vida. Ese es un poco el truco de magia: la experiencia de alguien mezclándose con una experiencia universal, es algo que interpela, un choque eléctrico de planetas.

— Hay un dicho que dice “Si no te ocurre, no se te ocurre”, ¿a vos te pasa lo mismo?
— Me pasa un poco eso. En este libro, al escribirlo en tercera persona, me sirvió más para narrar cosas que no ocurrieron, aunque siguen estando cercanas a lo que sí pasó. En los otros libros no me lo había permitido y pensé que no me iba a salir. Lo que pasó en la propia experiencia lo siento verídico, real, algo que puedo habitar durante un tiempo, porque escribir un libro es habitar una materia que está viva durante un tiempo largo. Las ideas inventadas me parecen falsas, es una deformación de lector. Con César Aira me pasa un poco: me gustan mucho algunos libros y otros no tanto, me aburren. Tampoco es que uno tenga una vida donde pasa cosas extraordinarias, pero lo que uno descubre es que lo más importante está en el medio.



Mauro Libertella


— En varios reportajes hablaste de tu relación los libros y de tu padre, pero ¿cuál es tu relación con la poesía? Sobre todo teniendo en cuenta que también sos hijo de Tamara Kamenszain.
 Como muchos, empecé a leer literatura infantil. Después empecé a leer autores como García Márquez, Cortázar, que empiezan a generar una mayor fidelidad entre lector y autor. Después, leí cosas relacionadas a las Letras, pero nunca leí poesía, porque en la carrera y en la crítica hay muy pocos textos vinculados a la poesía. A mí me pasaba lo mismo, me era más fácil leer narrativa, hasta que en un momento se te abre la puerta de la poesía y ya no hay retorno. Es un trabajo superior con el lenguaje.

Me era más fácil leer narrativa, hasta que en un momento se te abre la puerta de la poesía y ya no hay retorno. Es un trabajo superior con el lenguaje.

— ¿Ella nunca te dijo nada al respecto?
—Mi mamá nunca me recriminó que no leyera poesía, ni me presionaba a hacerlo. Sin embargo, en un momento estaba atravesando una ruptura amorosa y mi vieja me dio tres poemas sobre el fin de amor, que aparecen en el libro. Como dicen que el tango te espera, algo así pasa con la poesía. Tiene que pasar algo que te lleve a leer eso, mi mamá fue muy tiempista, me dio la llave de la poesía. De todos modos, no sigo una lectura programática, opera cierta resistencia. Es un poco patético eso, porque cada vez que la leo digo “qué pelotudo, ¿por qué no leo más poesía?”. Lo último que me impactó fue Sharon Olds.

— ¿Qué panorama tenés de la literatura argentina actual?
— Es difícil, porque uno está en el medio de algo que está sucediendo. De por sí, la narrativa tiene una vara muy alta, porque hubo escritores que marcaron mucho. Me gusta mucho el estilo de algunos jóvenes, otros no tanto, hay mucha convivencia entre la generación anterior, la de los 90’s: Sergio Bizzio, Alan Pauls, Daniel Guebel. Otros siguen otra línea, como la de Sergio Olguín, Pablo De Santis. Hubo algo que funcionó bien entre ambas generaciones. Hay casos, como los de Hernán Vanoli, que sí confrontan más a los antecesores, pero mi naturaleza no es la de ir al choque. Yo los veo un poco como padrinos: Fabián Casas es un poco el tío copado de todos. De todas formas, no idealizaría a mi generación de narradores, no somos una generación dorada ni nada parecido. En el teatro sí veo que eso pase, y desde hace mucho tiempo. Ahí sí están pasando cosas que son de avanzada, una renovación de las formas. En la narrativa, siendo parte de eso, yo no veo que ocurra algo que renueve demasiado las formas. En los 80’s sí pasó en la música: estaban Charly, Fito, Spinetta, estaban todos.

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No idealizaría a mi generación de narradores, no somos una generación dorada ni nada parecido. En el teatro sí veo que eso pase, y desde hace mucho tiempo

— Por último, ¿qué consejos le darías a alguien que está empezando a escribir?
— Nunca fui a un taller literario, pero me parece que están buenos, porque te insertan en un circuito de gente que lee y escribe. Yo en ese sentido, la tuve más fácil. Obviamente, hay millones de talleres, debe haber buenos y malos, por supuesto. Sí me parece importante que el que de el taller literario no quiera que todos escriban igual que él o inculcar los mismos prejuicios que él o ella tenga sobre el mundo literario. Tampoco veo positivo que se genere una idolatrización del tallerista, como si los alumnos fueran groupies. También es importante leer, pero no creo que haga falta decirlo, es como una continuación natural del deseo de escribir. Sobre qué escribir, no hay ningún consejo, uno puede escribir lo que quiera, se derribaron bastante mitos, hubo autores que permitieron libertad. Aira es uno de ellos, claro.

— ¿En qué sentido se logró profanar?
— La literatura no es más el Grupo Sur y eso está bueno, porque se logró profranar lo que se daba por sentado. Lo mismo con Fabián Casas, por más que se le puedan criticar cosas, también ayudó a dar libertad. No es un mal momento para empezar a escribir, más si ves el panorama de editoriales independientes. Eso es algo que está buenísimo, que la literatura sea algo más cercano.

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