Lo que dejó el 8M: una construcción colectiva que paró el mundo

por Laura Verdile

El Segundo Paro Internacional de Mujeres superó ampliamente la convocatoria del año anterior. La jornada  evidenció el crecimiento del feminismo en el último tiempo, así como también la acumulación de las consciencias que desbordó todos los límites hasta alcanzar una masividad que atraviesa clases sociales y generaciones. ¿Qué trajo consigo la movilización?  (Foto: Nadia Díaz)



“Nos quitaron tanto que nos terminaron quitando el miedo”. Esa fue una de las tantas frases que resonaron el pasado 8 de marzo, y quizás una de las que mejor expresa un recorrido de lucha que, con el paro internacional, llegó a un momento histórico. La opresión y el disciplinamiento comenzó a resquebrajarse, de a poco, con cada nuevo grito contra la violencia machista, que cobró un impulso masivo a partir de la marcha por Ni Una Menos y que luego, con la jornada del 8 de marzo, volvió a resignificarse. La consciencia de las desigualdades se gesta desde hace años al interior de un feminismo que, en el último tiempo, desbordó sus límites y estalló hasta alcanzar a los sectores populares y a las generaciones más jóvenes.

La necesidad de lucha, de deconstrucción, del reclamo a viva voz para exigir políticas públicas y derechos durante tanto tiempo relegados ocupó espacios cada vez mayores dentro de la sociedad.

La necesidad de lucha, de deconstrucción, del reclamo a viva voz para exigir políticas públicas y derechos durante tanto tiempo relegados ocupó espacios cada vez mayores dentro de la sociedad. Abrió los ojos para cuestionar todo lo que se consideraba naturalizado al interior de la cultura machista y comenzó a desencajar estructuras que se consideraban inamovibles. No es un camino fácil: requiere de un proceso constante para desaprender el sentido común que nos fue inculcado y en el cual nos formamos. Pero una vez que los pasos están dados, volver atrás no es una opción. Las violencias ahora se ponen en palabras, prendiendo una mecha que contagia, que invita a arrancar el silencio de raíz, que llama a pararse contra las injusticias que sufren las mujeres solo por el hecho de serlo.

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Foto: Nadia Díaz



La convocatoria de este 8 de marzo superó con creces a la del 2017: el camino desde Plaza de Mayo hasta el Congreso se llenó desde temprano, horas antes de que comenzara la marcha, con cantos, banderas y cuerpos pintados, unidos bajo la sensación estar haciendo historia, de ser parte de un movimiento que busca cambiarlo todo. El miedo, el enojo se transformaron en un festejo colectivo, donde se entrecruzaron los deseos y los debates que comenzaron a tejerse tiempo atrás, como parte de la herencia que los Encuentros Nacionales de Mujeres fueron legando con los años. Fue el resultado de una construcción plural que se formó en las asambleas que se llevaron a cabo durante el mes de febrero en el barrio de Chacarita, provincia de Buenos Aires, y en múltiples espacios de barrios populares alrededor de todo el país.

El miedo, el enojo se transformaron en una fiesta colectiva, donde se entrecruzaron los deseos y los debates que comenzaron a tejerse tiempo atrás, como parte de la herencia que los Encuentros Nacionales de Mujeres fueron legando con los años.

El violeta y el verde tiñeron las calles, símbolos de la violencia de género y de uno de los reclamos que tomó un protagonismo clave en las últimas semanas: el derecho al aborto legal, seguro y gratuito. Los pañuelos en el cuello, en el pelo, los brazos, el pecho, las mochilas, fueron la expresión de una deuda pendiente con las mujeres, que está cobrando cada vez más visibilidad, al punto de que su debate en el Congreso se presenta, por primera vez en años, como una posibilidad mucho más factible. El trabajo que la Campaña está llevando adelante desde hace trece años se vio reflejado en los cuerpos y en los rostros de varias generaciones, demostrando la fuerza de la que el feminismo es capaz.

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Foto: Nadia Díaz



El documento, consensuado por distintas organizaciones y movimientos que debatieron de cara al 8M, evidenció el carácter internacional y dialógico del feminismo. Dio cuenta de una agenda de género que cruzó fronteras y que asume no solo las luchas nacionales, sino también las latinoamericanas, como parte de una historia común que, además, carga con el peso del ajuste neoliberal que pisa fuerte en la región. Demostró que las acciones de las mujeres, lesbianas, travestis y trans para hacer frente a la retracción de sus derechos requieren de articulaciones globales y de la revisión de la categoría de trabajo, como parte del reconocimiento a aquella productividad invisibilizada y mal paga.

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El 8 de marzo fue la máxima expresión de un camino que aún tiene mucho por recorrer, pero que avanza firme para erradicar las desigualdades funcionales al patriarcado y también al sistema capitalista. Fue el resultado del trabajo activo de feminismo por ingresar en espacios que antes eran inabarcables y que ahora se suman a la lucha por la equidad de género, siempre cambiante y en plena transformación.


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