El farmer: ecos de una figura controversial

por Laura Gómez

Juan Manuel de Rosas. Numerosas calles, avenidas, monumentos, parques y plazas han llevado –y llevan aún– su nombre, un nombre que no está exento de polémicas y profundas contradicciones. Se trata de un personaje tan ilustre como cuestionado en nuestra historia nacional. Pero, ¿quién fue realmente don Juan Manuel de Rosas? ¿Acaso fue aquel niño dañado por los severos rigores de su madre? ¿Fue aquel pequeño a quien desde edad temprana los peones llamaron el “amito”? ¿Fue aquel compañero fiel de la peonada o el jefe riguroso de los suyos? ¿Fue aquel estanciero tan diestro como despiadado? ¿Fue aquel caudillo que gobernó Buenos Aires como si de una estancia se tratara? ¿Fue aquel subastador de tierras públicas, entregador de las reliquias argentinas a las elites de buen apellido? ¿Fue aquel tirano mazorquero embanderado con los sanguinarios colores de la Federación? ¿Fue aquel señor de facultades extraordinarias, el gran Restaurador de las leyes que impuso el orden en tiempos convulsos de revuelta anarquista? ¿Fue aquel gobernante que enfrentó con firmeza los poderes extranjeros en defensa de la soberanía nacional?

El farmer, obra de teatro dirigida por Pompeyo Audivert, Rodrigo de la Serna y Andrés Mangone, no se propone acabar con esa pregunta inicial en una sola respuesta, sino exponer la figura de Rosas en todos sus matices y desplegar el inmenso abanico de cualidades de este prócer controversial, porque no ha sido una sola de estas cosas sino el producto todas ellas. El farmer está basada en la novela homónima de Andrés Rivera, y retoma uno de los conceptos más fuertes y más teatrales allí desarrollados: el doble mítico, tan trabajado por escritores de la talla de Dostoievski.

Aquí se presenta al Rosas joven (en la piel del genial Rodrigo de la Serna) y al Rosas viejo (encarnado por el legendario Pompeyo Audivert), en un encuentro letal. El Rosas de los triunfos y el Rosas de la derrota se reúnen en el exilio, en el desarraigo de la propia tierra que tantos de los nuestros han sufrido a lo largo de la historia. Se produce un choque entre la figura real y la figura mítica, casi fantasmal; se funden materia y espíritu. Un viejo encorvado, corroído por el tiempo, de andar cansino y sostenido por un bastón, coleccionista obseso de viejos documentos y cartas que ya a nadie le importan. Un galán de gran porte y espalda aún erguida, que viste su uniforme del Ejército y lleva el sable de la victoria. Todo eso ha sido Rosas. Todo eso hemos sido –y somos– nosotros. Mezcla descarnada de orgullo e hipocresías. El viejo Rosas se define como el “guardián del sueño de los otros”. ¿Cuántas veces habremos sido nosotros mismos los guardianes del sueño de otros? “Yo soy la identidad clandestina de la patria”, dice ese anciano resentido con aquellos que no supieron agradecer todas las dádivas por él otorgadas.

Aquí se presenta al Rosas joven (en la piel del genial Rodrigo de la Serna) y al Rosas viejo (encarnado por el legendario Pompeyo Audivert), en un encuentro letal. El Rosas de los triunfos y el Rosas de la derrota se reúnen en el exilio, en el desarraigo de la propia tierra que tantos de los nuestros han sufrido a lo largo de la historia.

Algunas palabras de los directores: “Rosas es la herida bautismal y clandestina que nunca cicatriza, la marca maldita que no ha podido ser extirpada de nuestra historia, la línea de sangre que nos une a la tierra, a la llanura, a lo argentino, en él se expresan nuestro parentescos convulsos con esta ‘región de nacimiento’”. Porque en ese proverbial mestizaje del que tantas veces hacemos gala, se esconden todas las contradicciones del ser nacional. Porque somos San Martín, Sarmiento, Rosas, Mitre, Rivadavia. Porque todos esos nombres están tallados en nuestra piel. Rosas nunca ha dejado de ser esa sombra que acecha desde el pasado y de la cual nunca nos hemos podido –o querido– librar.

La puesta de esta obra es magnífica. Puro teatro. Una escenografía en pendiente contribuye con toda su connotación significante a la historia del declive y la decadencia de esta figura mítica, al camino cuesta abajo que transita este hombre argentino, expulsado de su tierra hacia los pagos ingleses, recluido en un rancho de Southampton, una suerte de no-lugar, un limbo, el Purgatorio del Dante donde moran las almas errantes: un modesto portal, piso de madera, un escritorio, una silla y cientos de papeles que inundan cada centímetro cuadrado del lugar. El acompañamiento musical de los sugerentes sonidos de un cello en vivo a cargo de Claudio Peña va en el mismo sentido; coopera en la composición teatral como un elemento cohesionador y en perfecta consonancia con los distintos climas y momentos de la obra. La interpretación de los actores es magistral, impecable. Desde la potente proyección de sus voces (algo tan elemental como importante a la hora de la actuación) hasta el trabajo corporal y la perfecta encarnación de los parlamentos, brillan en su máximo esplendor. Es un gran alivio que en una obra tan literaria como esta, con la palabra en primer plano, las líneas no sean sólo dichas por los actores sino trabajadas desde su potencia conceptual, actoral y hasta melódica. Según los directores, la novela de Rivera registra resonancias shakesperianas y una gran potencia dramática, por lo que su teatralidad no fue difícil de hallar (mucho menos con actores de la talla de estos dos protagonistas).

La interpretación de los actores es magistral, impecable. Desde la potente proyección de sus voces hasta el trabajo corporal y la perfecta encarnación de los parlamentos, brillan en su máximo esplendor.

La interpelación al espectador es por momentos muy fuerte (a tal punto que algunos se retiran de la sala). En un momento de la obra, Audivert suelta: “Los gobernantes siempre podrán contar con la cobardía incondicional de los porteños”. Más allá del tiempo, esa línea resuena en la sala con una potencia actual, que se renueva como un eco gastado en el presente.

Algunos podrán objetar la extensión de la obra, pero, ¿acaso Rosas puede caber en 85 minutos? Finalmente, puede decirse que aquí se concreta aquella premisa que suele sostener Pompeyo Audivert en muchas de sus entrevistas: el teatro no como mero reflejo de la realidad sino como un verdadero piedrazo en el espejo, que sea capaz de desentrañar todas esas fuerzas poéticas que la realidad anida y -al mismo tiempo- oculta, para trabajar sobre lo más atractivo de esta enorme propuesta teatral: la sospecha acerca de la propia identidad.

Título: El farmer

Elenco: Pompeyo Audivert y Rodrigo de la Serna

Músico en escena: Claudio Peña

Dirección: Pompeyo Audivert, Rodrigo de la Serna y Andrés Mangone

Teatro General San Martín (Corrientes 1530): Sala Casacuberta

Duración: 85 minutos

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