La maestra de jardín: la belleza como resistencia

por Laura Gómez

Se dice que los primeros años del desarrollo de un niño son claves para su posterior crecimiento, tanto físico como intelectual. ¿Cuál es el rol de los adultos (padres y maestros) en ese período? La maestra de jardín, de Nadav Lapid, reflexiona sobre estos interrogantes, logrando una película cautivante. Conocé más de esta película francesa-israelí, a continuación.

Yoav, de 5 años, no es un niño común y corriente para su edad. Hijo de una madre que ha preferido abandonarlo para fugarse con su amante, y de un padre que parece estar demasiado pendiente de sus negocios como para dedicarle el tiempo suficiente, Yoav permanece la mayor parte del tiempo al cuidado de su niñera, Miri, una joven aspirante a actriz. La otra persona que se ocupa de él es Nira, su maestra de jardín: una mujer de familia que dedica su tiempo de ocio a tomar clases de poesía. Nira parece resignada a una vida sin demasiadas sorpresas, que pasa frente a ella mientras saluda maquinalmente a sus alumnos, los observa jugar en el arenero y los hace dormir en sus pequeñas colchonetas.

En esa rutina árida transcurren sus días hasta que descubre en Yoav un talento innato para la poesía, el extraño don de la palabra. Una o dos veces por semana, el niño anuncia a su niñera: “Tengo un poema”, y comienza a pasearse de un extremo a otro del patio de juegos dictando las frases que vienen a su boca como por arte de magia, casi en una pulsión inconsciente, puro instinto. Nira no tarda en advertir la poca importancia que el entorno del pequeño le asigna a sus magistrales producciones: para el padre, los versos son una tontería; para su niñera, sólo significan una puerta al estrellato, pues copia los versos de Yoav para luego recitarlos en sus audiciones como propios. Esta incomprensión exaspera a Nira, quien comienza a desarrollar un interés que rápidamente se transforma en ciega obsesión.

Yoav ha nacido en un mundo que odia a los poetas”, advierte Nira al padre, demostrando estar dispuesta a todo para combatir la indiferencia. Pero nadie parece hacerse eco de esa iniciativa. Entonces, la maestra decide estimular al niño creando imágenes y toda clase de expresiones sensoriales para avivar su mundo poético.

“Yoav ha nacido en un mundo que odia a los poetas”, advierte Nira al padre, demostrando estar dispuesta a todo para combatir la indiferencia. Pero nadie parece hacerse eco de esa iniciativa. Entonces, la maestra decide estimular al niño creando imágenes y toda clase de expresiones sensoriales para avivar su mundo poético. En este punto, cabe preguntarse: ¿hasta dónde resulta ética la intervención de un maestro en la vida de su alumno? ¿Qué clase de lazo psicológico puede o debe establecerse entre ambos? Nira ve en Yoav algo más que un alumno ordinario o un poeta; ella ve una oportunidad de trascendencia, acaso un escape. Como escribe Silvio Mattoni en Campus, “Nadie quiere pasar sin dejar huellas”.

La película de Nadav Lapid –por la que fue galardonado como Mejor Director en la última edición del BAFICI– nos propone una interesante mirada sobre lo alternativo, lo diferente, y el lugar que se le reserva a ciertas expresiones artísticas en el espacio social (tengamos en cuenta que Lapid aborda un retrato de Israel, aunque sus observaciones pueden extrapolarse casi a cualquier realidad del mundo donde impere el capitalismo con sus reglas siniestras). ¿Qué posibilidades existen hoy para que un niño desarrolle sus capacidades innatas en total plenitud? ¿Cómo actuar cuando se trata de un “niño prodigio”? En el siglo XVIII, el pequeño Mozart contó con el auspicio de las cortes y los reyes más importantes de Europa (proverbiales mecenas, acaso artistas frustrados complacientes con el talento ajeno). Hoy, tal vez, Wolfgang Amadeus sería desechado como “fenómeno”, “niño freak” o desgastado por la industria cultural.

La película de Nadav Lapid –por la que fue galardonado como Mejor Director en la última edición del BAFICI– nos propone una interesante mirada sobre lo alternativo, lo diferente, y el lugar que se le reserva a ciertas expresiones artísticas en el espacio social

Lapid constituye cada plano con extraordinaria sutileza. El relato parece sencillo hasta que nos adentramos en su composición; entonces comprendemos el atento trabajo con la cámara, la disposición de las figuras, la fuerza centrífuga que despliegan los personajes y los espacios trabajados, el dinamismo creado al interior de los bordes de un plano que nos remite hacia el “fuera de campo” constantemente. No podemos dejar de preguntarnos qué es lo que está quedando afuera, qué es lo que no vemos, lo que fue recortado, lo que se pierde en la selección. Hay algo que Yoav ve y nosotros no podemos. El foco parece estar puesto todo el tiempo en la protagonista, pero percibida desde los ojos del niño. Hay una gran cantidad de tomas que están trabajadas desde la altura del pequeño. Vemos retazos del mundo: zapatos, piernas, rodillas, caderas, hasta que Nira se inclina para ingresar no sólo en el campo visual sino en el mundo poético de Yoav.

Se nos propone entonces una mirada distinta del mundo, una mirada desde los ojos de la infancia, aunque no necesariamente teñida de inocencia. Aquí ningún personaje parece inocente; ni siquiera la maestra, aparentemente repleta de bondad. Ella es la única que logra captar el verdadero valor de los versos de Yoav, pero no será precisamente quien les de el mejor uso (pese a las acusaciones en contra de la niñera, ella también se vale del talento del niño para obtener algún reconocimiento que venga a distinguirla de la poesía sosa que producen sus compañeros del taller).

Se nos propone entonces una mirada distinta del mundo, una mirada desde los ojos de la infancia, aunque no necesariamente teñida de inocencia. Aquí ningún personaje parece inocente; ni siquiera la maestra, aparentemente repleta de bondad.

Se trata de la percepción de un niño que no entiende casi nada del mundo adulto que lo rodea y, sin embargo, puede trabajar esa ignorancia desde la belleza de las palabras. La maestra de jardín es una indagación de la estética desde la estética misma. Al igual que procede el poeta a la hora de tallar sus palabras en el ritmo cadencioso de la lengua, aquí el cineasta busca la belleza en cada plano, pule cada imagen y tornea cada tramo del material que vemos en pantalla. El rostro del niño, el cántico desaforado con sus amigos, el recorrido cíclico por los toboganes, las piernas recortadas de la maestra, los juguetes desperdigados por el arenero, la lluvia en el patio; todo adquiere una dimensión estética.

Tal como dijo hace poco la poeta Margarita Roncarolo en una entrevista para esta misma revista: “La poesía es un fragmento, una situación, un objeto, es este momento y nada más, se me borra todo el entorno (…) Por eso escribo poesía, porque el mundo se me aparece en retazos, pero un retazo en el que restalla el todo”. Y en esa sinécdoque se juega gran parte de la trama y la construcción estética de este film. Pero no se trata de la estética por la estética misma, sino como un auténtico acto de resistencia, como una proclama, como una pequeña rebelión frente a un mundo que ha decretado sus propios cánones y no admite ninguna clase de divergencia, de corrimiento, de escape. Un mundo en el que no hay lugar para la belleza e incluso está mal vista si no es, de algún modo, rentable o productiva. Pero mientras sigan apareciendo este tipo de declaraciones en el campo artístico, sabremos que no todo está perdido.

 

FICHA ARTÍSTICA:

Título original: Haganenet

País: Israel/Francia

Año: 2014

Dirección/Guión: Nadav Lapid

Edición: Eda Lapid

Música: Michel Emet

Reparto: Sarit Larry, Avi Shnaidman, Ester Rada, Guy Oren, Lior Raz, Gilad Ben David, Yehezkel Lazarov, Dan Toren

Duración: 119 minutos

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