Fenómeno GoT: ¿comieron perdices?

por Laura Gómez

El final de Game of Thrones abrió el debate hace varios meses. La espera se hizo larga, pero los seis capítulos de la octava temporada pasaron a la velocidad del ejército dothraki y dejaron sensaciones ambiguas entre los espectadores de la serie, con celebraciones efervescentes y decepciones profundas. Vale decir que el siguiente artículo está minado de spoilers.


“The winter is coming” (El invierno se acerca), “Valar morghulis/Valar dohaeris” (Todo hombre debe morir/Todo hombre debe servir), “You know nothing, Jon Snow” (No sabés nada, Jon Snow), “I drink and I know things” (Bebo y sé cosas), “¡Shame, shame, shame!” (¡Vergüenza, vergüenza, vergüenza!), “Dracarys” (Fuego), “A girl has no name” (Una chica no tiene nombre), “Not today” (No hoy). A esta altura debe haber poquísimas personas que desconozcan el origen de estas frases, porque Game of Thrones se comvirtió en un auténtico fenómeno mundial sobre el cual la mayoría tiene conocimiento y alguna que otra opinión, incluso sin haber pasado por los libros o la serie.

Muchas de esas frases aparecen estampadas en remeras que los fanáticos lucen (o lucían) con el pecho erguido, pero también tienen el potencial de sintetizar buena parte de la trama argumental de Game of Thrones, porque —al menos en las primeras temporadas— los guionistas respetaron fielmente el material original creado por George R. R. Martin, y en los parlamentos replicaron textualmente muchas de las líneas que aparecen en los tomos y que configuran el corazón de la saga.



Desde el inicio de esta gran aventura televisiva —allá por el año 2011— el autor de Canción de hielo y fuego, los guionistas David Benioff y D. B. Weiss, y el equipo de HBO liderado por Bernadette Caulfield han logrado lo que hasta el momento parecía improbable (o directamente imposible) dentro de las reglas que rigen el mercado televisivo: adaptaron exitosamente una novela que ya contaba con sus propios laureles en el mundo de la literatura fantástica, llevaron esa historia a la pantalla chica con un casting (en líneas generales) a la altura de las circunstancias, elevaron la vara de la ficción televisiva a nivel mundial, crearon un círculo de espectadores fidelizados, aumentaron el interés por los libros y modificaron sustancialmente las prácticas de consumo cultural.

Varios elementos positivos atraviesan el fenómeno GoT y lo definen, así que antes de señalar los desatinos de la(s) última(s) temporada(s) valdría la pena mencionar algunos de esos grandes aciertos. Lo que se generó alrededor de esta serie fue sin dudas lo que todos reconocemos como “fanatismo”. Pero, ¿fanatismo hacia qué o hacia quiénes? Un dato curioso es que ese fanatismo no giraba en torno al star system o a los personajes que estos actores/actrices interpretaban (al menos no exclusivamente). Por el contrario, la mayoría de fans destacaba la narrativa, la épica del relato, su mística. GoT en términos de historia. Ni GRRM, ni D&D, ni los efectos, ni Emilia Clarke, Kit Harington, Peter Dinklage, Sophie Turner o Maisie Williams. El relato estaba por encima de todo.



Otro de los hechos novedosos fue la modificación de las prácticas de consumo cultural. Frente al avance de los sistemas on-demand con propuestas cada vez más individualistas pensadas para quedarse en casa con la bata, unas buenas pantuflas y un balde de pochoclos, GoT generó la necesidad de compañía al momento de la expectación. Ver los capítulos en soledad o encerrado entre cuatro paredes dejó de ser la mejor opción: se habilitaron bares con el paquete HBO, livings con amigos, cenas en familia, juntadas posteriores para sufrir y celebrar colectivamente, y grupos de whatsapp simultáneos para hacer catarsis. La serie cambió radicalmente los modos de fruición de bienes culturales que hasta hoy se consumían de manera individual, atomizada y en la más absoluta virtualidad.

Tampoco se puede pasar por alto el componente político de GoT porque, al fin y al cabo, todos los personajes y capas narrativas están atravesados por el poder. Al hablar de Game of Thrones inevitablemente se discute sobre el juego político (incluso los más reacios a este tipo de debates). Discutir sobre quién se sentará en el Trono de Hierro o de qué manera lo conseguirá supone también echar luz sobre una serie de cuestiones ligadas a la política: poder, traición, disputas, grupos, intereses, motivaciones, costos y recompensas. De todos modos, viendo la última temporada podría decirse que muchos de esos tópicos fueron desaprovechados o directamente borrados de un plumazo en nombre de la corrección política: los liderazgos fuertes (muchos de ellos encarnados por mujeres) quedaron  diluidos para condensar el poder en un personaje que hacia el final aparece totalmente deshumanizado en virtud de su incalculable sabiduría.



La pregunta central es: ¿qué sabor les dejó a los espectadores la última temporada en términos de relato? Decepción, indignación, enojo, ira, rabia, tristeza, amargura son algunas palabras que las redes sociales replican desde el domingo pasado. Muchos de los espectadores se sintieron defraudados porque los guionistas decidieron abandonar el barco de Martin a último momento y, como consecuencia, el producto final perdió buena parte de esa épica que podía encontrarse en las primeras temporadas (sustentadas, además, en las piezas literarias). Quien escribe acuerda con estas observaciones.

El fenómeno GoT arranca con un capítulo memorable e imposible de soltar, porque, ¿cómo dejar de ver una serie en la que tiran a un pibe por la ventana en el primer capítulo? Sin embargo, desde ese inicio hasta la fecha pasó mucha agua bajo el puente y más de un fanático quedó varado en la desilusión. Desde el punto de vista argumental, el desenlace no fue del todo desastroso porque la mayoría de los cierres de alguna manera estuvieron planteados desde el inicio y el foco siempre estuvo puesto en el periplo de los miembros de la casa Stark: al principio los vimos disgregarse y padecer innumerables sufrimientos; al final asistimos al esperado reencuentro y sus respectivas recompensas (?).

Bran se queda con el trono (¡bien por él!); este fue uno de los giros más inesperados pero de algún modo es para lo único que podía estar destinado un personaje bastante marginal que en algunas temporadas ni siquiera aparece. Sansa se independiza de los Siete Reinos y lidera el Norte; y tanto defensores como detractores acordarán que su mayor deseo siempre fue convertirse en una lady de corona y vestido, aunque llega a ese lugar tras una dura experiencia que la prepara para enfrentar los desafíos del poder. Arya descarta una vida en el Norte o en King’s Landing bajo el liderazgo de sus hermanos, y se aventura hacia el Oeste para descubrir tierras desconocidas (¿de justiciera a colonizadora?); quizás dejaron la puerta abierta para el posible regreso de uno de los personajes más queridos de la serie. Jon (sí, ya sabemos que es un Targaryen pero también fue concebido por Lyanna Stark, así que en nombre del fin del patriarcado vamos a incluirlo en este párrafo) tuvo un final mucho más ingrato pero no por ello menos coherente. El personaje termina donde comienza: la Guardia de la Noche. En la primera temporada viaja a la Gran Muralla por voluntad propia, en calidad de bastardo; esta vez es exiliado bajo el triste mote de “asesino traidor”, aunque con mayor conocimiento sobre su propia identidad. La última escena lo pinta como un hombre libre que se convierte en el líder del pueblo salvaje.



El resto parece no haber corrido la misma suerte. ¿Qué pasó con Daenerys Targaryen, Rompedora de Cadenas y Madre de Dragones? ¿Jaime Lannister, el Matarreyes? ¿La malévola Cersei? ¿Qué pasó con el agudísimo Tyrion? ¿Lord Varys, el gran Maestro de los Susurros? ¿Samwell Tarly, el Gran Maestre? ¿Qué pasó con Brienne de Tarth, la leal guerrera? ¿Son puro decorado? Imposible porque la historia de Game of Thrones no hubiese sido lo que fue sin la intervención de esos personajes. No obstante, a la hora del cierre los guionistas no supieron encontrar arcos más definidos para ellos. Nadie pretendía un final al estilo “fueron felices y comieron perdices” porque hubiese sido completamente inverosímil, alejado del tono de la serie. Todos sabían que habría sangre, hielo, fuego, asesinatos, traiciones, complots y crímenes aterradores, pero… ¿adónde quedó la coherencia narrativa, el ritmo del relato?

Haciendo una síntesis despiadada: Danny se convirtió en una loca tirana y genocida en tan sólo dos capítulos; sus decisiones siempre fueron polémicas y desde aquella visión en la segunda temporada algo se venía amasando, pero al ver el arco del personaje da la sensación de que lo hubiesen arrebatado a fuego intenso (justamente). Jaime y Cersei merecían algo mejor que una roca sobre sus cabezas: él una redención más digna que dé sentido a aquella decisión de ir a pelear al Norte contra los caminantes, y ella sin dudas un final mucho menos piadoso. La pobre Brienne quedó atrapada en una novela rosa de la que siempre intentó huir, llorando por el amado en su corcel que vuelve a los brazos de “la otra”. Varys acaba rostizado por Drogon después de advertir con lujo de detalles lo que más tarde sucedería. Sam termina en un rol completamente relegado, proponiendo una salida democrática de la que todos se mofan. Y Tyrion al frente de una mesa chica cerrada a último momento, antojadiza, con personajes que habían quedado colgados en los últimos capítulos y que fueron incluidos de manera forzosa (Yara Greyjoy, Edmure Tully, Robert Arryn, Bronn).

El final dejó un sabor amargo en la mayoría de los espectadores, pero vale la pena señalar que buena parte de esas críticas (nos referimos a aquellas capaces de ir un poco más allá del “me gustó, no me gustó” o “mataron al Fulano que amaba, dejaron vivo al Sultano que odiaba”) están sustentadas en un análisis mucho más sutil y profundo de lo que solía verse hasta ahora. Gracias a la crítica especializada, los youtubers, los grupos de discusión, las redes sociales y otras tantas herramientas de la era digital se han democratizado algunos conceptos interesantes para debatir la calidad de una serie. Los criterios de verdad ya no reposan en una elite reducida que monopoliza la palabra. Hoy muchos espectadores hablan en términos de relato, arco de personajes, psicología, construcción, caracterización, interpretación, ritmo narrativo, planos, tomas, calidad de efectos visuales, puesta de cámara. Este es uno de los mejores saldos que ha dejado GoT, una serie que sin dudas elevó la vara de los productos televisivos en general y del género fantástico en particular, empoderando la ficción. Pero en el juego de tronos, ya se sabe, se gana o se muere.

TAMBIÉN TE PUEDE INTERESAR