Reflexiones sobre el genocidio argentino

por Giuliana Sordo

A 41 años de la última dictadura cívico-militar, en un nuevo aniversario en el que se conmemora el golpe de Estado y se rechaza contundentemente lo sucedido, es necesario empezar a cuestionar las formas con las que se denomina ese hecho terrible de la historia argentina. Entenderlo como genocidio, con sus responsables concretos, es parte de una disputa contra el mismo poder que sigue imperando hasta el día de hoy.


“Proceso de reorganización nacional”, “terrorismo de Estado”, “golpe”, “plan sistemático”, entre muchas otras, son formas de denominar el genocidio sucedido en nuestro país. Si bien todas tienen validez, a la hora de poder plantear sobre la mesa las consecuencias que siguen operando en la actualidad, hablar de genocidio nos permite tejer nuevos análisis que palabras como “proceso” clausuran porque, además, es la autodenominación que los propios perpetradores eligieron en este caso. 

La importancia de las palabras para denominar ciertos sucesos históricos pueden ser radicales. A través de ellas se puede contar la historia desde las voces oficiales – aquel poder que planificó y ejerció el genocidio – o desde los pueblos. La disputa se trata, entonces, del sentido que se le dé a los términos que refieren a un hecho que quebró a una generación y a las posteriores.



El genocidio argentino

La dictadura cívico-militar, aquella que se instaló con la plena intención de modificar el modelo económico en el cual el país se fundaba, necesitó perseguir, secuestrar, torturar y exterminar a todos los grupos o sectores que representaban una oposición a concentrar la riqueza en pocas manos. Ese plan sistemático fue un genocidio apuntado específicamente a eliminar a uno o varios grupos de una misma sociedad.

La dictadura cívico-militar, aquella que se instaló con la plena intención de modificar el modelo económico en el cual el país se fundaba, necesitó perseguir, secuestrar, torturar y exterminar a todos los grupos o sectores que representaban una oposición a concentrar la riqueza en pocas manos. Ese plan sistemático fue un genocidio.

Denominar a toda esa sucesión de hechos que buscaron masacrar al pueblo como genocidio es necesario y fundamental, porque así se exponen todas las consecuencias económicas que se padecen hoy, además de la represión brutal a la militancia organizada y en pie. Entonces, categorizar la dictadura de esta forma es una forma de condimentar la memoria para que ésta sea realmente activa.

También, en el ámbito jurídico abre un abanico de posibilidades que la categorización de delitos de lesa humanidad no. Es decir, cuando hablamos de delitos de lesa humanidad hablamos de individualidades que se diluyen en el amplio espectro de una sociedad, relativizando lo que realmente sucedió e instalando la idea de que realmente le podría haber tocado a cualquier persona. Pero cuando se habla de genocidio se refiere al exterminio de un grupo concreto. El genocidio implica conciencia, planificación, estrategia, racionalización apuntada específicamente a eliminar a sectores puntuales de la sociedad: militantes, estudiantes, obreros organizados.


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Hablar de una cosa u otra, o mencionar a la dictadura de ciertas formas y no de otras, construye un sentido que se puede volcar en beneficio del poder o de la historia de los pueblos. Por eso, hablar de genocidio escupe en la cara a quienes intentan justificar la dictadura cívico-militar como una guerra, como excesos o como simples locos que se les fue un poco la mano.



Las consecuencias planificadas

Las reflexiones sobre la dictadura cívico militar, en especial la que viene desde los grandes medios, suelen esquivar las consecuencias que siguen persistiendo en la actualidad. Ni hablar de quienes exponen abiertamente que se debe abandonar estas discusiones porque pertenecen al pasado o porque no tiene sentido seguir poniéndolas en debate. Hoy, estas ideas sobre lo sucedido se proclaman desde el gobierno de turno.

El objetivo del genocidio es la población en su totalidad. Toda la sociedad es víctima del exterminio planificado y la neoliberalización económica, en principio, porque eliminaron a una generación de cuadros políticos y militantes que buscaban un cambio social. En segundo lugar, porque hay grandes grupos económicos que están, o se mantienen, en el poder gracias al genocidio.

Sin embargo, es necesario profundizar en esto. El objetivo del genocidio es la población en su totalidad. Toda la sociedad es víctima del exterminio planificado y de la neoliberalización económica, en principio, porque eliminaron a una generación de cuadros políticos y militantes que buscaban un cambio social. En segundo lugar, porque hay grandes grupos económicos que están, o se mantienen, en el poder gracias al genocidio. Estos ejes permiten entender los efectos que la dictadura cívico-militar provocó en todo el pueblo argentino.

El mensaje del genocidio, y el que se buscó propagar, es ulterior a su cometido. Su objetivo principal no es para aquellos que detuvieron, desaparecieron y asesinaron, irremediablemente, en su accionar, sino que el mensaje es para los que sobreviven, con el fin de disciplinar a una sociedad y para evitar todo tipo de resistencia a la acumulación de la economía en pocas manos. A 41 años, la respuesta al horror y a la miseria planificada es, en principio, disputar el sentido simbólico de denominar a la dictadura como genocidio (y a sus perpetradores, genocidas) y , en segundo lugar, levantarse firmes y ejercer la resistencia contra aquel poder que sigue persistiendo, ocultado detrás de los grandes medios y el poder político.



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