Crónica de una aventura en Valencia

por Alejandra M. Zani

Primera semana: Russaffa

Todavía no caigo. Estoy aquí. Hace dos meses mi vida era tranquila: tenía un puesto fijo en una revista, un proyecto de vida, una relación a cuestas y una encaminada, y una carrera que prometía mantenerme enamorada. Ahora, casi sin aviso previo, sesenta días después, aquí estoy, parada en medio del Russaffa en la puerta de un hostel que parece venirse abajo y toda una vida de sorpresas que se me desborda por delante. El Russaffa es el barrio que está de moda en Valencia: entre clásico y alternativo, entre bohemio y multicultural, un poco de música y otro poco de libros dan vida a sus calles angostas. Frente al hostel está el mercado de especialidades mediterráneas, de olores cargados de especias, de frutas y verduras de tamaños exasperantes. Esa explosión de colores atraviesa todos mis sentidos sensoriales y me provoca alguna sensación de incomodidad que no consigo expresar del todo. Desde la ventana del segundo piso del hostel sin escaleras, con el ventilador a medio andar y los 30° del septiembre español, miro la luna como una uña amarilla incrustada en el cielo. Aunque la metáfora sea asquerosa, aún así me parece hermosa e inalcanzable. Respiro aires de otro mundo y comprendo que estoy lejos de casa, de todo lo que me mantenía segura, anclada a algún nombre y a algún lugar. Siento una sensación de vértigo en mis pulmones, algo que me oprime y que se debate entre ser un abrazo nervioso pero lleno de emoción. No tengo demasiado tiempo para pensar, de todos modos. Camino alrededor de 12 horas al día, de acá para allá, trámite tras trámite, para tener el bendito NIE que es como la puerta de una “ciudadanía” temporal. Camino de departamento en departamento, de policía en policía, y mientras, trato de retener todo el universo de estímulos en mis pequeñísimos ojos que apenas y pueden abarcar una porción de la realidad: el resto es solo el eco de mis recuerdos. Para no perder la costumbre de mis noches argentinas, bajo a la calle y camino hasta encontrar ese bar acogedor que me promete una buena cerveza fría y unas “tapas” mediterráneas que me recuerdan que acá no hay maní ni choripán.

Pasaron cuatro días y conseguí el NIE, un teléfono con número español y un departamento. Camino por la Plaza de Toros y recuerdo que anoche estuve allí dentro, en el Oktoberfest de Valencia, una imitación un poco barata de aquél Oktoberfest al que todos queremos ir. Como un flash me veo bailando arriba de una mesa, al lado de alemanes e irlandeses, otro poco de españoles que nunca se quedan atrás, y quiero saber el nombre de esa canción que no me deja en paz. “Hey chipirón”… Me olvido del asunto, lo espanto como a una mosca que revolotea pesadamente cerca del oído, y alejo de mí esa pegajosa canción. Sigo andando con los ojos de quien todavía es turista: me detengo ante cualquier olor que me llame la atención, cierro los ojos bajo el sol, dejo que me atraviese el calor espeso de la tarde, que me evapore la cerveza de la sangre, que me invada esa nacionalidad que no es mía pero que pronto será casi mía, encarnación y recreación de una vida singular y extraña a la vez. No siento que nada aquí me pertenezca aún: no podría llamar a este mi hogar. Pero tengo dos buenas compañeras de viaje, con ellas hago y deshago todo este camino, y me siento segura para empezar el resto de una gran aventura.

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El resto de una vida…

Avenida Blasco Ibáñez 125. Me lo repito hasta memorizarlo. Es la dirección de mi nueva casa. Tiro la valija, me quito toda la incomodidad, observo mi nueva cama pequeña contra la pared, mi lugar establecido, la mesa grande del living, la cocina donde tanto iremos a cocinar, entre charlas de borrachera y medianoche, entre debates exasperados acerca de todos esos que pasan por nuestra vida, que ayer eran desconocidos y hoy aprendemos a llamar “hermanos”, a veces amantes, a veces amigos. Respiro aires de mar, aires de sal, y me nacen ganas de ir a nadar por el mediterráneo. “El mar purifica todos tus problemas” me dice Pau, una de mis compañeras de viaje. No le creía hasta que lo confirmo. El agua me refresca, me quita el estrés, me tapa los oídos con sonidos de ultramundos, con historias submarinas en otros tonos, con otros bajos, en otros colores. Unos amigos argentinos viven en frente a la playa Malvarrosa. Ellos fueron exiliados, como muchos otros, del 2001. Desde entonces viven una vida errante, de aquí para allá, y acá terminaron, en el mismo lugar que yo, en un departamento en el Cabanyal (barrio de gitanos) con una perra a la que llaman Clarita. Clarita siempre mueve la cola cuando me escucha llegar al último piso en el ascensor. Subimos a la terraza y abrimos un vino debajo del cielo cubierto de estrellas. El ruido del mar acompaña la guitarra criolla y tocamos un par de temas argentinos que nos embriagan hasta el amanecer.

Todo queda cerca de nuestra casa: la universidad, Plaza del Cedro, el quiosco de la argentina, los 100 montaditos… Es como intentar resumir a toda España en una sola y larga avenida. Hay un plan para cada día: los lunes hay cena en Bocadelia, los martes lectura de poesía en el Kafcafé, los miércoles son de Rumbo, los jueves de Le Premiere, los viernes cena con amigos y caipirinhas, los sábados le pertenecen a La3, y los domingos a bajar un cambio en la playa con un mate y otras infusiones internacionales. Me sorprende lo rápido que este lugar se convierte en mi lugar, lo acostumbrada que estoy a sus calles, al Mercadona y sus productos baratos, a los árboles que se confunden con mis rulos en el viento, a mi despistado andar que intenta seguir el ritmo de algo que va más allá de mí, que me supera, que no comprendo pero que me nace de adentro y no puedo quitármelo sin dolor. Como cada tarde, voy andando hasta el río. Veo la Ciudad de las Artes y las Ciencias de fondo, el monstruoso bloque modernista que atraviesa el lugar más verde de la ciudad, y me parece un contraste maravilloso. Me recuesto cerca del río que no es río porque desviaron su cauce hace ya mucho tiempo; dejo que un perro juegue conmigo, que su dueña se siente a mi lado, que me pregunte de dónde vengo, que me hable en valenciano aunque me cuesta más comprenderla, que me invite un cigarrillo y más tarde una cerveza, que me pase su celular, que después volvemos a hablar más tarde, que otro día hacemos algún plan de esos como ir a Mya o a Umbracle a bailar. Y como quien no quiere la cosa, la luna llena ya en el cielo, vuelvo andando al que ahora es mi hogar.

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Me junto con mis compañeras de viaje. Decidimos ir a un festival en Benimaclet, el barrio joven, el barrio cultural, el barrio alternativo de nuestro lado de la ciudad: Confusión festival. Todo el barrio abre las puertas de sus casas. Cada casa es una cueva de arte: en sus terrazas llenas de banderines de colores cantan artistas invitados de toda España y algunos de otras partes del mundo; artistas plásticos que exponen allí sus cuadros, sus poesías, su arte. Compro una cerveza que no sale más que un euro y me saluda una chica con ojos de amistad. Me dice que cantó conmigo, un par de noches atrás, en esa fiesta de la playa. La recuerdo: es la chica de la voz grave, pesada, esa voz que se nos queda pegada al cuerpo y nos paraliza con todo su peso hasta que deja de vibrarnos en las venas. Me invita a “la horta”, la llaman “la nave”, allí habrá un festival de Jazz, un Jam de música. El tiempo pasa y yo me muevo a través de él. Pasa volando mientras yo voy caminando con una liviandad que casi se parece al vuelo de un mirlo en la noche, oscuro, con su sombra imperceptible para todos menos para los ojos de la luna que escribe todas las historias. Llegamos a la horta, la nave. Me recuerda un poco a esos festivales del Abasto o de Almagro, a esos que toman las calles, que improvisan canciones y payasos, choripanes, fasos y chicos bailando. En el escenario está el viejo hawaiano de la noche de rock n roll en los bares de Plaza del Cedro, me saluda desde el escenario, lo saludo de nuevo. El cielo negro y toda su noche me atrapan, me consumen hasta dejarme envuelta en un ensueño casi ciego, en una vida que parece una ilusión, y olvido por qué o para qué estoy ahí. Por primera vez en mi vida, en toda mi vida, cierro los ojos y me permito vivir el instante.

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Y en un abrir y cerrar de ojos…

Me despierto y ya pasaron seis meses. Ya no tengo mi casa. Estoy parando en esta otra casa que es también como la mía, la de los chicos brasileros de Ciencias sin Fronteras que nos abren sus puertas por unos días hasta que sea el momento de decir adiós por quién sabe cuánto tiempo; hasta que tengamos que vernos las caras quién sabe si por última vez; hasta que tengamos que bailar toda esa música de éxtasis emocional y quedar derrotados en el suelo una vez más, queriéndonos para siempre y sabiéndonos finitos. Felipe me mira a los ojos, sonríe con ellos, sonríe conmigo. Me mira, me abraza y me dice: vive el instante. Cierro mis ojos, miro por su balcón y veo, muy a lo lejos, detrás de la Avenida Blasco Ibáñez, mucho detrás de los árboles y los edificios, de lo verde y de lo gris, a la impactante Ciudad de las Artes y las Ciencias en todo su esplendor. La veo distante y lejana, la veo con los ojos de quien ha vivido acá toda su vida y se irá para siempre. El sol de invierno parece sol de primavera. Las flores rosas llenan de color la avenida. Tanta hermosura me ensancha el corazón, me lo oprime, me deja casi escurrida ahí, en una historia que sé que está a punto de terminar y que me llevará con ella por donde bajan los caminos hasta una alcantarilla donde todas las aguas nos vuelven a unir. Y aunque sé que el destino es algo extraño, siento que toda esa gente volverá a pasar a través de mí, de mi cuerpo y mi memoria, de mis recuerdos y todo lo que me espera por recordar. Pienso que los voy a extrañar. A esos desconocidos que ahora son mis hermanos, mis amigos, que me prestan su casa, que son la mejor versión de lo que soy. A este lugar que me prestó noches de monstruos, noches de estrellas y guitarras, noches de amor, de locura y de muerte.

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Me miro en el espejo y me veo igual que hace seis meses. Nada cambió en mí. Algo en mi reflejo, sin embargo, es sustancialmente diferente y no comprendo aún qué es. Miro a los ojos a Pau y a Clemen. Por suerte no estoy sola, pienso. Por suerte tengo a estas dos hermanas y compañeras que caminan a mi lado, que se paran si tropiezo, que me esperan si me caigo.  Sé que aunque no lo digan están sintiendo lo mismo que yo. Por suerte no estoy sola, pienso. Miro hacia adelante y me preparo para volver a Argentina. Quizás alguna casa vacía y lejana, con alguna familia distante y ajena, todavía me esté esperando allí.

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