Al este y al oeste

por Lucía De Dominicis

El guía se acomoda su sombrero verde militar (el sombrero de su disfraz de guía) y nos mira. – ¿Un sábado? ¿Un sábado a Ciudad del Este piensan ir? Los fines de semana se llena de brasileros y argentinos que cruzan la frontera, yo no se los recomiendo. Tendrían que salir antes de las 8 de la mañana… y ahí es muy inseguro para que vayan solos, mucho robo, mucha estafa… – nos dice, mientras busca en su bolsillo un folleto. – Nosotros los llevamos, les mostramos por donde ir y en dos horas volvemos sin ningún problema -. Señala un punto en el folleto: “Excursión a Ciudad del Este (Paraguay): $80 por persona”. La construcción del miedo a lo desconocido empieza a tener sentido cuando cada asiento ocupado en un viaje de tan sólo 15 kilómetros se convierte en unos cuantos billetes. Sonreímos para agradecer su supuesta cortesía mientras damos un paso atrás. Otro paso para enunciar la gastada frase “cualquier cosa le aviso”. Uno más y ya nos alejamos. Otro y él ya se fue.

Ciudad del Este es considerada el mayor centro comercial de Sudamérica y en el mundo sólo es superada por Hong-Kong y Miami. El imán para los turistas (o para cualquier otro tipo de comprador compulsivo) es el simple hecho que en este punto de Paraguay no se cobran impuestos, por lo que se puede conseguir una gran variedad de artículos a un precio mucho más bajo que en el resto de los países vecinos. Su cercanía con las ciudades anfitrionas de las maravillosas Cataratas del Iguazú hace que visitantes de todo el mundo se acerquen a comprar a este lugar.

Hacía calor esa mañana, pero las nubes llovían un poco para refrescar a los turistas. El colectivo que cruza la frontera entre Brasil y Paraguay se iba llenando cada vez más de gente que arrastraba enormes bolsas vacías. A medida que nos acercábamos, el tránsito se transformaba poco a poco en un caos total. En un momento, el colectivo dejó de avanzar. El jeep del safari hunde sus ruedas en un pantano y los turistas no pueden salir. Los pasajeros que conocen la selva bajan a internarse en ella. Los que no, esperamos. La gente caminaba entre los autos y colectivos, en una procesión interminable hacia la Catedral de las Compras. Cruzaban la frontera sin abrir sus bolsos ni mostrar sus documentos. A los costados de la ruta, dos carriles de la mitad del ancho habitual llaman la atención. Por estos van únicamente motos amarillas: moto-taxis. Cruzan a los turistas de un lado al otro de la frontera a máxima velocidad y sin preocuparse por frenar en la aduana. Fácil y rápido.

Ciudad del Este es una ciudad sin nacionalidad, sin fronteras, sin banderas. No tiene idioma, sólo una mezcla desequilibrada de portugués, español y guaraní. Las calles son angostas y los autos se apilan por la falta de espacio. En Ciudad del Este hay un local pegado al otro, una galería al lado de otra, a lo largo de cuadras y cuadras. En las veredas se amontonan puestos callejeros que tapan con sus toldos la luz del sol. Interminables pasillos oscuros donde se ofrecen desde imitaciones de zapatillas importadas hasta picanas eléctricas para defensa personal. Además hay vendedores ambulantes, mejor dicho niños descalzos, parados allí, expectantes, esperando a los turistas para ofrecerles ofertas increíbles: pedazos de plástico que simulan ser pendrives. Se dedican a seguirlos hasta que digan que sí (por convencimiento, por miedo o por hartazgo). Hacer contacto visual con cualquier persona en esas calles significa estar interesado en el producto que venden. Por eso, en Ciudad del Este la gente no se mira a los ojos.

Dicen que las galerías son los lugares más seguros para comprar, aunque muchas veces es difícil confiar en los productos y, sobre todo, en sus vendedores. Cada galería está custodiada por guardias de seguridad con armas de guerra, que no tienen vergüenza de mostrar. Las exhiben, como niños con sus juguetes nuevos, brillantes y amenazantes. Los turistas al verlos respiran aliviados. Las galerías son grandes shoppings que se especializan en distintos artículos: celulares, cámaras de fotos, computadoras, etc. Mucha de la mercadería es nueva, pero también hay artículos fallados que son reparados y vueltos a poner en circulación. Los productos no tienen una etiqueta con su precio. Los vendedores arman el precio según el comprador y es responsabilidad de este último convencer al primero de un precio conveniente para ambos. Todo suele tener garantía, pero no siempre en el país del que el turista viene. No importa qué sea, el vendedor siempre asegura que los productos son de la mejor calidad. Por eso es tan difícil confiar.

La gente sale de las galerías con bolsas plásticas negras a punto de reventar. En la calle venden grandes bolsas de un metro de alto para facilitar la carga de las compras. Las compra gente que gasta miles de dólares y las vende gente que no tiene nada. Nada de nada. Y el contraste a nadie le importa. Todo parece tener sentido, estar armado para ser así. Los chicos descalzos que te siguen para venderte no te roban. Saben que si roban se termina el negocio para todos. Para los que tienen mucho y para los que no tienen nada. Nada de nada.

Pasan las horas y la basura de los vendedores y de los turistas se acumula en el piso. Cuando sean las cinco cerrarán los negocios, se irán los turistas y otros pasarán a ser los dueños de la ciudad. De esa ciudad que no es de nadie. Nos subimos al mismo colectivo que nos trajo. De vuelta al mismo caos. Esta vez al pasar por la aduana sube un empleado a revisar. Busca caras de turistas con compras para cobrarles por la mercadería. Les quiere cobrar pero se conforma con una coima. En el Puente de la Amistad todos somos amigos y a un amigo se la dejo pasar. El colectivo arranca despacio y volvemos a una realidad completamente distinta: la realidad de las maravillas naturales en vez de las materiales. La limpieza contra la suciedad. La luz de las pasarelas contra la oscuridad de los pasillos. El contraste siempre nos hace pensar. Ciudad del Este, un gusto, algún día nos volveremos a encontrar.

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