Lollapalooza: música y capitalismo salvajes

por Gustavo Yuste

El festival que tanto se esperó en el país, por fin llegó y dejó recuerdos musicales varios que quedarán en la memoria colectiva de los seguidores de las distintas bandas que participaron del evento. Eso, que no es poco, al módico precio de sacarnos toda la plata posible. A fin de cuentas, ¿qué se busca? ¿Público o consumidores?

Antes que nada: el repertorio musical y su calidad no forma parte de esta reflexión, si se la puede llamar así, por varios motivos. Para empezar, y principalmente, no me considero un experto en el tema ni una voz autorizada para emitir juicio de valor sobre calidades musicales. Segundo, y de la mano, los gustos en materia artística son tan subjetivos que no vale la pena exponer los propios. Tercero y último (aunque la lista podría continuar), porque aquello se puede encontrar en muchos otros sitios y, seguramente en varios casos, en mejores palabras. De algo estoy seguro, en esas notas no se va a poder encontrar lo que se pretende discutir en esta.

Entradas que salieron desde $550 (en casos muy reducidos) hasta más de $3000 (en el caso de los VIP). Contratos con sponsors y empresas varias. ¿Realmente hace falta cobrar un agua o un pancho el triple de lo que salen en cualquier otro lado? ¿Se puede especular tanto con la necesidad de ese público que quiere escuchar música? ¿Por qué lo consumimos igual, si afuera no lo haríamos?

Un festival que desde toda su maquinaria publicitaria promete emoción, saltos, adrenalina, el famoso “aguante” que se espera de un público que va a escuchar música, equiparándolo a una hinchada de fútbol. Un aguante que se debe sostener aproximadamente desde el mediodía hasta la medianoche. La especulación llega a los límites más extremos en materia moral, apostar con el hambre y la sed de miles y miles de personas. A todo esto se suma el ¿evitable? barro que decoró todo el predio y la ropa de los asistentes y la imposibilidad de higienizarse. ¿Tengo que pagar una botella de agua hiperinflacionada para lavarme las manos?

Más de uno pensará: pero si había un “puesto de hidratación”, ¿de qué se queja? Falso, o casi. El lugar donde se podía acceder a agua gratis (algo normal en todas las versiones extranjeras de este festival), era un fantasma escondido detrás de las decenas de locales de sponsors y venta de alimentos/bebidas. Ante la pregunta por su ubicación, nadie sabía. Los dichosos que lo encontraron, tuvieron que hacer colas de exagerada duración. ¿Cuál es el límite, entonces, para querer la plata del público? No habrán sido pocas las personas que pasaron más de 12 horas sin comer ni beber absolutamente nada por imposibilidad económica de acceder a esos precios, o por la simple razón de no querer avalar tamaña estafa.

El transporte fue otro tema de discusión; si bien cada uno sabía dónde quedaba el lugar y debía encargarse de llegar y volver, una solución a ese público que tanto le interesa a los organizadores hubiera sido coherente. Y la hubo: entre ida y vuelta uno se podía tomar el “Lollabus” por la módica suma de 300$ (más costo por servicio). ¿Cuánta gente puede pagar eso? ¿A cuánta gente le parece bien pagar eso? Ni siquiera un taxi de ida y vuelta llega a ese costo. ¿Cuál fue el resultado? Centenares de personas caminando hasta 50 cuadras para conseguir tomarse un colectivo, que hasta altas horas de la madrugada seguían pasando abarrotados.

LollaBus_map

Quizás esta nota marque lo obvio y piensen que me caí de una palmera. Puede ser. Pero hay comportamientos empresariales que merecen el más profundo repudio. Y creo que éste es el caso. No hace falta querer multiplicar a porcentajes abultadísimos las ganancias a costa del sufrimiento del propio público al que tanto incentivás desde los mil y un recursos publicitarios que tenés a tu alcance. Obviamente, estas conductas suceden porque tienen su correlato en un público pasivo que lo acepta. ¿Acaso no nos quejamos de la inflación todos los días? ¿Por qué está bien la hiperinflación adentro de un festival? Nadie nos obliga a ir a esos festivales, es cierto. Pero no sería justo ni aceptable que el impedimento sea no querer arriesgar nuestra salud porque a alguien se le ocurrió que de una botella de agua se puede conseguir un 300% de ganancia.

Me permito la siguiente duda, entonces, ¿que quería conseguir este festival? ¿Un público que disfrute la música o una increíble cantidad de consumidores cautivos? Cada uno elaborará su propia respuesta; yo ya tengo la mía.

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