Poesía manuscrita: una necesaria pausa a lo digital

por Gustavo Yuste

Este libro que reúne a 77 poetas y cinco artistas visuales que circularon en tiradas artesanales y autogestivas entre 2008 y 2012, es un llamado a reconectar la literatura con el cuerpo. ¿Qué dice la letra de un poeta?

El tiempo pasa, nos vamos poniendo tecnos“, había parafraseado Luca Prodan a Pablo Milanés a fines de los 80’s. Ahora, con la presencia omnisciente de Internet en nuestras vidas, sería inútil discutir esa afirmación, pero eso no quiere decir que debamos entregarnos sumisos al mundo digital. En ese sentido, Poesía manuscrita, proyecto llevado a cabo por Germán Weissi y Laura Mazzini ahora convertido en libro, es una apuesta por volver a vincular la poesía con el aquí y ahora, volver a ver el cuerpo de un sentimiento.

“La escritura manuscrita puede mostrarnos un pedazo de existencia en un momento determinado, su pulso, su ritmo, el uso espacial de la hoja, su respiración (…) esa combinación de actos no se repite dos veces, ahí la finitud, ahí otra muestra de nuestro devenir constante”, escribe Nadia Sol Caramella en el prólogo del libro que reúne a 77 poetas y cinco artistas visuales que fueron publicados en formatos de fanzine entre los años 2008 y 2012. En esa dirección, cada poema de este libro habla por igual en términos estéticos como físicos.

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Poesía manuscrita. Foto: La Primera Piedra

Desde caligramas hasta anotaciones minimalistas que bien podrían ser un recordatorio pegado en una heladera o en la mesa de luz, los poemas tienen cuerpo a lo largo de Poesía manuscrita. Es ese mismo cuerpo, esa expresión viva sobre el papel, lo que lleva al lector a tomarse un tiempo especial para la lectura: la paciencia de seguir un trazo, de dejarse seducir por esa forma de de transmitir una idea, la necesidad de la relectura para completar un sentido. Afirma Caramella: “Mientras se imponga el olvido y la normalización de los cuerpos, la escritura es un acto de resistencia”. Efectivamente, volver a los rastros, a las huellas, al tiempo lento, es ir en dirección contraria a la digitalización constante de nuestros sentidos.

En la misma dirección va expresarse Carolina Giollo en el epílogo del libro: “Si lo personal es político, el gesto de Poesía manuscrita viene a duplicar ese valor. Rescata lo personal al rescatar la letra. Hace de lo personal, algo colectivo”. Esa eterna dicotomía entre la soledad de la escritura y lo colectivo de la literatura se resignifica de una manera más que bella al ver, uno detrás de otro, los poemas escritos a mano que remiten a ese acto individual para formar parte de un colectivo, como lo es la poesía. Tal como afirma Giollo, “lxs artistas no están creando en soledad, la creación es un fluido que va tomando forma en lo colectivo”.

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Como una constante que suele caracterizar los diferentes proyectos de Weissi y Mazzini (Color pastel, Proveedora de droga, entre otros), Poesía manuscrita pone el eje en la conexión que produce la poesía, la circulación de poemas fuera del ámbito oficial aún antes de lo que se vive hoy en día con las redes sociales y los textos circulando por esa vía. En estos versos escritos a mano se apuesta por una trascendencia que tiene su doble filo, como se puede ver en el poema de Nurit Kasztelan: “En Méjico me contaron/ de una mujer/ que a medida que molía el maíz/ su brazo iba desapareciendo.//
 Soy como esa mujer/ que se muele a sí misma./ Me escribo/ y desaparezco”.

Poner el cuerpo a la hora de escribir significa, también, dejarlo ahí para que otro pueda verlo y resignificarlo. Hacer una pausa a lo digital para después volver allí consciente de lo que cargamos y también de lo que dejamos en el camino.

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