Bullying asesino: ¿qué espera el Estado para reglamentar?

por Alejandra M. Zani

El miércoles pasado, un estudiante de 13 años falleció después de haberse disparado en la cabeza mientras su madre estaba reunida con las autoridades de la Escuela Técnica n° 1 de Zárate. José había pedido el traspaso hacia otro instituto educativo y su familia asegura que la principal causa de la muerte de su hijo fue el bullying. Con la muerte de Marcelino Perkins (15 años) tan cercana, el debate se reabre.


La violencia entre pares en las escuelas aumentó un 33% desde el año pasado. Aunque el caso de Marcelino Perkins, suicidado por una cultura heteronormativa en el CAR (Venado Tuerto), uno de los colegios más conservadores del país, sea un caso diferente al de José, muerto por un arma de fuego a los 13 años en Zárate y cuyo motivo aún está en disputa, hay algo que los une: el bullying. En ambos casos, los familiares y amigos hablan de violencia en las instituciones educativas, y en ambos casos, también, las instituciones se esfuerzan por esconder este factor.

Marcelo Sánchez, Inspector de Educación Secundaria del distrito, dijo a Télam que el motivo por el cual la madre de José había solicitado el pase de colegio fue el alto costo del transporte. Esta simple declaración nos parece dudosa, no obstante, para tratar de desmentir el bullying. El acoso escolar es, también, una forma de dominación, y el que sufre violencia por parte de sus compañeros, ya sea física o simbólica, se encuentra en una situación de opresión.

Disminuido en la verguenza, la víctima no tiene voz. En una sociedad que desde pequeños nos enseña a ser “héroes”, a ser “cool”, a ser “populares” o “divinas”, ningún chico querría reconocer que es víctima de bullying.

Aunque el caso de Marcelino Perkins, suicidado por una cultura heteronormativa en el CAR (Venado Tuerto), uno de los colegios más conservadores del país, sea un caso diferente al de José, muerto por un arma de fuego a los 13 años en Zárate y cuyo motivo aún está en disputa, hay algo que los une: el bullying. En ambos casos, los familiares y amigos hablan de violencia en las instituciones educativas, y en ambos casos, también, las instituciones se esfuerzan por esconder este factor.

Nos preguntamos, de nuevo, ¿cuáles son los motivos que llevan a un chico de 13, o a un chico de 15, a querer matarse? Estadísticas del Observatorio de la ONG Bullying Sin Fronteras dicen que, de marzo a septiembre de 2016, se registraron 1561 casos graves de bullying, muchos de los que terminan en muertes. Con estos números, la respuesta parece clara. Pero como dijo Javier Miglino, titular de la ONG: “Macri no ha reglamentado la ley nacional y cuando en Argentina una ley no está reglamentada, no existe”.

En una sociedad que desde pequeños nos enseña a ser “héroes”, a ser “cool”, a ser “populares” o “divinas”, ningún chico querría reconocer que es víctima de bullying.

El acoso de los compañeros es un problema que debe hablarse, debe tratarse, y debe reglamentarse. Pero mucho peor es, todavía, el silencio de las instituciones y las autoridades que tienen la potestad de trabajar por una transformación. El silencio asesino que intenta acallar a la diversidad es el mismo silencio que oculta una muerte adolescente y encubre una fachada institucional que evade un tema de debate obligatorio: la necesidad de lanzar una campaña de emergencia nacional contra el bullying.


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