Los que se van de Omelas: paradoja de la felicidad

por Laura Verdile

Los que se van de Omelas (The ones who walk away from Omelas), escrito por Ursula K. LeGuin entraña una reflexión moral que permitiría cuestionar incluso los fundamentos mismos de nuestra sociedad, apelando a la conciencia y poniendo en juego una disyuntiva de difícil resolución. ¿Hasta qué punto podemos permitir que el sufrimiento de uno, o lo que es lo mismo de algunos, garantice la dicha del resto?

Omelas es una ciudad que parece tenerlo todo, de esas que sólo se encuentran en los cuentos de hadas. Paisajes coloreados por melodías que inundan el aire con procesiones y desfiles donde los habitantes celebran su felicidad y alegría permanentes. Una sociedad pacífica, sin crímenes, guerras o injusticias; mucho menos monarquías o esclavos. Sus habitantes poseen la sabiduría suficiente como para discernir lo necesario de lo nocivo, sin que la avaricia los domine.

Pero sin embargo, nada puede ser perfecto. En uno de los edificios públicos, Omelas guarda un secreto abominable. Encerrado en lo más profundo de un calabozo oscuro y estrecho se encuentra un niño, en condiciones míseras de vida: un ser atravesado por el sufrimiento y el dolor, consciente de su condición aunque no lo suficiente como para poder disfrutar de la vida si algún día fuera liberado de su tormento. Se encuentra allí como símbolo quizás de todo lo que Omelas ofrece, como recordatorio constante de que nada es gratuito. Porque sin él y sin su existencia, los habitantes de aquella ciudad de ensueño dejarían de ser felices. La armonía se desvanecería, el crimen traspasaría los muros y la alegría llegaría a su fin.

Todos comprenden que la salud, la sabiduría, las habilidades y las más grandes creaciones artísticas se desbaratarían como un castillo de naipes, sólo con un simple gesto de amabilidad que rompa el eterno castigo de ese ser, condenado a sostener una utopía de la felicidad que así comprendemos que no existe, por lo menos no del todo. No sin que implique una cierta responsabilidad.

Los habitantes de Omelas entienden el precio a pagar, pero al mismo tiempo no. Como recordatorio constante de que los cuentos de hadas sólo existen en los libros, eventualmente algo los lleva a visitar a la criatura, no sin consecuencias que afectan lo más hondo de su ser. Muchos pueden ser capaces de olvidarla, pero para otros la cotidianeidad de los días no termina de borrar los rastros que la visión de aquel niño dejan en su alma. Y así, los que no son capaces de soportarlo no ven otra opción que marcharse para siempre. Eligen dejar de lado la felicidad, cómplices y víctimas de un secreto que mueve los hilos de la ciudad entera, demasiado horrible como para sobrellevar, fuente de una impotencia que, una vez visitado el calabozo, enciende una llama que jamás se apagará.

Los que se van de Omelas (The ones who walk away from Omelas), escrito por Ursula K. LeGuin entraña una reflexión moral que permitiría cuestionar incluso los fundamentos mismos de nuestra sociedad, apelando a la conciencia y poniendo en juego una disyuntiva de difícil resolución. ¿Hasta qué punto podemos permitir que el sufrimiento de uno, o lo que es lo mismo de algunos, garantice la dicha del resto? Quizás podríamos decir que en el niño de Omelas están encarnados aquellos a los que preferimos dar la espalda y en los exiliados, los que son conscientes de una injusticia que, ni siquiera desde su propio lugar, son capaces de enfrentar.

Ficha técnica

Título: Los que se van de Omelas (The ones who walk away from Omelas)

Libro: Las doce moradas del viento. Volumen II

Autor: Ursula K. LeGuin

Editorial: Edhasa

Páginas: 192

Año primera edición: 1986

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