CAROL: el instinto pensado

por Laura Gómez

Hoy se estrena en Argentina la película Carol, dirigida por Todd Haynes y magníficamente interpretada por Cate Blanchett y Rooney Mara. El film está basado en la novela de Patricia Highsmith, El precio de la sal, y gira en torno al romance entre una mujer experimentada y una joven inexperta que aún no está demasiado segura de lo que siente ni de lo que quiere para su vida.

Carol –y no sólo el personaje protagónico, sino la totalidad de la última película de Todd Haynes nominada a seis de las categorías de los premios Oscar– es, esencialmente, Cate Blanchett. Esta actriz logra capturar el corazón de su personaje con tanta destreza y apropiárselo con tan sutil transparencia, que durante los 118 minutos del film no seremos capaces de ver otra cosa que no sea su trabajada gestualidad (con la nota justa para la gran pantalla), la elegancia en cada uno de sus movimientos, el despliegue de matices en su rostro y la adecuada entonación en cada una de sus líneas. Todos los elementos de este enorme abanico de recursos con los que la actriz cuenta, contribuyen a darle el tono justo a su criatura. Vale decir que su coprotagonista –Rooney Mara en el rol de Therese Belivet– no desentona en lo absoluto (más bien todo lo contrario), pero la labor de Blanchett es de vuelo tan alto que todo lo demás queda opacado bajo la sombra de su excelencia interpretativa.

La película de Haynes llega hoy a los cines argentinos, y ha sido nominada en seis categorías de los tan mentados premios de la Academia (inexplicablemente, esta pieza no ha sido considerada para la estatuilla a mejor película, ni Haynes para la de mejor director):

  • Actriz protagónica (Cate Blanchett)
  • Actriz de reparto (Rooney Mara)
  • Fotografía (Edward Lachman)
  • Diseño de vestuario (Sandy Powell)
  • Música original (Carter Burwell)
  • Guión adaptado (Phyllis Nagy)

En esta última categoría tiene mucho que ver no sólo la guionista Phyllis Nagy, sino también la fallecida Patricia Highsmith, amiga de Nagy y escritora de la novela que ha dado origen al film de Haynes, El precio de la sal, publicada por primera vez en 1952 con el seudónimo de Claire Morgan, ya que por aquel entonces una novela de amor homosexual entre dos mujeres que no ostentase un final trágico, no era un producto potable en el mercado, ni una obra lo suficientemente digna que la escritora de Extraños en un tren pudiese dar a conocer con su propio nombre o bajo el sello de una prestigiosa editorial.

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Fotografía: www.fotograma.es

Carol Aird (Cate Blanchett), una distinguida dama de Nueva York, madre de una pequeña hija y a punto de divorciarse de su esposo Harge (Kyle Chandler), enfrenta un áspero dilema existencial (al menos para los años cincuenta): ella es mujer, e inexplicablemente se siente atraída hacia otras mujeres. “No debería ser así, Harge”, confiesa a su marido en una de las tantas discusiones. Luego de haberse casado, tuvo su primera experiencia con Abby (Sarah Paulson), una amiga de la infancia, y desde entonces ya ni se molesta en acallar su naturaleza; esta mujer ha aprendido a vivir con lo que es, pero su entorno no lo acepta con tanta naturalidad.

El pequeño mundo de mentiras, rostros falsos, sonrisas fingidas, reuniones frívolas y cenas aburridas con sus suegros, se hace añicos cuando en una juguetería, casi por azar, conoce a la joven Therese Belivet (Rooney Mara), una cortés empleada que decide devolverle los guantes minuciosamente olvidados sobre el mostrador de la tienda. La escena en la cual se retrata el primer encuentro entre estas dos mujeres, sin dudas es la pincelada en la que podría condensarse toda la película. Y es que tal vez ese sea el único instante azaroso, aquel en el cual el destino las reúne por vez primera; el resto son decisiones humanas, obra de su propia cosecha.

El sutil trabajo por parte de ambas actrices en este choque de miradas decisivo para el desarrollo de la trama, es verdaderamente alucinante (al menos para quienes prefieren la contundencia de una buena interpretación a la ampulosidad de los efectos visuales). Es en ese primer encuentro donde quedan magníficamente retratados ambos personajes, con sus pulsiones subyacentes. Una mujer cubierta por su tapado de bisonte y una jovencita que lleva con cierta gracia el gorro de Santa Claus impuesto por los gerentes de la tienda en la que trabaja; dos personajes perfectamente imaginables que, sin embargo, esconden profundos deseos detrás del velo de sus ojos.

A partir de allí, se sucederán una serie de encuentros que irán reafirmando la mutua atracción entre ellas, y poco a poco irá consolidándose una relación tan instintiva como pensada. En estos personajes no sólo vemos impulso, pasión y obsesión, sino también la madurez necesaria para hacerse cargo de las propias decisiones. Therese es una joven que sólo tiene que darle explicaciones a su desconcertado amigovio Richard (Jake Lacy), pero Carol es madre y esposa, y debe responsabilizarse por ello. La sociedad de aquellos tiempos (y, en parte, aún de estos) no tolera que una mujer sea capaz de anteponer su propia felicidad y plenitud a la de los suyos; una mujer debe ser, por sobre todas las cosas, guardiana de la felicidad de sus hijos y artesana de la plenitud profesional, marital y familiar de su esposo. Si esto no es así, la sociedad condena a la mujer y la expulsa de su seno, la margina.

Carol debe lidiar con los prejuicios ajenos, pero al menos ha logrado quitarse la mochila de la mirada propia, aceptando quién es. Ya no intenta luchar contra su naturaleza, pero sí batalla contra la hipocresía de la época. Harge aún sigue enamorado de ella (o quizás de la idea de estar a su lado), y no puede aceptar el hecho de que se atreva a elegir alguien más para compartir su vida, y mucho menos que la persona en cuestión sea otra mujer. Él intenta convencerla de volver el tiempo atrás y la invita a cada evento familiar con la esperanza de recuperar su amor (o de ostentar una aparente posesión).

Pero Carol no reniega de sus decisiones y rechaza las invitaciones con fría indiferencia. Cuando Harge comprende que se trata de una causa perdida y ya no queda nada por hacer, el odio gana terreno y comienza a extorsionar a Carol con Rindy, su hija. En medio del juicio de divorcio, pide la tenencia permanente de la niña a través de una “cláusula de inmoralidad”, en la cual acusa a la madre de haber tenido vínculo con otras mujeres y presenta pruebas contundentes que avalan esa acusación. A pesar de estas amenazas, Carol decide continuar su camino y huye de casa con la joven Therese, en un viaje que le hará replantearse algunas de esas decisiones.

El personaje de Therese queda en un segundo plano, pero aún así Rooney Mara logra darle el toque perfecto a esta chica modesta y sencilla que, frente a una nueva experiencia, logra conocerse a sí misma. En la novela de Highsmith, el punto de vista a partir del cual se desarrolla toda la trama está focalizado justamente en el personaje de Therese; en la película esa intención queda desplazada, no sólo por la mirada del director sino también por la contundencia del rol de Blanchett. En la escena del primer encuentro, Carol le pregunta si acaso desea casarse con su novio Richard, y Therese responde: “Apenas sé lo que quiero para almorzar”. Esa es la frase que podría resumir el carácter de esta muchacha que va madurando a la par de sus nuevos deseos, y aprende a discernir lo que quiere para sí conforme avanzan los acontecimientos.

Carol es una película de trama simple y personajes complejos. Quizás hacia la mitad se hace algo densa porque sospechamos hacia dónde se dirigen las protagonistas, pero la decisión final de Carol ciertamente dejará a muchos sorprendidos. Este film se sostiene y se enaltece con la presencia de Blanchett, que una vez más logra adueñarse de su papel con la agudeza interpretativa que la caracteriza, agregando matices allí donde nadie los espera. Y es que –contrariamente a lo que uno podría imaginar– no se trata de un personaje chato y unidimensional. Carol es adorable con su pequeña hija Rindy, un témpano con su esposo Harge, cómplice con su amiga Abby, indiferente con sus suegros, adorable con sus amigos y apasionada con Therese. Es en esa relación donde despliega su verdadera esencia, lo que no puede sacar a la luz en su vida cotidiana, junto a su marido y en el entorno social donde se desenvuelve.

Carol es, sobre todo, una película de actuaciones artesanales, minuciosamente elaborada, bien dirigida, con unos planos detalles que sustituyen lo que podría haber sido un despilfarro de parlamentos extensos y tediosos. Lo destacable: el vestuario de época ha sido diseñado con precisión y juega un rol clave en la descripción de los personajes; la música de Burwell ayuda a ambientarnos dentro de ese clima de los años cincuenta; el guión es atinado y no redunda en datos ni en detalles inútiles. Por otra parte, la estructura general montada a partir del flashback final hacia la escena del inicio ha sido sin lugar a dudas una de las mejores decisiones del director quien, según ha contado en una de las tantas entrevistas, se inspiró en la película del inglés David Lean, Breve encuentro. Esta arquitectura cinematográfica nos permite volver a esa primera escena resignificando todos los sentidos después de haber recorrido la historia junto a estas dos mujeres. Hacia el final, contemplamos la misma escena pero con otros ojos, otorgándole una nueva significación a cada mirada, a cada movimiento, a cada gesto y a cada palabra.

Para decirlo brevemente, en tres palabras: Carol es cine.

 

FICHA TÉCNICA
Título original: Carol
País: Estados Unidos
Año: 2014
Duración: 118 min
Dirección: Todd Haynes
Guión: Phyllis Nagy (basado en la novela de Patricia Highsmith)
Fotografía: Edward Lachman
Diseño de vestuario: Sandy Powell
Música: Carter Burwell
Reparto: Cate Blanchett, Rooney Mara, Sarah Paulson, Kyle Chandler, Jake Lacy

 

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