El ojo vigilante

por Alejandra M. Zani

Históricamente, la sociedad se vio afectada por diversas crisis que provocaron cambios estructurales en la forma y calidad de vida de las personas. Siempre me pregunté cómo habrán vivido nuestros (bis)abuelos el paso de una sociedad mercantilista hacia esta aparente postmodernidad, hacia la aparición de monstruosas publicidades que observan desde lo más alto, tratando de convencerte sobre qué hacer, qué opinar y qué pensar. Nosotros (los otros, los nietos) somos nativos publicitarios. Mejor dicho, nosotros nacimos con la publicidad. Nos tocó crecer entre medios de comunicación peleándose por diferentes posturas, plasmando el antagonismo humano en papel, radios, y televisores, representando, moldeando y determinando lo que el ser humano debe ser y cómo debería comportarse (es todo cuestión de moda). Artefactos celestiales creados por la nueva tecnología nos permiten mantener contacto con el resto del mundo. El descubrimiento de Internet nos lleva a una era de globalización (de valores y modos de vida unitarios y desde arriba), a un avance del capitalismo cualitativamente distinto, con propiedades propias de este progreso tecnológico, donde existe el ojo vigilante del mundo mediante un ordenador que conoce a todos, y nos acerca a todos. ¿Hasta qué punto la tecnología rompe con el un mundo privado?

Hace unos días decidí escribir mi nombre en el buscador más conocido mundialmente, Google, por excelencia, para ver cuánto aparecía de mí. Me reconforta saber que no soy una figura pública. Se me vino a la mente, entonces, la idea de la inmediatez. Quien quisiera, podría encontrarme en el momento en que lo deseara: encontrar mis datos, contactarse conmigo, alcanzarme de algún modo. Pero no sólo eso: mi imaginación comenzó a crear escenarios ficticios acerca de colonizaciones, descubrimientos de nuevas tierras, inclusive eras de animales gigantescos y respeto hacia la naturaleza… todo desaparecido al momento en que mi monitor hizo sonar la asfixiante campana del Facebook Chat, avisándome que alguien me hablaba. Entonces lo comprendí: la era de imaginación había sido desplazada por la era de la inmediatez.

Cuanto más me pregunto acerca de las maravillas de la tecnología, más me convenzo de que nunca podré denunciar si sus escalofriantes capacidades son, al fin y al cabo, buenas o malas. Determinadas, en última instancia, por la ideología dominante (la tecnócrata): de eso sí estoy segura. Internet es, sin lugar a dudas, el mayor exponente tecnológico que posibilita la globalización, y se convierte en el ojo que todo lo sabe y todo lo vigila. Es el centro de nuestro gran globo. Y este ojo nos lleva ventaja: mientras nosotros dormimos, él permanece despierto. Al ser virtual no se destruye, ni se termina. Creo que ya no es necesario ir a un café, encontrarme con alguien y presentarme, tratar de relegar al otro el sueño inapresable del encuentro de la personalidad ajena, descubrir lo enigmático del prójimo que se halla a un lado. Dando simplemente mi nombre se puede saber, a tan sólo un click de distancia y por más que pese a mi conciencia, una gran parte de lo que soy y lo que hago. Creo que mi (auto)privacidad dejó de ser mía hace ya mucho tiempo, cuando decidí ser parte de este surrealismo tecnológico de ondas espaciales que viajan por todo el mundo. Sólo queda limitarme a convertirme en un ser tecnológico, y comenzar a navegar por las aguas del Internet.

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