El Fútbol Argentino, un error tras otro

por Julian Barbieri

Empecemos con una afirmación fuerte. Todo lo que ocurre en el fútbol argentino está mal. Todo: desde las cuestiones que lo rodean más indirectamente hasta lo que ocurre en el verde césped.

Era una afirmación fuerte, nomás. Y, lo digo desde ahora, no creo que sea del todo correcta. Sin embargo, muchos de los que tenemos varios años encima mirando fútbol sentimos que estamos en un momento jodido en relación al deporte más popular. No vamos ni para atrás, ni para adelante. El fútbol, a veces pienso, se mantiene casi exclusivamente por la enorme pasión que nos genera. Si no, algo hubiera pasado. Porque, sencillamente, da la sensación de que quienes hacen todo, lo hacen todo mal.

Vayamos por partes. Pensemos algunas cosas externas. Lamentablemente, (desde hará… ¿cuántos? 10, 15 años para acá) el fútbol está rodeado de mucha violencia. Allá por 2006 se llegó, suponíamos, a un punto crítico, del cual pensábamos que sólo podíamos mejorar. Cómo nos equivocamos: hoy estamos peor.

La prohibición de los hinchas visitantes no sólo es la derrota lisa y llana de los clubes y los organismos de seguridad. Ésta es, además, una muy mala idea. De un tiempo a esta parte, están tristemente de moda las peleas internas de las barras, donde los tipos se matan (literalmente) por tener el control o puestos privilegiados de una organización mafiosa. Que, como buena organización mafiosa, mueve muchísima guita. Sin embargo, a los cráneos de los dirigentes y ministros no se les ocurrió mejor idea que combatir la realidad de la forma más fácil: haciendo algo que se ve, pero que no sirve para nada.

La corrupción policial y dirigencial, por supuesto, genera problemas enormes. Yuta por todos lados en la cancha, pero control sólo a los giles que compran su entrada y no van a la cancha a hacer quilombo. Los dirigentes, en el mejor de los casos niegan la presencia y el poder de las barras. En el peor de los casos, son la misma barra.

Cambiemos un poco el enfoque. Como bien sabemos, en lo que respecta a las categorías más importantes, la mayor parte de las personas no está en la cancha, sino en su casa frente a una tele. Allá por 2009 muchos nos alegrábamos por la entrada del Estado en las transmisiones de fútbol, y nos sorprendíamos frente a algo que nos parecía verdaderamente revolucionario: los partidos se veían por televisión abierta. Hoy en día, esto sigue y está bien que así sea. Sin embargo, el Gobierno ha tomado y siguen tomando malas decisiones en torno a las transmisiones: bajada de línea constante, demasiadas propagandas que sobreimprimen la pantalla, horarios extraños para competir con Lanata, en definitiva, millones gastados en algo que se podía hacer mucho mejor. Los relatores y comentaristas, lejos de ser los mejores, muchas veces son sólo mediocres o directamente malos, pero tienen el puesto asegurado porque comulgan con el Gobierno.

Todo esto quedaría en un segundo plano si el fútbol, propiamente dicho, valiera realmente la pena. Sin embargo, esto tampoco anda muy bien que digamos. El campeonato argentino viene cayendo en su nivel de juego más y más, al punto de que no sabemos bien si estamos en el fondo o si se puede seguir empeorando.

Los motivos, por supuesto, son muchos. Para empezar, en la división internacional del trabajo, Argentina es futbolísticamente un país productor de materias primas. Años tras año vemos como los mejores duran poco en nuestras canchas. Suena a viejo, pero los pibes se van cada vez más rápido. Sin embargo, esto no es nuevo: si bien esto se intensificó, la verdad es que pasó siempre.

El otro gran motivo (no estoy descubriendo la pólvora, ojo) son las enormes presiones que jugadores y técnicos deben soportar partido a partido. Hoy en día todos necesitan, imperiosamente, ganar. Todos. Irse al descenso se ha vuelto el fracaso total, la muerte misma, cuando sólo se trata de que alguien tiene que bajar de categoría para que otro suba. Los medios, por supuesto, tienen la mayor parte de la culpa. Hacer un diario entero todos los días, o tener que llenar horas y horas de transmisiones radiales o televisivas genera un exceso de palabra, donde siempre hay que decir algo. Ante esto, lo que mejor les funciona a los medios es la crítica: el rating o los clics suben, la gente se llena cada vez más la cabeza con lo malos que son los de su equipo, y los jugadores y técnicos están cada vez más presionados y juegan cada vez más horrible. Es un círculo vicioso que no le sirve a nadie. Excepto, claro está, a estos medios, que facturan como locos.

El resultado de todo esto lo vemos cada día en la cancha. Planteos mezquinos y partidos chotos hacen que el fútbol sea cada vez más parejo. Cualquiera le puede ganar a cualquiera. Y si bien esto está bueno, el problema es que todo se empareja, necesariamente, para abajo. No es que los malos ahora son buenos, sino que los buenos ahora son malos. El campeonato, entonces, es de una paridad absoluta. Venimos del campeonato con el campeón con menor cantidad de puntos de la historia: 33 puntos sacó el mejor, sobre 57 posibles, logrando todo una proeza matemática.

Sin embargo, el fútbol resiste. Las canchas siguen más o menos llenas, los ratings son más o menos altos. A pesar de que se está haciendo todo mal, el fútbol continúa. Los hinchas (los más golpeados por todo esto) han demostrado bancar algo que solamente empeora. La pasión que genera el fútbol  es algo que pareciera resistir pese a todo, casi como una cuestión biológica.

Ahora bien, las cosas se están haciendo mal. Y nada es eterno, hasta la pasión se acaba. Pónganse las pilas, dirigentes, funcionarios y policías, que hace tiempo que hacen todo mal. Y se les está acabando el tiempo.

 

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