Alberto Laiseca, el escritor que puso su vida en función de la literatura

por Gustavo Yuste

Alberto Laiseca fue un reconocido cuentista y novelista que vivió una vida íntegramente dedicada a la labor literaria. Prueba de eso es la cercana relación que tejió con la gran cantidad de talleristas que asistieron a sus clases, como son los casos de Selva Almada y Alejandra Zina, dos de las narradoras más leídas de la actualidad. A través de sus testimonios, nos adentramos dentro de uno de los escritores que acercó la narrativa de terror a un público masivo. (Foto: Ignacio Coló/ La Nación)


La literatura argentina vive encandilada por las luces de sus astros grandes astros, siendo Jorge Luis Borges y Julio Cortázar los casos más resonantes. Pero debajo de ese esplendor, existe una cantidad importante de escritores que pasaron por el mundo de las letras sin el reconocimiento que hubieran merecido o que, sin dudas, hubieran tenido si nacían en una tierra anglosajona. Ese es el caso de Alberto Laiseca, quien falleció durante la tarde del viernes 22 de diciembre del 2016.

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El viejo “Lai” era conocido, además de su talento, por ser una especie de kiosko 25hs literario, dedicándole todo su tiempo posible a la labor literaria ya sea escribiendo, leyendo o dando sus ya míticos talleres literarios que dieron lugar a nuevas generaciones de escritores que ahora marcan la cancha en la escena literaria. Con obras de tamaño de una enciclopedia, como Los sorias, Laiseca iba por el mundo literario y el mundo ordinario (aunque para él no había una división tan marcada entre ambos) desafiando las convenciones, buscando provocar al lector y al muchas veces conservador mundo literario.

Ahora bien, hacer un análisis de la obra y vida de Laiseca podría llevarnos días y días, por lo que es mejor concentrarse en un aspecto, al menos por hoy. Hace poco realicé dos entrevistas con dos autoras que están siendo leídas en gran cantidad en estos últimos tiempos y que fueron sus alumnas: Selva Almada y Alejandra Zina. Lo primero que recuerdo, ahora, es que al preguntarle por las clases de Laiseca, ambas sonrieron como cuando viene a la memoria un momento lleno de felicidad.

Al respecto, Almada señalaba: “Teníamos una relación de muchos años con Laiseca y que siguió hasta el día de hoy. De hecho, fui a sus clases hasta que las dejó de dar, no es que las haya abandonado. Fueron muchísimos años, por lo que se generó una relación muy cercana y muy entrañable“.  Además, la autora de Chicas muertas (Random House, 2014) destacaba: “Les debo mucho a él y a los diferentes compañeros que tuve, porque de ellos pude tomar muchos consejos valiosos. Esa compañía me hace falta a veces y con algunos compañeros tratamos de juntarnos a leernos cosas y emular el taller”.

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En esa misma dirección va a ir Zina, expresando que Creo que “una de las cosas más importantes que te da Laiseca es permitirte largarte a escribir y darle cabida a todo, aunque sea muy distinto a lo que él escribía o leía. También me abrió a otros autores y géneros que no tenía previamente y se relacionaban a él. Me permitió también armar un grupo de colegas y amigos que siguen escribiendo, publicando, era algo que Laiseca generaba”.


laiseca

Foto: Página/12


La pasión y generosidad de Laiseca fue algo que apareció desde el principio de las dos narradoras, al igual que su dedicación constante a todo lo relacionado con la literatura. Los recuerdos de su enorme biblioteca y de su escritorio lleno de libros, anotaciones y fotocopias lo pintaban de cuerpo entero en su dedicación por las letras, pero al mismo tiempo eran el opuesto exacto de su forma de dar talleres literarios, donde sus correcciones y comentarios eran -parafraseando a Vicente Luy- puntuales como un proyectil.

“Eran consejos un poco zen, a veces difíciles de desentrañar“, comentaba Almada, detallando que “era un procedimiento raro que daba resultado, porque con el tiempo el texto mejoraba a pesar de que no te marcaba un verbo mal utilizado, por ejemplo. Él siempre decía: ‘si te quedás a escuchar al maestro, ganás’. Mucha gente a la cuarta clase donde no le decía qué era lo que estaba mal no aguantaba y dejaba de ir, pero él en algún determinado momento te decía ‘está mal‘.

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ZinaLa autora de Hay gente que no sabe lo que hace (Paisanita Editora, 2016) va a destacar lo mismo: “Él decía muy pocas cosas, tenía un consejo clave: ‘a escribir se aprende escribiendo’. Tampoco es que te hacía una devolución larguísima, podían pasar clases en las que no te decía nada hasta que te tiraba pequeñas cosas que te dejaban pensando un montón. Las cosas que me decía me las acuerdo casi todas. También me cayeron muchas fichas con el paso del tiempo, aún después de haber terminado el taller”

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Ambas escritoras, además, hicieron hincapié sobre las “máximas de Laiseca”, donde cada una las recordaba a su manera. Zina señaló que “Laiseca tenía ciertos pilares. Uno tenía que ver con la autocrítica, no ser ‘hipercritícito’ como decía él, porque te puede anular y no te deja terminar las cosas. Otro tenía que ver con la paciencia, bancarte los procesos, los tiempos”. Almada, por su parte, recordó que le oía decir repetidamente “que a lo largo de los años que para ser escritor hay que tener mucha paciencia. Yo creo que él me enseñó mucho en ese aspecto: darle tiempo a la escritura, tener paciencia para corregir, para leer, para escuchar a los demás. Una de sus máximas célebres era que cada obra tiene la extensión que tiene que tener, que uno debía escribir hasta que el texto le dijera donde terminar.

Por último, siempre que se habla de Laiseca es importante remarcar algo a lo que ya hicimos referencia: su vocación por la literatura. Su relación cercana con cualquier tallerista que haya pasado por su casa es una clara muestra del amor y la convicción que le ponía a la tarea de escribir, algo que le costó nada más y nada menos una dedicación absoluta. Almada es contundente al respecto: “Laiseca ha puesto su vida en función de la literatura y eso es un lugar de mucha soledad y mucho dolor. Ese no es un camino que yo elegiría en pos de una obra, pero sí se lo respeto mucho y me parece muy admirable”.

Así, como se van los grandes, silbando bajito y con la gratificación de haber pateado el tablero siempre que le fue posible, Laiseca se fue dejándole al mundo literario libros que coquetean con las dos categorías que cualquier escritor quisiera alcanzar: los clásicos y los denominados “libros de culto”. Él logró ambas con los suyos y nosotros tenemos la obligación de sentarnos a leerlo para agradecerle tamaño favor.

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