BERLÍN: ANILLO Y CORAZÓN

por Agustin Capsala

Todavía creo recordar aquella tarde de primavera. Ese día mi viejo me llevó a dar la vuelta más asombrosa de mi vida. Era sábado y  de eso estoy seguro, porque no había ido al colegio y en la radio estaban transmitiendo el fútbol del ascenso. La hora de la siesta estaba recién empezando y el barrio se mostraba más tranquilo que lo habitual. Comenzamos el trayecto en la calle Triunvirato y al llegar a la esquina del local que vendía colchones doblamos por Victorica. Cruzamos Ginebra, La Haya, Cádiz y Londres, hasta que llegamos a la calle Berlín. Claro, hoy puedo decir los nombres de estas calles de memoria y con total naturalidad, pero por aquellos días sólo conocía Victorica y Cádiz. La primera porque tenía una fuente redonda en el medio y la segunda porque era ‘la de la casa de los tíos’.

Una vez en Berlín, mi papá dijo que tenía algo para mostrarme. Empezamos a caminar despacio por la vereda, sin que nada ni nadie nos apure. Tranquilamente podríamos haber andado por el asfalto ya que los autos parecían no existir a esa hora del día, pero no lo hicimos. A mí me daba miedo intentarlo porque mamá siempre decía que ir por la calle era peligroso. Como todo niño, yo vivía cada paseo por el barrio como si fuera una aventura única e irrepetible. Salir de casa era conocer todos los días un mundo nuevo, que nunca era el mismo. Mientras papá me decía que prestara atención a lo que estaba a punto de suceder, yo revoleaba patadas al aire, impactando pelotas imaginarias y vociferando goles increíbles que solamente yo podía disfrutar. Tras haber caminado un buen rato, mi viejo me preguntó si no había notado algo raro en el camino. Al principio no entendía qué era lo que me quería decir y, como me daba vergüenza preguntar, le resté importancia al asunto haciendo de cuenta que no lo había escuchado. Pero de repente el tiempo se detuvo. Mi tiempo, al menos, se congeló y me quedé estático sobre una baldosa que ya había pisado unos minutos antes. Yo ya había estado en ese lugar. El primer gol de la tarde, ese que había hecho de volea tras un centro espectacular que vino desde atrás de un auto gris, había sido en ese arco que nuevamente se encontraba ante mis ojos. Ese arco que no tenía travesaño y cuyos palos eran un poste de luz y un árbol enorme de ramas gruesas. Fue en ese instante cuando lo miré a mi viejo y le dije: Acá fue el primer gol. ¿Qué pasó? ¿Volvimos para atrás? Y él, sonriendo, me respondió: No hijo, llegamos a Berlín, el corazón de Parque Chas.

Parque Chas es, entre comillas, uno de los barrios más nuevos de la Ciudad de Buenos Aires. Esto se debe a que si bien la gente ya lo consideraba como tal hace muchos años atrás, en 1976 el intendente de facto Osvaldo Cacciatore le quitó esa condición al anexarlo con Agronomía. A pesar de ese intento de prohibir su existencia, los vecinos nunca se resignaron y el 6 de diciembre del 2005, a través de la ley nº 1907/06, la Legislatura reconfirmó su independencia. Rodeado por Villa Urquiza al norte, Villa Ortúzar al este, La Paternal al sur y Agronomía al oeste, Parque Chas es una pequeña, pero a su vez pintoresca, mancha en el mapa porteño. Este barrio, que por poco supera los veinte mil habitantes y cuya superficie es de apenas 1,4 km², está delimitado por las calles La Pampa, Av. Triunvirato, Combatientes de Malvinas, Chorroarín y Av. de los Constituyentes. Famoso por el mito del laberinto, Parque Chas está envuelto en un misterio cercado por sus calles curvas e intrincadas. Allí los forasteros inocentes se pierden buscando la salida y suelen necesitar la ayuda de algún vecino para preguntarle: Maestro, ¿Cómo salgo de acá? Mientras, los remiseros y taxistas precavidos no se animan a entrar por miedo a no saber cómo salir. Berlín, el corazón del barrio, se puede convertir en un acertijo indescifrable para los distraídos, ya que por más que uno siga derecho siempre va a estar dando vueltas dentro de la misma órbita.

Se supone que todas las calles nos conducen de un lugar a otro. Que todas nacen en un determinado punto y mueren en otro distinto. No importa si el principio y el final se encuentran cerca o lejos, lo que importa es que esos puntos no sean uno. Es necesario que sean dos, que haya una partida y una llegada, para que podamos desplazarnos en el espacio y aparecer en un lugar diferente del que estábamos al comienzo. Esa es la regla básica de cualquier calle, digamos: su condición primaria de existencia. Pero bien sabemos que a veces la vida no entiende de reglas y de ahí surgen las excepciones, esas pequeñas fisuras caprichosas que intentan quebrar el reglamento establecido. Berlín es una de ellas. Es un círculo perfecto cuyo inicio desconocemos, como también desconocemos, por ejemplo, cuál fue el punto inicial del trazo que una persona realizó con su lápiz al dibujar un redondel sobre una hoja de papel. Esta calle circular se cruza dos veces con Ávalos, dos con Victorica y otras dos con Gándara, porque evidentemente no le alcanzaba con pasar una vez por cada una. Berlín podría nacer en cualquiera de las seis intersecciones que la atraviesan, en cualquiera de las seis cuadras que la componen o en cualquiera de las veinticuatro esquinas que se hallan sumergidas en ella. Ignoramos su principio y, a su vez, ignoramos dónde se encuentra su final. Es que Berlín es un ciclo, un anillo. Es la expresión del infinito representada en una pequeña calle interminable. Es un uróboro, la serpiente que muerde su propia cola, la utopía del perro que no consigue alcanzarla. Berlín es una historia sin principio ni fin.

Hoy, muchos años después de aquella caminata con mi viejo, sigo frecuentando las calles de Parque Chas. Sigo perdiéndome en él y enamorándome de esos caminos fascinantes que te llevan a donde ellos quieren. Berlín sigue allí, inmóvil en el centro del barrio. Y aunque suene paradójico, ella gira constantemente a pesar de su quietud. Cada vez que alguien la camina y vuelve a su punto de partida, Berlín gira con él. Ella también se mueve, inmóvil, pero se mueve. Ella late por cada paso que alguien da en el barrio, manteniendo vivo al laberinto que llamamos Parque Chas.

 

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